Romper la Derecha

En su tercera del pasado 3 de junio el director de ABC incluye un rotundo e inquietante corolario: «Cuando se juega a romper la derecha, acaba gobernando la izquierda». Desde esta afirmación, que a mi juicio es cabal, debemos preguntarnos: ¿Quién juega a romper la derecha? ¿La izquierda? Parecería lógico ¿Sectores de la derecha? Resultaría suicida. Pero esta última opción es la correcta.

Surge otra pregunta: ¿Cuáles son los antecedentes de esa estrategia autodestructiva? Es obvio que detrás no hay que buscar movimientos en favor del interés general sino la defensa de intereses complejos y más o menos oscuros que tienen que ver con la quiebra de uno de los sueños de la transición. Entendieron los constituyentes que el futuro político se asentaría en dos partidos moderados, representantes de la izquierda y de la derecha con la mirada de ambos puesta en el centro, que es el espacio que gana elecciones. Y en esto último no se equivocaron.

Romper la DerechaLas opciones principales miraron al centro. Lo hizo Adolfo Suárez con su UCD convocando a liberales, democristianos, socialdemócratas y reformistas procedentes del régimen anterior. Cuando aquel equilibrio inestable se derrumbó sus dirigentes huyeron, unos a AP (después PP) y otros al PSOE. Felipe González, aupado en Suresnes, lo entendió pronto. En el Congreso socialista de 1979 desterró el marxismo de la definición ideológica superando los recelos, incluso su alejamiento de ida y vuelta, y en las siguientes elecciones se presentó con un socialismo centrado lejos del radicalismo guerracivilista. Sus aplastantes 202 escaños en 1982 evidenciaron su acierto.

Los constituyentes habían creído en una especie de resurrección del turnismo decimonónico, un reeditado Pacto de El Pardo entre Cánovas y Sagasta. El experimento fracasó acaso por la ausencia de dos personalidades tan singulares como aquéllas. Vistos desde ahora, desde la abundancia de enanos, los políticos de la Transición fueron gigantes. Entonces teníamos los árboles tan cerca que no nos permitían ver el bosque. Cuando desde el adanismo y la iconoclastia los nuevos políticos condenan la transición, aparte de mostrar su ignorancia, tienen los árboles tan lejos que niegan la existencia del bosque. No vivieron la Transición y no la valoran.

Pese a las previsiones cuando una de las dos grandes opciones ideológicas necesitó votos para gobernar no acudió a la otra gran opción, sino a los nacionalistas que tenían presencia decisiva en el Parlamento nacional. Es lo que no imaginaron los constituyentes. Las fuerzas principales del nacionalismo en el País Vasco y Cataluña eran de derechas, y concretamente el PNV de raíz democristiana, pero se avinieron a pactar con el mejor postor.

Los dos partidos fundamentales podían haber llegado a pactos, desde apoyos de investidura, presupuestarios o puntuales, salvando su independencia para el disentimiento y la firme oposición, respetando que el más votado formase gobierno. Pero no lo hicieron. Los presidentes de la democracia cortejaron al nacionalismo con más o menos dádivas. Alguno de ellos se pasó de generoso. Gobernando los populares, y por exigencias nacionalistas, se suprimieron instituciones centenarias como los gobiernos civiles y las capitanías generales, se ralentizó la inspección educativa, se cambió algún dirigente territorial… Se dieron pasos de difícil retorno. Zapatero daría el espaldarazo al independentismo con atolondradas y erróneas promesas. Paralelamente el socialismo se radicalizó y volvió a la guerra civil.

Sobre esas hipotecas crecidas desde la Transición se alzó el presente. Con una izquierda siempre cómoda en los frentes populares, históricamente en la derecha se cultivó la semilla cainita. El miedo a una izquierda cada vez más radicalizada y montaraz y la realidad de una derecha con imagen más abierta pero no entregada a sus patronos tradicionales, llevaron al juego de romper la derecha.

Poderosos sectores económicos que controlan terminales influyentes y crean o dirigen la opinión, suelen sentirse insatisfechos con los gobiernos de derechas porque no reciben todo lo que esperan. Un poder que no es político pero es poder. Así nacieron los sucesivos intentos de opciones al final nonatas o de corto recorrido. El último y exitoso juego de ruptura de la derecha es Ciudadanos, con careta centrista e incluso de moderada izquierda, en principio de ámbito catalán, que no nació ayer, cuyo líder lleva doce años al frente de su partido aunque pida insistente la renovación en los demás.

La propia derecha ha creado sus monstruos. Se deseaba un partido que al tiempo mirase a la derecha y a la izquierda. Una útil indefinición. El último oscuro objeto de deseo de aniquilación por parte del poder de poderes ha sido Mariano Rajoy. Entre otras muchas objeciones, alejar a España del rescate europeo no fue una buena noticia para los intereses de algunos. Desde una sospechosa y sin precedentes sucesión de encuestas, que nunca coincidían con las del CIS, las más fiables, y un fértil acompañamiento mediático, también sin precedentes, se había afianzado un político de futuro, Rivera, con una buena imagen pero veleta en sus posiciones y con nula experiencia de gestión. Vivimos en el mundo de la apariencia.

Lo acontecido en torno a la reciente moción de censura demostró que las redes estaban bien dispuestas para la pesca, pero falló por la bisoñez convertida en urgencia. Alertado Sánchez, la moción de censura socialista madrugó las aspiraciones de quien en ese juego de romper la derecha habría de cargar sobre sus hombros el peso de la púrpura. También falló el último intento de cobrarse la cabeza de Rajoy convenciéndole para que dimitiese. Les urgían elecciones. Iniciado el debate de la moción el teléfono del entonces presidente del Gobierno echaba humo; desde sectores muy poderosos le pedían la dimisión. El impasible y experimentado gallego aguantó.

La caída de Rajoy se debió a un golpe parlamentario sin justificación, sin sustancia y sin programa alguno, apuntalado en la manipulación de una sentencia judicial, en medio de la realidad de una España que crea empleo y crece económicamente más que el resto de la Unión Europea. Hay que desear que siga así. El partido del presidente desalojado de La Moncloa es hoy, con mucho, el principal partido de la oposición. Otros se desdibujarán. O desde su pequeñez tendrán que hacer oposición a la oposición. El nuevo presidente del Gobierno no ignora que el partido de su antecesor le apoyará en temas de Estado y cuando se vea con el agua al cuello, salvándolo de los chantajes del independentismo y del leninismo rampante. Es el rigor frente a la frivolidad.

Jugar a romper la derecha es posible, se ha visto, pero en ese juego el riesgo es grave. Abre la puerta a la izquierda.

Juan Van-Halen, escritor.

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