Robots: ¿liberación o amenaza?

La maquinaria es un ladrón de empleos y será la causa de la destrucción de este país.
(William Leadbeater artesano británico que perdió su empleo al ser sustituido por un telar mecánico en 1830)

Los robots del nivel cero dependen por completo de los humanos; los del nivel cinco serán completamente autónomos. En sectores como la conducción automática, las máquinas han alcanzado ya el nivel tres: funcionan de forma independiente, pero necesitan un humano para elegir la tarea.

En la Universidad de Berna, un equipo que dirige Stefan Weber acaba de probar un robot (nivel 2) capaz de operar el oído de una mujer de 51 años y realizar un implante coclear. Este robot dispone de un taladro con una precisión que la mano humana es incapaz de alcanzar y para la operación se sirvió de un auténtico microscopio que penetró hasta el oído interno de la mujer.

Resulta tan utópico como improbable que en el futuro puedan existir robots-cirujano que pasen desde el nivel 2 actual al nivel 5, pero la presencia de robots en nuestra vida cotidiana es ya una realidad. ¿Eso es bueno o malo? Desde el punto de vista del ahorro de trabajo humano es muy bueno, pero si se mira desde el punto de vista del empleo, la automatización puede conducir a un desastre. Así, por ejemplo, un estudio prospectivo salido de la Universidad de Oxford asegura que dentro de dos décadas el 47% de los actuales puestos de trabajo estará automatizado.

Los avances en inteligencia artificial y en las habilidades lingüísticas de los ordenadores van a afectar a un montón de empleos. Eso ya ocurre cuando se va a una clínica u hospital. En la mayoría de los casos, el paciente se dedica a describir sus síntomas a una persona y ésta, en base a sus estudios y su experiencia, le da un diagnóstico y un tratamiento. Una máquina podrá hacerlo… mejor. Y otro tanto pasa ya en la educación: los programas informáticos son cada vez mejores en anticipar lo que necesita un estudiante. Los administrativos también son vulnerables a la desaparición, y lo mismo les ocurre a numerosos empleos profesionales. Por ejemplo, en los despachos de abogados hay ya mucho trabajo para-legal realizado por ordenadores.

En el límite puede valer un chiste que se hizo muy popular ya hace años: Las empresas del futuro tendrán sólo dos empleados: un hombre y un perro. El hombre estará allí para alimentar al perro. El perro estará allí para impedir que el hombre toque la maquinaria.

El prestigioso economista británico Robert Skidelsky ha sostenido hace unos días en una conferencia dada en la sede ginebrina de la OIT que la automatización durante la revolución industrial «era sólo un suplemento físico. El coche es una mejora sobre el caballo y un sistema de transporte es solo un servicio para la actividad humana. Ahora, con la inteligencia artificial, mucho empleo cognitivo y mental puede ser automatizado. No hay barreras ni obstáculos».

Pero estos miedos no son nuevos. Ya en 1812, cerca de Manchester, un grupo de activistas contra la mecanización decidió pasar a la «acción directa» y, armados hasta los dientes, atacar Rawfords Mill, una fábrica que acababa de instalar un telar capaz de realizar él solo el trabajo de cuatro tejedores expertos. Pero a la puerta de la fábrica les esperaban los soldados, que dispararon contra los atacantes con el resultado de dos muertos. A partir de aquel ataque las cosas no hicieron sino complicarse, hasta terminar con tres activistas colgados. Eran luditas, por Ned Ludd, quien ya en 1779 había dirigido el destrozo de varios telares de la zona. La rebelión ludita, que tuvo su apogeo en torno a 1811, fue brutalmente aplastada. Más de cien hombres fueron ahorcados. Habían declarado la guerra contra las máquinas, pero fueron las máquinas las que ganaron.

Conviene recordar que hasta ahora las innovaciones no han conducido a la catástrofe del paro sino todo lo contrario. En efecto, un estudio llevado a cabo en 1963 demostró que durante la década anterior las nuevas tecnologías habían eliminado en Europa trece millones de empleos, pero también habían creados veinte millones de puestos de trabajo nuevos.

Esto fue verdad durante el siglo XX, sin embargo, para bastantes analistas las cosas han comenzado a girar con la llegada del nuevo siglo, lo que los economistas del MIT han llamado «la gran desconexión». «Es la gran paradoja de nuestra era –ha dicho uno de ellos–. La productividad está en niveles de récord, la innovación nunca ha avanzado tan deprisa y, sin embargo, al mismo tiempo los ingresos medios descienden y tenemos menos empleos». Y no se trata sólo de empleo y salarios, también de todo aquello que está ligado a ellos. En primer lugar, las pensiones que están financiadas precisamente a través del empleo y el nivel salarial.

No es de extrañar que ante un panorama tan amenazador los DIG (Departamentos de Ideas Geniales) se hayan puesto a trabajar «sin medida ni clemencia» y ahí están sus ideas: impuestos sobre los robots o cotizaciones sociales pagadas por sus propietarios, renta mínima universal, etcétera. En el fondo subyace una lógica que puede expresarse así: «Si los robots permiten una creciente productividad, lo justo y racional sería que los beneficios obtenidos no queden sólo en manos de los propietarios de esas máquinas». Pero la puesta en práctica de este impecable razonamiento remite a la fábula del cascabel del gato, pues el país que se atreva a poner en marcha esos mecanismos redistributivos lo primero que va a sufrir es la deslocalización de sus empresas. Dicho de otro modo: o la globalización se regula (eliminando, por ejemplo, el dumping social) o el cascabel se quedará en manos de los ratones.

Joaquín Leguina, expresidente de la Comunidad de Madrid.

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