Riesgos europeos

Por Jordi Pujol (LA VANGUARDIA, 02/05/04):

Europa se enfrenta con graves problemas. También tiene activos muy importantes que abren perspectivas y horizontes positivos. Los que en parte por convicción y en parte por voluntarismo creemos en el futuro de Europa nos aferramos a estos aspectos positivos y esperanzadores. Pero tenemos la obligación de analizar bien todos los riesgos, todas las amenazas que gravitan sobre Europa.

Es especialmente importante que lo hagamos porque se tiende a hablar poco de algunos de estos aspectos negativos o por lo menos problemáticos, y de tremenda importancia. La atención se centra más en otros aspectos también muy importantes, pero no siempre tan decisivos. Es imprescindible que la UE se dote de una Constitución adecuada y eficaz. Es imprescindible que el reparto de poder en Europa responda lo más posible a la realidad europea y permita una ambiciosa acción conjunta. Es imprescindible resolver bien las dificultades que planteará el ingreso de diez nuevos estados. Es imprescindible que haya una buena cooperación en materia antiterrorista. Lo es también que el BCE funcione bien y tome decisiones acertadas. Y sobre todo esto se discute mucho, y así debe ser.

Pero se habla poco (o se habla de forma deshilachada y a menudo superficial) de:

1. Demografía: casi no se habla de ella. Es una enorme frivolidad que Europa nunca se haya preocupado en serio de su demografía. Tanto más cuanto pesa sobre ella una muy grave amenaza de decadencia; de pérdida neta de población y de envejecimiento. Europa es el único continente que según todas las proyecciones estadísticas del 2000 al 2050 perderá población. Mucha población. En cifras redondas, pasará de 700 millones (Rusia incluida) a 600 millones. Y del 12% al 6% de la población mundial. Será el único continente que perderá peso demográfico no sólo en términos relativos (lo cual es menos grave), sino en términos absolutos (lo cual es gravísimo). Esto comporta un gran envejecimiento de la población, lo cual a su vez comporta pérdida de dinamismo, de ambición y de capacidad de innovación. Es decir, de vitalidad en todos los terrenos. Naturalmente, esto puede verse compensado por una inmigración masiva. Pero esto comporta muchas consecuencias identitarias, sociales y políticas que requerirían una reflexión y a fondo que en Europa tampoco se hace. Vuelvo sobre ello más adelante.

2. Vinculada a la demografía hay por supuesto la cuestión de la natalidad. Tan vinculada que casi no requiere apartado especial. Pero merece consideración aparte, como lo merece la inmigración. En general, la natalidad europea es muy baja. Está muy por debajo del índice de reproducción, es decir, del índice que asegura el mantenimiento de una colectividad, o también de una especie (que aproximadamente es del 2,1%). Por una parte esto tendrá efectos dramáticos, y por consiguiente requerirá una atención absolutamente preferente por parte de los poderes públicos y de toda la sociedad. Si es cierto, como aseguran estudios serios sobre el tema, que un 30% de las mujeres alemanas nacidas después de 1960 no quiere tener descendencia, y a ello añadimos que el índice de fertilidad del restante 70% está muy por debajo del 2, podemos afirmar que en el plazo máximo de tres generaciones los alemanes serán un pueblo marginal. Marginal en Europa, y también marginal en Alemania. Si es así, ¿de qué les servirá que la nueva Constitución les reconozca unos cuantos votos más? Para los alemanes esto debiera ser una prioridad absoluta. Pero el caso es que para Europa en su conjunto el panorama es parecido. Esto reclama prioridad absoluta a la hora de confeccionar el presupuesto del Estado y de definir la política económica y social. Pero no es sólo una cuestión de dinero o de servicios o de conciliación del trabajo y la atención a la familia. Lo es, y mucho, pero es también una cuestión de valores.

3. Aunque en la cumbre de Lisboa del año 2000 se ahondó en el tema de la competitividad europea, lo realizado desde entonces es poco. Se ha avanzado poco. ¿Por qué? Se podía haber avanzado sin Constitución y sin esperar el ingreso de los nuevos miembros. No se ha hecho, o se ha hecho poco. En cualquier caso no se ha hecho lo necesario para resistir el fuerte embate económico de Estados Unidos y de Asia. No se ha hecho en el campo de la tecnología. No se ha hecho en el campo de la formación y de la investigación si nos atendemos a lo que afirman desde el canciller Schröeder hasta el mundo científico francés. Y en general no se ha hecho en el campo de las reformas fiscales, laborales, sociales que reclamaba el acuerdo de Lisboa. El resultado es que crecemos sensiblemente menos que Estados Unidos y mucho menos que Asia. ¿Por qué?

4. No hay en estos momentos un claro liderazgo europeo. Ni tampoco un fuerte y eficaz sentimiento europeo. Se está desvaneciendo el espíritu europeísta que desde los años cincuenta hasta recientemente ha propulsado el proceso de unificación y ha fijado y desarrollado objetivos colectivos. La mentalidad dominante en la UE es la estrictamente mercantil. Y es evidente que cada país miembro de la Unión debe velar por sus intereses. Pero durante algunas décadas esto se compatibilizó con el interés general europeo, y al final todos salimos ganando. Ahora no es así. Ahora, una mentalidad de estrictamente “qué hay de lo mío” frena al conjunto de Europa y, finalmente, a todos los países en particular. La evolución del PIB es elocuente, y lo es el fracaso de la optimista predicción de hace años, en que sumergidos en la euforia europeísta creíamos que llegado el caso Europa podría sustituir a Estados Unidos como locomotora de la economía mundial. Este espíritu se ha perdido poco o mucho por parte de todos (España, por ejemplo, la perdió totalmente durante los últimos años del gobierno del PP). Pero sobre todo se echa en falta en el eje franco-alemán, que fue siempre el motor y la garantía de la UE. Y ello le ha hecho perder capacidad de crear confianza y, por ende, capacidad de liderazgo.

5. Por su gran trascendencia el tema de la inmigración requiere capítulo aparte. Se puede hacer como que no nos damos cuenta de su enorme importancia. Si así fuese, sería una muestra más de nuestra frivolidad. De política del avestruz. Pero en la Europa alegre y confiada de repente estallan noticias como las leyes restrictivas alemanas, la preocupación identitaria francesa, el rechazo de casi todos los 15 países de la Unión Europea –entre ellos Suecia, Holanda, Alemania, etcétera– hacia los trabajadores que puedan venir de los nuevos miembros del centro y del este de Europa, el acuerdo de los socialistas austriacos con Haider en Carintia, sobre este tema, entre otras cosas. O bien la orientación crecientemente restrictiva del laborismo británico. Por otra parte necesitamos inmigración –probablemente menos de la que recibimos– y además en parte es imparable. En parte, digo. Y también cabe preguntarse si es válida esta miedosa opinión, muy general pero discutible, de que conviene que vengan muchos inmigrantes, pues ellos pagarán nuestras pensiones. Y también preguntarse cómo ahora repercute todo ello en nuestros servicios sociales. Y también cómo Europa no dedica un esfuerzo mucho mayor –económico, político y social– a impulsar el desarrollo de los países menos desarrollados.

6. Siguiendo este camino deberíamos interrogarnos sobre la identidad europea, sobre las fronteras de Europa (con el espinoso tema turco), con el posicionamiento de Europa entre EE.UU. y Asia. Ninguno de estos problemas, y alguno más, debe hacernos olvidar que necesitamos una Constitución europea y que tenemos un reto inmediato de gran trascendencia que es la ampliación. Y por supuesto no podemos olvidar que hay que evitar que entre EE.UU. y la UE se establezca un divorcio o un enfrentamiento. Y que en el grado en que ya se ha padecido hay que procurar superarlo. Ni podemos olvidar el tema tan actual y lacerante de Iraq. Pero ello no quita que suponiendo que la ONU nos ponga de acuerdo, y que las dificultades de la ampliación se resuelvan bien, e incluso que en junio tengamos Constitución, o que Iraq se pacifique, si seguimos envejeciendo a marchas forzadas, si seguimos perdiendo posiciones económicas, si seguimos sin aplicar las reformas que se decidieron en Lisboa, si seguimos sin liderazgo europeo, si seguimos perdiendo el espíritu cooperador que engendró la UE, si seguimos sin saber qué es ser europeo, Europa irá retrocediendo. Muy fuertemente.