Romper el silencio

Hay momentos en que incluso quienes mostramos especial reticencia a aparecer en los medios de comunicación debemos romper el silencio autoimpuesto. Este es uno de ellos. Ante los comentarios publicados –muchos teledirigidos– sobre el reciente nombramiento del presidente de la Sala Tercera del Tribunal Supremo no es fácil mantenerse callado.

He sido magistrado durante más de 16 años de aquella Sala, a la que dejaré de pertenecer muy pocos días después de que Luis Díez-Picazo tome posesión de su Presidencia. Mis palabras no tienen, pues, arrières-pensées, por utilizar términos de una lengua que le es tan familiar. He compartido con él funciones jurisdiccionales y puedo dar testimonio de su excepcional valía humana y profesional, así como de las cualidades jurídicas que ostenta. Por encima de todas las cuales se encuentra su sentido de la dignidad, de la honradez, de servicio al Estado y, si se puede aún utilizar este término, su patriotismo. No siempre hemos coincidido en nuestros pareceres, pero en las (pocas) ocasiones en que hemos discrepado he tenido, y sigo teniendo, un profundo respeto por los suyos.

Hay, por lo demás, un rasgo en el nuevo presidente que considero especialmente relevante, a estas alturas del siglo XXI, y es su interés por la integración del sistema jurídico español en el ordenamiento europeo. Su experiencia docente, de años, en el Instituto Europeo de Florencia (uno de los grandes centros de excelencia jurídica de Europa) y sus numerosas actividades de esta naturaleza (él mismo fue relator general del XXIII Coloquio de la Asociación de Tribunales Supremos Administrativos de la Unión Europea, celebrado en Madrid en junio de 2012) nos ofrecen la seguridad de que prestará especial atención a la dimensión europea, cada vez más apremiante, de nuestra actividad jurisdiccional.

Siendo todo ello así, ¿hay alguna explicación a la polémica suscitada en estos últimos días sobre su nombramiento? Quiero creer que la mayoría de los comentarios escritos no han puesto en duda –¿cómo podrían?– sus cualidades, en buena parte también concurrentes en los otros dos candidatos que disputaban la Presidencia de la Sala a su actual titular. Los comentarios parecen, sin embargo, tener como eje central la consideración de que el nombramiento de Luis Díez-Picazo obedecería a una «intriga» para no renovar el mandato, ya expirado, de aquél, y atentaría a la «independencia» judicial.

Los comentarios no sólo son profundamente injustos con el nuevo presidente sino, paradójicamente (visto su origen), denigrantes para la propia Sala Tercera del Tribunal Supremo. Parecería, a tenor de ellos, como si los magistrados que la componen carecieran de juicio propio, independiente y responsable, de modo que sus decisiones vinieran predeterminadas por quien los preside: al designar a éste se estarían preconstituyendo futuras decisiones jurisdiccionales. Cualquiera con un mínimo de conocimiento de la Sala sabe que es un argumento falso, además de ignominioso para quienes la integran, pero todo parece valer (ahora) cuando el nuevo presidente no es del agrado de quienes propugnaban la renovación del anterior.

Luis Díez-Picazo fue invitado hace pocos meses a pronunciar una alocución en el Conseil d’Etat francés, honor raramente dispensado a magistrados de otros órganos jurisdiccionales extranjeros del mismo rango. En su doble condición de profesor universitario y juez del Tribunal Supremo de España, destacaba en su discurso, tomando la cita de un historiador del derecho belga, cómo los tres grandes protagonistas de la historia del Derecho en nuestro continente han sido los jueces, los legisladores y los profesores. Y acababa su alegato subrayando que cualesquiera que sean las tensiones que puedan surgir entre los supremos órganos jurisdiccionales y el mundo académico, «[…] quedan amortiguadas y encauzadas por la exquisita cortesía que impera en este país». Lejos estaba de imaginar que pocos meses después, una vez pasados los Pirineos, él mismo se convertiría en blanco de ataques donde no ya la cortesía, ni siquiera el mínimo respeto, han tenido lugar.

Cuando la polvareda se asiente, aquietados los ánimos, Luis Díez-Picazo se enfrentará al difícil reto de preparar la Sala Tercera del Tribunal Supremo para el desafío que supone la nueva configuración legal del recurso de casación. Lo hará, sin duda, con la lealtad al legislador –no a éste o a aquél– que le caracteriza. En esta tarea recibirá, también sin duda, el apoyo de la gran mayoría –la práctica unanimidad– de sus compañeros de Sala, de los que el presidente es primus inter pares con la misma, no más, legitimación para decidir (sin voto de calidad). Algunos no estaremos ya a su lado, pero la sociedad española debe saber que la Presidencia de la suprema jurisdicción administrativa de nuestro país se encuentra en inmejorables manos.

Manuel Campos Sánchez-Bordona es magistrado de la Sala Tercera del Tribunal Supremo.

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