Riesgos de guerras en Asia

A menudo en la Historia no miramos en el lugar adecuado y el destino golpea allí donde menos lo esperamos. Así, la situación en el Nordeste de Asia, China, Japón, Taiwán, Vietnam y Corea del Sur se comenta por lo general bajo un ángulo exclusivamente económico: nos extasiamos ante los innegables éxitos de esta región y nos preguntamos si allí se encuentra el motor del crecimiento mundial. Pero vistos de cerca, los países mencionados nos cuentan otra historia en la que los resultados económicos son menos relevantes que las ideologías retrógradas, las del nacionalismo y los rencores étnicos. Solo se trata todavía de incidentes intranscendentes, relacionados con intereses aparentemente insignificantes: pero ¿no nació la guerra de 1914 de un incidente insignificante en una pequeña ciudad de los Balcanes? Por tanto, deberíamos plantearnos que unos lugares cuyo nombre ignoramos con frecuencia, como la isla de Senkaku, las de Dokdo, el archipiélago de las Paracel (o Spratley), se convierten en detonadores, o al menos en indicadores de posibles conflictos militares entre países rivales en Asia. Esto contraviene muchas teorías preconcebidas. La primera es que el comercio atenúa las costumbres y que el intercambio elimina la tentación misma del conflicto bélico. ¿No es esta la enseñanza de la Unión Europea y la intuición genial de Jean Monnet? Las guerras en Europa desaparecieron cuando fueron sustituidas por las solidaridades concretas del comercio. En Asia, las solidaridades son indudables: para una producción determinada, resulta imposible disociar los elementos que circulan de una fábrica a otra, en función de las especializaciones de cada uno, desde China hasta Japón y desde Japón hasta Corea del Sur, pasando por Vietnam y Filipinas, y vuelta atrás. Ahora bien, el Gobierno surcoreano acaba de rechazar cualquier posibilidad de una simple coordinación militar con Japón, con el pretexto de que Japón no reconoce la soberanía coreana sobre dos islotes inhabitables, a mitad de camino entre los dos países, conocidos con el nombre de Dokdo en coreano y de Takashima en japonés. Cada Gobierno invoca tratados antiguos para hacer valer sus derechos sin que sea realmente posible zanjar el contencioso. Los dos países rechazan un arbitraje que solucionaría el debate conforme a derecho y no admiten ningún tipo de cooperación en la explotación de las zonas de pesca. En Corea del Sur, Dokdo se ha convertido en el símbolo de la resistencia al imperialismo japonés. También resulta que Corea del Norte apoya a Corea del Sur en su reivindicación territorial, que es el único punto de acuerdo entre estos dos hermanos enemigos. Si se objeta que este imperialismo desapareció en 1945, las altas esferas de Seúl replican que los japoneses son imperialistas por naturaleza y están a punto de construir un arsenal nuclear; en realidad, solo algunos extremistas nacionalistas manifiestan en Tokio este deseo nuclear. Los partidos de derechas coreanos actualmente en el poder se plantean también que Corea del Sur consiga tener capacidad nuclear porque todos sus vecinos — China, Corea del Norte y Japón— ya son potencias nucleares o tienen probabilidades de serlo. Dokdo/Takashima podría convertirse en una especie de Sarajevo oriental, a no ser que este papel le corresponda a otros islotes igual de desolados, como por ejemplo Senkaku.

Al sur del archipiélago japonés, la situación de Senkaku (Diaoyu para los chinos) es igual de confusa que la de Dokdo, en la que se enfrentan las reivindicaciones chinas, taiwanesas y japonesas. Es un hecho comprobado que alrededor de Senkaku merodean navíos chinos que acosan a los barcos de pesca japoneses, y que a veces los hunden. Los amantes de la racionalidad hacen referencia a los recursos económicos que encierran esos islotes cuya propiedad determina las zonas de pesca, y a unos supuestos yacimientos de gas y de petróleo. Pero estas explicaciones no son nada convincentes ya que los recursos del Mar de China y del Océano Pacífico son enormes y están sin explotar. Si solo la economía determinase los comportamientos de estos países, tendrían que plantearse pescar en otro lugar y explotar sus recursos de gas de esquisto en tierra firme. El enfrentamiento es en realidad simbólico y viene motivado por un sentimiento nacional arcaico, con la voluntad muy asiática de hacer perder prestigio al otro. Después de que unos barcos chinos abordaran con espolones unos pesqueros japoneses en 2010, el Gobierno japonés no respondió, perdiendo así prestigio; este año busca su revancha al proponer la nacionalización de Senkaku (que pertenece a unos propietarios privados japoneses), que los chinos consideran una parte integrante de su Imperio.

La posibilidad de que se produzca un conflicto es aún más elevada, más al sur, en el archipiélago de las Spratley, reivindicado por China, Vietnam, Filipinas, Taiwán y Malasia. Aquí también, los rumores sobre la existencia de reservas de gas atribuyen a las Spratley un valor que haría que el conflicto tuviese una base racional. Como estos recursos se desconocen, en realidad son unos nacionalismos los que se enfrentan. Tanto en las Spratley como en Senkaku, un cierto imperialismo chino pone a prueba la resistencia de sus vecinos, mientras que estos se plantean aliarse para oponer resistencia a China. El Gobierno de EE.UU. se inmiscuye al apoyar la creación de esta alianza, lo cual indigna a los dirigentes chinos. La sombra de EE.UU. planea sobre la región porque, a fin de cuentas, la Séptima Flota estadounidense garantiza la seguridad de las vías marítimas: sin esta flota, la imbricación económica de los países asiáticos habría resultado imposible y ya hace tiempo que habrían estallado uno o varios conflictos.

Esta olla a presión del Pacífico pone en duda otra idea preconcebida según la cual no tendrían que surgir conflictos militares entre regímenes democráticos. Ahora bien, Corea del Sur y Japón son dos democracias incapaces de negociar un asunto trivial; peor aún, Corea del Sur está más cerca en este asunto de las dictaduras norcoreana y china que de la democracia japonesa. En resumidas cuentas, el peso de la historia —contra el imperialismo japonés de antaño— y el de la civilización —la pertenencia nacional y cultural china— se imponen a las consideraciones políticas y económicas contemporáneas. De igual manera, en torno a las Spratley la posible alianza para oponer resistencia a China une unas democracias (Filipinas, Taiwán, Malasia) con la dictadura vietnamita, en principio tan comunista como la de China.

Es posible, pero no seguro, que las circunstancias actuales agraven estos conflictos simbólicos: la economía se ralentiza en Asia, varios gobiernos son débiles ( Japón), están en transición (Corea del Sur, China) o buscan legitimidad (Vietnam, China). El nacionalismo agresivo puede ser una válvula de escape, pero a juzgar por el contraste entre la dimensión real de estas islas y las pasiones que desatan, tenemos que preocuparnos. La economía en Asia no elimina las pasiones nacionales y la democracia tampoco; quizá deberíamos revisar algunas teorías sobre el tema que, erróneamente, creemos que son universales.

Guy Sorman, filósofo y ensayista

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