¿Riña a garrotazos?

Hace unas semanas, en una conferencia pronunciada por un conocido periodista con largo recorrido profesional, se analizaban los hechos derivados de la gestión política del gobierno en estos últimos cinco años sacando la conclusión de que se está produciendo una situación equiparable a la «demolición de España» a corto o a medio plazo. Argumentaba el ponente que era un hecho constatable la existencia de una postura de rencor y de revanchismo en el ambiente político de la izquierda para tratar de revertir el resultado de la última guerra civil, finalizada hace 85 años. Los españoles, en 1978, aprobamos en un referéndum libre y democrático, la Carta Magna que nos rige en la actualidad, dando un paso hacia delante en nuestra convivencia hacia la democracia y la libertad, sin tutelas de ningún gobierno, del color que sea, para indicarnos cómo debemos conducirnos en la vida diaria para ser felices. La obligación del mismo es la de garantizar la libertad y dejar que cada uno de nosotros busquemos esa libertad como mejor nos parezca dentro de los cauces legales.

He traído a colación, bajo la cabecera de este comentario, la imagen más gráfica que nos ha podido representar a los españoles en relación con las peleas colectivas que hemos vivido, y sufrido profundamente en los últimos doscientos años. El genial Francisco de Goya, encontró en su portentosa capacidad creativa, la mejor representación pictórica de la terrible irracionalidad que figura en su pintura mural al óleo trasladada a lienzo bajo el título Duelo a garrotazos. En un paisaje árido y desolado, dos hombres, aparentemente atrapados en una ciénaga embarrada o en arenas movedizas, intentan romperse la crisma con unos garrotes que sacuden violentamente uno contra el otro.

En la escena no aparecen espectadores, como si el autor nos quisiera dar a entender que no se trata de una riña local, sino que presumiblemente quiere provocar que el espectador universal, que somos todos, tome conciencia de que se trata de un hecho colectivo que transciende la individualidad de cada uno. Refleja, por tanto, esa locura que el ser humano, atrapado en la imposibilidad de cumplir cualquier deseo acuciante que le atrapa, quiere conseguirlo eliminando todos los obstáculos que le impidan llevarlo a cabo. Trasladando esta expresiva imagen a la actualidad política, no tenemos más remedio que modificar, de forma relevante, a algunos de sus personajes en la composición pictórica de la escena. La actitud política actual del presidente Sánchez, modifica el sentido que nuestro genial Goya pretendía transmitir. Me atrevo a mantener que el contendiente de la izquierda en la citada pelea permanece inalterable, sigue activo en su agresividad; no así el personaje de la derecha del espectador del drama, debido a una evidente transmutación sufrida dado que ya no es un sujeto activo sino una representación simbólica de los valores de la libertad y de la independencia de los poderes judicial e informativo, que sufren las arremetidas violentas del agresor sin ceder en su posición que la ley y la dignidad profesional constituyen su esencia vital resistiendo lo mejor posible en las actuales circunstancias. Los ciudadanos españoles a los que nos representan estos valores cívicos y democráticos debemos mantenernos firmes en nuestras convicciones, apoyando a los medios informativos libres e independientes que no se doblegan ante el poder establecido, independientemente del color que tenga en cada momento.

Los demócratas de convicción y conducta, coherente con los valores constitucionales actuales, debemos prepararnos para combatir con todos los medios legales existentes ante este ataque impulsado por Sánchez y sus poleas de transmisión entre los medios de información controlados bajo su sombra. Situaciones similares hemos visto en nuestra historia, como, por ejemplo, durante los meses previos a la última guerra civil, vivida por los españoles, en las que tras algún intento de implantar la independencia en alguna región de España, con posteriores condenados. Ya vimos las consecuencias de todo ello en los meses siguientes de esa «idílica» república que nos pondera contantemente Zapatero y que no fue tal como han demostrado con claridad meridiana los autores del reciente libro Fuego cruzado. La primavera de 1936, Fernando del Rey y Manuel Álvarez Tardío.

Finalmente, para terminar este comentario, quiero expresar mi deseo de que estas circunstancias no nos pillen desprevenidos y tengamos que sufrir sus lamentables consecuencias.

Luis Javier Montoto de Simón

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