Ripperdá

Sería poco elegante entrar en polémica con la reveladora entrevista en la que José Antich, uno de los periodistas de referencia del separatismo catalán, explicaba a EL ESPAÑOL que lo que ocurrió en octubre del 17 es que Felipe VI “tomó las riendas” y creó una “columna vertebral”, bajo su mando, compuesta por el presidente del Supremo, los jueces Marchena y Llarena y la Fiscalía. Como si el Golpe de Estado no lo hubiera dado Puigdemont, sino el Rey.

Hizo muy bien nuestro entrevistador, Cristian Campos, en darle la palabra y dejar, sin más, que desarrollara el argumento. A veces no hay nada tan adversativo como el silencio, cuando el que calla, no otorga, sino que realza cuanto rompe la barrera del sonido de la lógica.

Conviene, eso sí, que los lectores sepan lo que, en ese diálogo virtual que mantienes con tutti quanti mientras te afeitas, contesté a la aseveración con la que mi apreciado Antich cerraba su alegato: “Lo que yo creo es que todos los pueblos que han querido ser independientes, lo han sido al final. La historia lo demuestra”. No, Pepe, hay multitud de ejemplos de todo lo contrario en los cinco continentes. Lo que sí demuestra la Historia es que, cuando un Estado se empeña en suicidarse, termina consiguiéndolo. Te reconozco, claro, que, en tal supuesto, el orden de los factores no alteraría el producto.

Ripperdá***

Sánchez no es el culpable de que estemos encaramados a la barandilla del puente de los suicidas. Su investidura ya tuvo lugar ahí, al borde del abismo, al cabo de décadas de abdicación constitucional y concesiones al separatismo, culminadas por la necia noluntad unamuniana de Rajoy. Pero Sánchez sí puede precipitar el desenlace, lanzándose al vacío y arrastrando a la Nación a un fatal acto de panurgismo colectivo.

Esta semana ha hecho el primer amago, arqueando las piernas e inclinando el tronco hacia delante, al introducir en la agenda del diálogo sobre Cataluña la figura del “relator”, vinculada a los conflictos internacionales y la violación de derechos humanos. Pero aún quedan ciudadanos en España. Tan fuerte ha sido la reacción de la oposición y la respuesta dentro de su propio partido, que ha tenido que corregir a medias la postura, amagando una rectificación al quedarse bloqueado por los gritos.

El lunes, en cuanto los manifestantes que le increparán a voces -algunas malsonantes- y la propia policía de la memoria histórica socialista, que ha hecho sonar su silbato, se den la vuelta, él sentirá de nuevo la atracción del vértigo, tratará de volver a encuclillarse y tensará otra vez el esternocleidomastoideo para no atender ni a izquierda ni a derecha. Porque Sánchez no percibe las luctuosas consecuencias del salto al que le induce la llamada de la tierra. Lo ve más bien como una zambullida hacia la gloria, una victoriosa huida hacia delante, mediante la que acreditar la persistencia de su audacia.

Es el hombre para la ocasión. Un aventurero hedonista, capaz de iniciar el culto a su propia “resistencia”, cuando a lo que se aferra no es a un código ético, a una visión inspiradora o a un empeño colectivo, sino a la carambola que le ha hecho presidente del Gobierno. Sólo alguien así puede hacer funambulismo con la soberanía nacional, tratando de engañar a todos a la vez, como si esa barandilla deslizante a la que está encaramado fuera el alambre de un circo.

Buscando antecedentes de su patología, cabe preguntarse no quién fue el peor jefe del Gobierno de la Historia de España, sino quién fue el más oportunista, temerario e inconsciente. Candidatos a este premio a la más loca fuite en avant desde el poder no nos faltan.

Por ejemplo, aquel Fernando de Valenzuela que para hacer olvidar su origen plebeyo y retener el favor de la reina regente, durante la minoría de Carlos II, embarcó a la Corte en una delirante sucesión de festejos teatrales, financiados con la corrupta venta de cargos públicos. O aquel Luis José Sartorius, jefe del ‘clan de los polacos’, que, al quedarse sin apoyo parlamentario, en 1854, optó por gobernar por decreto, hasta que provocó la simultánea sublevación de moderados y progresistas que puso a Isabel II contra las cuerdas. O, por acercarnos al siglo XX, ahí tenemos a los insensatos Dámaso Berenguer -un “error” en si mismo, al decir de Ortega- y Manuel Portela Valladares que, al impulsar desde su “dictablanda” y su imaginario centro gubernamental, procesos electorales improvisados, desencadenaron, entre la impotencia, la deserción y el pánico, la llegada de la Segunda República y el acceso del Frente Popular al poder.

Pero si cualquiera de estos cuatro nominados reúne deméritos suficientes, todos ellos empalidecen ante quien, a mi entender, alcanza el rango de mayor trapisondista encumbrado hasta la cúspide, en los anales de la política española. Hagamos una pausa para abrir el sobre… And the winner is… ¡Juan Guillermo de Ripperdá y Diest, baron de Ripperdá!

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Nacido en Holanda en el seno de una familia católica de origen castellano, Ripperdá se convirtió al protestantismo por “puro fingimiento” -según el Diccionario Biográfico Español– para casarse con una rica heredera protestante. A lo largo de su vida desandaría y volvería a andar ese camino varias veces, según la coyuntura y conveniencia, con la misma facilidad con que Sánchez pone y quita la bandera rojigualda como telón de su decorado político.

Diplomático de carrera, durante el reinado de Felipe V, Ripperdá vio la ocasión de su vida cuando se dio cuenta de que, pese a las secuelas de la Guerra de Sucesión, el gran anhelo de la reina Isabel de Farnesio era casar a dos de sus vástagos con las hijas mayores de Carlos VI de Austria. Tras conseguir ser nombrado embajador en Viena, comprobó que el emperador no tenía ningún interés en ese doble matrimonio, pero codiciaba importantes concesiones comerciales por parte de España. Con esos mimbres, Ripperdá decidió engañar simultáneamente a las dos partes.

Su precio era el poder y lo consiguió. El 11 de diciembre de 1725 se presentó en Madrid ante los Reyes y dos semanas después una circular informaba al cuerpo diplomático de que se le encargaba “de la entera administración del Gobierno”. Eso suponía, en la práctica, la caída del marqués de Grimaldo, fulminado, como Rajoy, por una censura, fruto de la extraña concurrencia entre dos cortes enfrentadas, y la investidura de un nuevo valido. “Con la denominación de ministro de Estado concentró así todos los poderes de la Monarquía, llegando a ser un primer ministro de hecho”, explica la obra magna de la Academia de la Historia.

Ripperdá imprimió un nuevo estilo a la gestión pública, caracterizado por una apariencia de gran dinamismo y por la primacía de la política exterior, que era la que mejores réditos podía dar a su imagen. “Embriagado por su rápida fortuna, la cabeza llena de proyectos de reforma, Ripperdá quiso ir deprisa para modernizar y agilizar la administración, para fomentar la industria y el comercio, aplastando a todos los competidores u opositores”.

Entusiasmo y cualidades no le faltaban. Su problema era que las dos monarquías a las que había engañado, en términos equivalentes a lo que viene haciendo Sánchez con las fuerzas constitucionales -empezando por el PSOE- y los separatistas, le exigían que cumpliera con la parte correspondiente del trato sin, por supuesto, ceder a las pretensiones de la otra.

Las cosas se pusieron feas para él, cuando el emperador reclamó directamente ante Felipe V los subsidios prometidos en su nombre. “Aunque los Reyes ya iban tomando conciencia de los peligros que hacía correr al Estado aquel aventurero irresponsable, aún le consideraban como fiador de los soñados matrimonios austriacos y no se atrevían a despedirle por miedo a ofender a Carlos VI, el cual por su parte veía en Ripperdá el apoyo más sólido de la alianza entre Viena y Madrid”. Ponga cada uno en el lugar que quiera a los barones del PSOE, divididos entre el pájaro en mano que supone conservar la Moncloa y el riesgo de perder sus feudos en mayo, y a los líderes indepes, sumidos en el dilema de seguir apoyando, como mal menor, a quien les creó falsas expectativas pero aun puede seguirles siendo útil.

Ripperdá había tejido, como Sánchez, una trama mucilaginosa de sobrentendidos que le servía como red de seguridad, mientras hacía filigranas en el alambre del poder. Pero aquello no podía durar. El “enredo” saltó por los aires en el curso de una audiencia que Felipe V concedió al nuevo embajador austriaco. “En ella salieron a la luz las baladronadas y desvergonzadas mentiras que Ripperdá había prodigado por un lado y por el otro, para hacerse creer indispensable”.

Por eso “su caída fue estrepitosa”. El 14 de mayo de 1726 fue destituido de todos sus cargos y diez días después, detenido. Tras dos años recluido en el Alcázar de Segovia, logró fugarse con ayuda de una sirvienta a la que sedujo. Al cabo de nuevas peripecias, terminó al servicio del sultán de Marruecos, abrazando esta vez la fe musulmana y adoptando el nombre de Osman Bajá. No tuvo empacho en dirigir un ataque frustrado contra Ceuta.

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Ripperdá no llegó, pues, a cumplir ni siquiera cinco meses en el cargo. Pedro Sánchez ha superado ya la frontera de los ocho y pretende gobernar otros dieciséis más. Con presupuestos o sin presupuestos, es prácticamente imposible que lo consiga, toda vez que el episodio del “relator” ha destapado su doblez y ya nadie confía en él. Lo más grave, a ojos de García Page, es, con toda razón, tratándose de la soberanía nacional, que la Generalitat pueda alegar, con fundamento, que Sánchez dice “una cosa en privado y otra en público”.

Pese a la tinta de calamar esparcida el viernes, con la complicidad de unos medios y el abesugamiento de otros, para desactivar la protesta, la calle será este domingo un clamor contra Sánchez. Él se parapetará -sobre todo si proliferan los insultos y las palabras gruesas, como desgraciadamente ocurrirá- en la descalificación de la hidra de las tres derechas.

Veremos cuánto rato logra capear el temporal. En todo caso, cuanto más se prolongue esta huida hacia delante, más dura será su caída, en la medida en que, como escribió Pedro Voltes de Ripperdá, “su grandilocuencia política y su petulante charlatanería” seguirán “estropeando el éxito que sus cualidades promotoras merecían”.

Si Sánchez insiste en hacer el ‘salto del ángel’ del diálogo para la autodeterminación de Cataluña, ya sabe que no encontrará agua debajo porque ni siquiera su partido le secundará. Pero, a menos que haya dejado el rastro de un contrato editorial que le proporcione emolumentos prohibidos siendo presidente, tampoco tendrá problemas con la ley.

En vez de la cárcel en el Alcázar de Segovia, le espera el cómodo retiro en el Consejo de Estado; y en lugar de ponerse al servicio de una potencia extranjera, podrá vivir el resto de sus días con sueldo de ex y pluses como conferenciante. Pero eso no le salvará ni del descrédito, ni del ridículo. Mucho me temo -y utilizo este verbo porque nunca he ocultado mi simpatía hacia esa audacia suya, tan digna de mejor causa- que su epitafio político se parecerá bastante al que su biógrafo Syveton dedicó al barón de Ripperdá:

“Este hombre sin escrúpulos, lleno de vanidad y maniático de grandezas, que incluso enajenó sus sentimientos religiosos por medrar política y socialmente, fue, sin embargo un tipo de extraordinario afán creador. Pudo lograrlo todo y su espíritu aventurero y contradictorio lo hundió en la desesperación y la miseria”. Que así no sea.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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