«Roma»

Ver cine iberoamericano es siempre refrescante y eso fue asistir a la película mexicana «Roma», galardonada con varios premios que no enumero porque esas adherencias a la obra artística me interesan poco. Sin embargo, hubo algo que me molestó profundamente: los comercializadores del filme en España se han arrogado el derecho a ejercer de Domingo Siete insertando subtítulos en español -digamos- de España (dejo aparte, claro, las frases en lengua mixteca que asoman esporádicamente), invalidando y deformando la fuerza, la naturalidad espontánea y la autenticidad de los diálogos, que se desarrollan, como es lógico, en el habla coloquial del D.F. (puro chilango, menos cuando los hablantes son de nivel alto), o más exactamente de Ciudad de México. De ahí el título de la película, tomado de la Colonia Roma, inmediatamente al norte de la Colonia del Valle, donde residí en varias ocasiones invitado por el Colegio de México (gentileza que nunca olvidaré), por lo cual me resulta fácil identificar e identificarme con imágenes, sonidos y pulsiones de las gentes. Pero el asunto trasciende lo personal.

RomaAlfonso Cuarón, director de la cinta, ha mostrado su enojo, con toda razón, por el desaguisado de estos mercachifles audiovisuales, sobre todo haciendo hincapié en la falta de respeto que implica para los espectadores hispanos, a quienes tales demiurgos pastoreadores marcan el qué y el cómo deben disfrutar y pensar: ¡Hay que facilitar la comprensión, abaratar los contenidos y dar desmenuzado y bien masticado el bolo para que lo traguen sin rechistar, no sea que alumbren ideas exóticas y quieran salirse del carril! Se da por sentado que el espectador es retrasado mental e incapaz de suplir y rellenar a partir del contexto general, de la ambientación visual y de la marcha del argumento los elementos adecuados para comprender el conjunto y casi todos los detalles. Es decir, los adelantados ejecutivos, técnicos y plumíferos de ordenador están persuadidos de que los espectadores son un calco de ellos mismos: incultos, cortitos, sumisos y por entero desinteresados por la lengua española, pues empezar a «traducir» de un país a otro significa acabar con la unidad del idioma. Lo contrario, familiarizarse con los giros coloquiales de otras áreas hispanoparlantes es fomentar la cohesión, amén de divertirse enormemente con los descubrimientos. Aunque no huelgue recordar que el español estándar es la lengua más homogénea de todas las grandes: en México, Bogotá, Buenos Aires o Madrid la cohesión en prensa, radio, televisión, libros rebasa el 95 %. Alabado sea Dios por tal circunstancia, andando por medio gentes tan dadas al bochinche, la disgregación y los mitotes, nosotros incluidos en primera fila.

Como era de esperar, no han faltado críticos de cine que ven de perlas la inclusión de los subtítulos «para entender todo bien», decía ayer uno que va de ácrata. Me pregunto si exigen el mismo rigor de comprensión a las películas exhibidas en España en inglés, o en otros idiomas, con los diálogos sobreimpresos traducidos: ¿De verdad las paupérrimas versiones de frases sueltas en los diálogos reproducen la profundidad expresiva de los originales? ¿Pero qué importa la exactitud, si aquí lo que se dilucida es el negocio audiovisual? Lo normal es que los subtítulos, casi siempre, den una versión empequeñecida y lamentable del texto, por necesarios que sean. Hecho comprobado cuando se conoce el idioma original de la película. También sucede en «Roma». Un solo ejemplo -por no cansar a los lectores- y perdonen la crudeza: cuando el indeseable Fermín planta de mala manera a la doméstica a la que ha preñado, le lanza un «pinche gata», equivalente en coloquial madrileño a «chacha de mierda», los tecnócratas de la multinacional nos regalan -por ignorancia o dolo, a elegir- un «puta criada» que, como mínimo, falsifica lo expresado realmente.

A pesar de los esfuerzos de la RAE, desde hace tiempo, en nuestro país seguimos sin percatarnos de varios hechos fundamentales: en España se habla de forma zarrapastrosa -como dijo un académico, cargadísimo de razón, tal vez con la excepción de Andalucía- y no estamos como para erigirnos en maestros y menos aun propietarios del español; si nuestra lengua tiene un peso grande en el mundo no fue ni es por el esfuerzo de los españoles por difundirlo y mantenerlo, que oscila entre escaso e inexistente, sino por la decidida y pragmática actitud de los hispanoamericanos independientes del siglo XIX que resolvieron sustentarlo como lengua nacional en las nuevas repúblicas (en 1800, menos de la mitad de los 17 millones de seres que poblaban los virreinatos, hablaban español); en la actualidad, la riqueza, variedad y vigor del español de América está por encima de sus homólogos de acá, en un país acomplejado que desconoce su historia y el don del cielo que es la lengua a la que maltratan o persiguen en la misma España (o permiten que se persiga y margine). Hace mucho menos de un año, Mariano Rajoy -a la sazón en La Moncloa, todavía- anunció a bombo y platillo un grandioso plan de proyección del español en el mundo, sin especificar dato ni detalle alguno, por supuesto. «Estamos salvados», pensé, fortificado por el recuerdo del denuedo y tenacidad con que defendía la lengua común en Cataluña. Y, por si fuera poco, al día siguiente (literalmente), el mismo gobierno se arrugaba una vez más ante la izquierda «progresista» y aceptaba la supresión de las reválidas. Obviamente, en aras de mejorar los conocimientos y usos lingüísticos.

La RAE se cansa de exhortar con admoniciones -tan cargadas de lógica como ayunas de fuerza ejecutiva alguna: no es su función- acerca de la invasión, abusiva por injustificada, de anglicismos por todas partes, en especial en el mundo de la publicidad y los medios de comunicación en general, sin que nadie le preste atención, ni mueva un dedo. Y es claro que por «nadie» estoy aludiendo a las autoridades políticas: si no se inmutan por la proscripción, en la práctica, del castellano en un tercio del territorio nacional, ¿a cuento de qué se van a conmover porque un publicitario desvergonzado resalte «new» en un producto cualquiera? ¿Han reparado ustedes en que es difícil encontrar un anuncio sin una o dos frasecitas (fáciles, claro) en inglés?

Y mientras, proliferan los necios que se escaman y horrorizan por el empleo de vocablos americanos (con frecuencia bellísimos arcaísmos perdidos en España) en su ámbito natural, o por la preciosa variedad de tonalidades del español de América. Ellos son la tropa de choque, el mejor argumento, de los interesados saltimbanquis de los medios y empresas audiovisuales.

Serafín Fanjul es miembro de la Real Academia de la Historia.

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