Roosevelt y Franco, una mutua antipatía

Por Jorge M. Reverte, escritor y periodista (EL PAÍS, 03/12/07):

Las relaciones entre el presidente Roosevelt y Franco fueron siempre de antipatía mutua. El presidente americano quiso incluso ayudar a la República, pero nunca intentó derrocar a Franco. Una investigación hecha desde Estados Unidos por el historiador Joan Maria Thomàs cuenta esta historia apasionante.

En septiembre de 1942, la Administración norteamericana que encabezaba Franklin Delano Roosevelt vio con alivio cómo el dictador español despedía de su Gobierno a Ramón Serrano Suñer, el hombre al que consideraba el principal responsable de que se fuera a consumar el peligro de una entrada de España en la guerra mundial. Hasta entonces, la diplomacia norteamericana había carecido de una instrucción coherente, de una “política española” propia y continuada que sirviera al objetivo de eliminar ese riesgo, el de la beligerancia española al lado de las potencias fascistas, que habría complicado mucho las cosas a los aliados en el Mediterráneo y el norte de África.

Lo cierto es que el cese de Serrano como ministro de Asuntos Exteriores representaba, en parte, un simbólico alejamiento con respecto a Alemania e Italia, pero no se había debido esencialmente a su postura a favor del eje Alemania-Italia-Japón, sino a un conjunto de circunstancias de muy distinta naturaleza, entre las que no figura como la menor el hecho de que unos días antes se produjera el nacimiento de Carmen, hija ilegítima de la marquesa de Llanzol y del gran ideólogo del Estado franquista que fue Serrano. Porque el ministro había mantenido una relación adúltera con la marquesa en lugar de volver a los brazos de su esposa, la hermana de Carmen Polo, mujer a su vez del caudillo. En la pacata España de aquellos años, la cuestión no era menor. Un escándalo mayúsculo que no podían tolerar ni la señora de Meirás ni la Iglesia católica.

Otras circunstancias, de mayor peso, fueron los incidentes desencadenados en Begoña por falangistas contra los carlistas que detestaban a la Falange, o el rencor de los militares contra los camisas azules que pretendían quitarles, como había hecho el partido nazi en Alemania, el poder conquistado por las armas en 1939.

Los miembros de la legación diplomática norteamericana en Madrid brindaron con alegría por el cese del que había sido su mayor “dolor de cabeza” español. Y entendieron de forma equivocada que disminuía el riesgo de participación española en la guerra porque Franco prescindía de su cuñado, que era más partidario que él de aliarse con Hitler y Mussolini en aventuras bélicas. Franco, sin embargo, había sido, al menos hasta principios de 1942, tan partidario de combatir como Serrano, pero ambos habían hecho un reparto de papeles tan astuto que logró engañar a los servicios de inteligencia y diplomáticos de Inglaterra y de Estados Unidos.

En realidad Franco había mantenido a España fuera de la guerra porque los problemas de abastecimiento de alimentos básicos y de gasolina eran tan graves que hacían imposible la intervención, salvo que Alemania le garantizara suministros suficientes y, además, satisficiera sus ambiciones de hacerse con los territorios franceses del norte de África.

El presidente Roosevelt, que detestaba a distancia al dictador, mantuvo hasta 1941, cuando el ejército japonés bombardeó Pearl Harbour, una política errática y desorientada que adquiría solidez sólo cuando se plegaba a las líneas marcadas por el Foreign Office británico. Esa política de contención de Franco es la que permitió al general ganar la Guerra Civil contra una República abandonada a su suerte, no sólo por políticos que le eran francamente hostiles, como Chamberlain, sino por otros que simpatizaban con su causa, como el propio Roosevelt. Durante los años de la guerra, la diplomacia americana prefirió apostar porque el conflicto se mantuviera dentro de los límites españoles, bajo la idea básica británica de que era posible mantener controlado a Franco a base de darle ayudas y tenerle atado con el juego de las finanzas y los suministros de primera necesidad. Para los conservadores ingleses, además, los republicanos eran poco menos que una banda de asesinos dispuestos a entregar España al comunismo ruso.

Roosevelt no pensaba eso, y su mujer fue incluso una activista pro republicana. El presidente tendía, quizá por la influencia de Eleanor y de los intelectuales con los que tenía relación, a ver el conflicto español como una guerra entre democracia y fascismo. El embajador en aquellos tiempos, Claude Bowers, admirador de Fernando de los Ríos y de Manuel Azaña, contribuía a esa visión. Pero en su partido, el demócrata, había más simpatía por Franco que por la República, debido a la influencia de una Iglesia escandalizada entre otras razones por los asesinatos masivos de religiosos en territorio republicano. Y mantuvo por razones tanto externas como de política interna una postura de embargo contra la República mientras hacía, bajo cuerda, maniobras que favorecieran el suministro de armas y gasolina al régimen legal en España.

Cuando Franco ganó la guerra, el presidente basó su política en las directrices británicas. Pero también en la defensa de los intereses económicos y humanitarios americanos en España, como la ITT o el embrollo de la repatriación de los supervivientes de la Brigada Lincoln que se pudrían en las cárceles de Franco.

Una vez Hitler desencadenó la guerra en Europa, la perspectiva fundamental fue evitar la entrada de España en la guerra a favor de Alemania. El hombre que tuvo que lidiar con los peores episodios de esa misión fue Alexander W. Weddell, que no escondía su simpatía por el dictador y su causa. Por ello, su misión se vio sometida a graves accesos de perplejidad cuando comprobaba la soberbia con que le trataba el ministro Serrano Suñer, quien además no intentaba esconder su proclividad a participar con Hitler y Mussolini en aventuras mayores. El envío de la División Azul a combatir a las estepas rusas era una buena manifestación de ese espíritu. Esa perplejidad de Weddell se acabó convirtiendo en hostilidad abierta tras algunos incidentes de carácter grave entre ambos personajes, y llevó, probablemente, a nublar el juicio del embajador en cuanto a las posiciones de Franco, lo que provocó valoraciones erróneas por el Departamento de Estado.

Tras la declaración de guerra de Estados Unidos contra Japón, la actividad política norteamericana en relación con España hubo de ser forzosamente más aguda y activa. Mientras los ingleses se habían dedicado a tejer una red importante de contactos que apoyaban a los militares opuestos a la guerra (acción que financiaba Juan March en forma de “donaciones” a hombres tan prominentes del aparato militar como el coronel Galarza y generales como Kindelán o Beigbeder), los norteamericanos partían de una posición menos experimentada.

A pesar de ello -y éste es otro de los hechos que eran desconocidos hasta ahora- , hubo un importante acercamiento al general Orgaz, un hombre al que los americanos consideraron “uno de los generales de nuestro bando” que ostentaba en 1942 el cargo de Alto Comisario en Marruecos. El encargado de Negocios en Tánger, J. Rives Childs, acompañado por el agregado naval, el teniente coronel Hedi, llegaron a un principio de acuerdo con el general para entregarle suministros en el territorio bajo su control con los que debería resistir, en el caso de que se produjera una invasión alemana de la zona española de Marruecos. Orgaz les expresó su posición, de la que los enviados dedujeron su antipatía a la causa alemana y su confianza en que, en semejante caso, sus tropas podrían hacer una resistencia seria. Se estaba preparando la Operación Antorcha, el desembarco aliado en el norte de África, un movimiento que eliminaría definitivamente los sueños de Franco de tener un trozo del pastel que se repartiera cuando Hitler ganara la guerra. Una guerra en la que el dictador le había pronosticado la victoria al eje hasta poco tiempo antes.

Los pormenores de la política de la Administración de Roosevelt con Franco resultan apasionantes. Sobre todo desde la perspectiva inédita de esa Administración, que es la que ha utilizado Joan Maria Thomàs, un profesor de la Universidad Rovira-Virgili, para escribir Roosevelt y Franco, un libro tan cargado de novedades para los dos países que se publica, también, en los Estados Unidos.