«Rota la vela, abierto el lado, pobre bajel a naufragar camina»

Cuando el 12 de febrero de 1938 el canciller austriaco Kurt Schuschnigg llegó a la mansión alpina de Hitler en Berchtesgaden no pudo por menos que elogiar la impresionante vista que se extendía bajo sus pies junto al llamado Nido del Aguila. Casi sin darle tiempo a quitarse el abrigo, el Führer le interrumpió abruptamente: «Sí, aquí maduran mis ideas… Pero no hemos venido a hablar ni del hermoso paisaje ni del tiempo».

¿Por qué será que cuando leí lo que le había sucedido al presidente chipriota Nicos Anastasiadis durante la madrugada del pasado sábado, en el edificio de la Unión Europea en Bruselas que lleva el nombre del filósofo estoico Justus Lipsius, pensé inmediatamente en aquella histórica encerrona en el Berghof?

No fue naturalmente ni porque la señora Merkel y su ministro Schäuble me parezcan equivalentes a Hitler y a su entonces canciller Von Papen, allí presente. Ni tampoco porque, más allá de una cierta imagen compartida de fragilidad profesoral, las bases morales sobre las que pisaba el jefe del Estado de Chipre tuvieran nada que ver con las del socialcristiano Schuschnigg. De hecho es imposible sentir la menor simpatía hacia una isla que ha basado su modelo de desarrollo en el negocio financiero del lavado de dinero de los oligarcas rusos.

Fue la dinámica de la reunión orientada a colocar al mandatario de un pequeño país entre la espada y la pared de un ultimátum chapucero, dictado por una gran potencia, la que me hizo evocar el paralelismo histórico. Incluso el papel intimidatorio que desempeñaron los representantes del BCE y el FMI advirtiendo sobre la marcha a Chipre de que no habría ni un euro para sus bancos hasta que no entregara la cuchara de una parte de los depósitos, me recordó el desempeñado por los generales de la Wehrmacht y la Luftwaffe a los que Hitler invitó a la reunión para que el mero fulgor de sus uniformes asustara lo suficiente al canciller austriaco como para aceptar poner sus fuerzas de seguridad en manos de distinguidos nazis.

Insisto en que las bases de la economía chipriota son indefendibles. Nunca se debió admitir a la isla en la Unión Europea sin obligarla a dejar de ofrecer esos extratipos con los que sus bancos han atraído el dinero de los evasores rusos que al final ha creado una espectacular burbuja de deuda pública. Pero mucho más preocupante que la inviabilidad de un rescate que en todo caso situará las obligaciones de pago del estado chipriota por encima del 130% de su PIB resulta el método desordenado y arbitrario de resolución de conflictos del que ha hecho gala el Eurogrupo bajo un liderazgo alemán mucho más pendiente de la opinión pública doméstica que de la coherencia del proceso de construcción europea.

Es desolador que de una sola lanzada hayan quedado gravemente heridas la seguridad jurídica que protege a los ahorros y la credibilidad del proyecto de Unión Bancaria que se suponía iba a servir de puente hacia la Unión Fiscal y Financiera, la política económica común, la mutualización de la deuda, los eurobonos y los propios Estados Unidos de Europa. Han bastado dos papirotazos insomnes en una reunión mal preparada por un holandés bisoño para que todas esas expectativas hayan saltado por los aires e incluso los esfuerzos de Draghi por estabilizar el flujo monetario en la zona euro se vean de repente comprometidos.

Al final van a pagar justos por pecadores. Haber gravado los depósitos inferiores a 100.000 , teóricamente garantizados por las leyes nacionales y comunitarias, hubiera sido como prender la mecha del motín. Pero si se carga la mano -y de qué manera al parecer- sobre los de mayor rango, el dinero huirá de Chipre y se lo pensará dos veces antes de recalar en ningún país europeo sobre el que revolotee el precedente. Si había por cierto un momento inadecuado para que Montoro lanzara el nuevo impuesto sobre la banca, para seguir alimentando al Gargantúa autonómico a costa de los ahorradores, era precisamente éste.

La sensación de que estamos en manos tan torpes como remotas se ha visto acrecentada con los bandazos en la presentación del ultimátum a Chipre. Lo que durante 48 horas fue un trágala cerrado se convirtió después en una exigencia abierta con tal de que se reúna la cifra requerida. También entonces sentí resonar en el éter la frase con tintes de farsa con que Hitler parecía dar al pobre Schuschnigg un cierto margen de maniobra antes de arrancar su firma: «Por primera vez en mi vida he accedido a reconsiderar una decisión definitiva».

Si aquel fue el primer acto del drama que culminó semanas después con la anexión de Austria a la gran Alemania, ahora el riesgo fehaciente es que este vodevil termine con la salida de Chipre de la UE a modo de experimento sobre las consecuencias que tendría dejar caer a uno de sus miembros. Resulta aterrador que el elemento decisivo de todo esto sean las elecciones alemanas: se hará lo que Merkel considere más aceptable para sus votantes aunque pueda ser a la vez lo menos conveniente para el futuro de Europa.

Esta constatación de que estamos atrapados en una ratonera monetaria en la que los problemas son europeos pero los mercados políticos en los que se toman las decisiones, egoístamente nacionales, resulta más amarga en la medida en que coincide con la mayor crisis institucional de la historia de nuestra democracia. Si necesitamos tanto la Europa de las libertades y el progreso, si nos espanta tanto toparnos de nuevo con una Europa que resuelve sus problemas al estilo Berchtesgaden, es porque el pulso de España vive sus horas más bajas y sólo mediante su dilución en una entidad superior más vigorosa y eficiente parecen tener nuestros males remedios.

Mientras vuelven a alejarse y debilitarse las perspectivas de recuperación económica, los despidos colectivos siguen engullendo los proyectos vitales de los españoles, no hay empresa mediana que no viva ya al borde del abismo y el Gobierno de Rajoy parece disfrutar empujándonos a algunos, cualquier chequeo riguroso de los principales pilares de nuestro sistema de convivencia sólo puede desembocar en el descorazonador diagnóstico de Quevedo: «Miré los muros de la patria mía/ si un tiempo fuertes ya desmoronados… y no hallé cosa en que poner los ojos/ que no fuese recuerdo de la muerte».

¿Cuál es la situación de los partidos políticos? La del PP, esclerótica: sin apenas vida inteligente, con su militancia desmovilizada y su aparato convertido en mero apéndice del Gobierno; pendientes todos de cuándo y cómo Bárcenas -¡Al ladrón, al ladrón!- demostrará que entraba dinero en negro, que se pagaban sobresueldos y que Rajoy tampoco dijo la verdad en esto. La del PSOE, directamente bunquerizada en torno a la insaciable sed de poder de Rubalcaba y la ambición sin fundamento de sus ineptos colaboradores, con Griñán alargando la agonía para que el control del proceso interno le blinde ante el clamor que exige que asuma su responsabilidad política por el descomunal escándalo de los falsos ERE.

Si vemos el modus operandi por el que se desviaron más de 50 millones de euros a golfos de toda laya y desandamos el camino como si se tratara de las miguitas de Pulgarcito nos cruzaremos con los hijos de Chaves y llegaremos al despacho de Juan Guerra: la Andalucía que al parecer sigue queriendo gran parte de los andaluces.

Ni Griñán dejará la presidencia de la Junta ni Ana Mato el Ministerio de Sanidad a cuenta de los payasos y el confeti -y los viajes y los hoteles y hasta los coches de alquiler- que le pagaba la trama Gürtel. Se escudan en que no existe ninguna acción penal contra ellos. Pero si la hubiera harían como Oriol Pujol, como Blanco, como Dani Fernández o los imputados del PP que podrían formar el tercer grupo parlamentario de las Cortes Valencianas: nunc dimittis. Para ellos la política, con su aforamiento y su canesú, no es un servicio temporal sino un funcionariado vitalicio en el que siempre se paraliza el procedimiento de desahucio.

Con el expresidente de la patronal entre rejas, los sindicatos completamente desprestigiados y la mayor parte de los empresarios de la construcción y los servicios bajo sospecha de haber sobornado a los políticos, no hay día que no nos enteremos de alguna nueva depredación de los gestores de las Cajas de Ahorro, llevándoselo crudo a su casa mientras hundían la institución. Si alguien merece el trullo son los Blesas, Goñis, Moltós y compañía.

¿Y qué decir de jueces como el autor de la sentencia del 11-M -a medias con el libro de su mujer- que trata de arrebatarle a un colega un sumario con mucho escaparate, cubriéndole de improperios y aun a costa de forzar el esperpento? Menos mal que el presidente del Tribunal Supremo y el CGPJ -tercera o cuarta autoridad de la nación- nos ha dicho el otro día que él es republicano y que por lo tanto le da igual que el Rey abdique o no.

Menuda semana horribilis para la Corona, ésta en la que el Ministro de Asuntos Exteriores ha dicho que sus reuniones con la «amiga entrañable» del Rey -quien leyera mi Madame du Cayla entenderá que no hay aquí ninguna clase de ironía- tenían carácter «privado», Izquierda Unida se ha atrevido a preguntar al Gobierno si don Juan Carlos ha cobrado comisiones y un familiar directo de la Princesa de Asturias ha pronosticado que «no llegará» a ser reina. Sólo faltaba que el jefe de prensa de la Zarzuela, con su prepotencia y zafiedad habituales, se comportara el miércoles en los salones del Palacio Real como un gañán en una barra americana. ¡Si el exquisito Fernando Gutiérrez levantara la cabeza!

Hay incluso quienes están ya explotando los lodos de Urdangarín y Corinna para agrandar la distancia entre el Rey y su hijo y conspirar en favor de una indeseable abdicación. No me extraña que alguno de sus amigos haya advertido al Príncipe del riesgo que para él mismo implican estas maniobras, sugiriéndole que pare los pies en seco a zascandiles e intrigantes con un gesto explícito de apoyo a que don Juan Carlos siga en el trono mientras su salud se lo permita.

Henry Kamen cuenta muy bien en el último número de La Aventura de la Historia las conjuras y sobresaltos que a lo largo de los siglos han enturbiado los procesos sucesorios en la Monarquía española. En ese contexto se encuadran los hechos de la primavera de 1808 cuando El Deseado arrebató a su desprestigiado padre la corona para cederla poco después ambos a Napoleón. Fue entonces cuando Quintana, patriarca del liberalismo y el romanticismo español, escribió algunos de sus más inspirados versos, describiendo al Estado cual barco que «va a estrellarse al áspero bajío». Su mirada es hoy la mía: «Así, rota la vela, abierto el lado/ pobre bajel a naufragar camina/ de tormenta en tormenta despeñado».

¿Qué hacer? La respuesta se llamó entonces Revolución Española. Mal que le incomode a Rajoy, su nombre es hoy Reforma Constitucional.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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