Rubalcaba y el destino

Lo mejor de Rubalcaba es su inteligencia. Y lo peor, que parezca demasiado astuto. En política, hoy, la astucia tiene menos reputación, aunque a lo largo de la historia haya sido ensalzada. El listo sobrevive. El inteligente no tiene siempre la suerte que merece. El astuto se mueve de lado, evita el golpe, maniobra y mece la cuna sin que se vea la mano. Alcanza objetivos sin parecer que los ambiciona. Pero en nuestra sociedad, exigente y crítica, el astuto parece menos transparente, supura ocultamiento y genera menos confianza.

En este escenario, y en un contexto de extrema hostilidad demoscópica a la marca socialista, se impone la pregunta fundamental: ¿por qué el astuto Rubalcaba ha aceptado y porfiado para ser candidato del PSOE? La respuesta sea quizá que, decididamente, intentará ganar las elecciones y el congreso de su partido. Pero seguramente no hay plan B para él -ni recompensa suficiente- aunque reciba los honores y las medallas del héroe que se enfrentó (y se sacrificó) frente al destino. En el ámbito de la percepción pública, una derrota dulce o con honor no le garantiza el futuro, solo la prórroga del presente. Aunque en el terreno de la vida orgánica de los partidos nada es descartable.

Algunos de sus compañeros parece que creen que sus posibilidades quedarán abiertas sea cual sea el resultado. Siguen la máxima de Demóstenes, que proclamaba, en un ejercicio cínico y táctico, que «cuando una batalla está perdida, solo los que han huido pueden combatir en otra». Craso error. Los electores no confiarán en el futuro en aquel que no peleó con generosidad y entrega. El cálculo es incompatible con la confianza.

Rubalcaba adorna su personalidad introvertida con una gama de recursos extraordinarios para la comunicación política: pedagogía discursiva, oratoria competitiva, gestualidad descriptiva, rapidez retórica… Ideal para el cuerpo a cuerpo y las distancias cortas. Luchador y fajador en la adversidad. Su timidez se muta en seducción cuando desea un objetivo (y el deseo es una poderosa motivación para superarse o transformarse). Pero tanta superioridad competencial le da, a veces, un aire displicente en el momento de explicarse. Pareciera que le aburre recordar lo obvio, repetir lo evidente, explicar lo que, simplemente, debería ser aceptado (y aplaudido) como más conveniente o más lúcido. Se le nota demasiado que, creyendo que tiene la razón, solo aceptará que se la den. Pero la política no es algo tan racional. Ni pasivo.

Rubalcaba deberá encontrar, en los días que le quedan, la llave que desencadene la reacción de los votantes socialistas que ya no recuerdan lo que fueron, y la de los indecisos que todavía esperan razones para optar, antes de sucumbir a lo inevitable (la victoria del PP) con su abstención resignada o su voto claudicante. Los electores esperan argumentos racionales y emocionales para armarse de valor y votar a un posible perdedor. Convencer de que el auténtico voto útil es el coherente es todo un desafío.

Rubalcaba, preferido por sus competencias, arrastra la pesada losa de su pasado, de la marca socialista y de la gestión de Zapatero. Demasiadas piedras en los bolsillos para andar rápido y sobrevolar la inmensa zanja de desconfianza que se abre, como un seísmo, bajo sus pies. Quizá el único argumento sólido, para remover la calma del destino inexorable, es que sea capaz de hacer ver a los electores que la gravedad de la triple crisis (política, económica y social) de la sociedad española necesita a alguien con criterio propio, autónomo incluso de su partido, alejado de prejuicios ideológicos, para alcanzar acuerdos; al tiempo que se amarra a los valores progresistas que nunca deberían haber menguado y se muestra como el hombre que abre la puerta a lo nuevo, no el que la entorna o la cierra.

Enfrente, Rajoy parece que no garantiza suficientemente su independencia. No transpira autoridad, aunque su control del tempo y de los silencios aparente lo contrario. Pero nadie se confunde, salvo los interesados que guardan sus opiniones a la espera del reparto. Su jerarquía actual no inspira liderazgo, sino habilidad y oportunidad, que no es poco. Cum laude en sobrellevar la presión, flota como nadie en cualquier líquido, sea transparente o viscoso. Y los electores siguen creyendo que hay -al menos- media docena de dirigentes populares mejores que él. Mientras, nadie duda, al menos hoy, de que Rubalcaba es el mejor entre los socialistas.

Aquí puede estar, quizá, el sendero estrechísimo por el que podría transitar Rubalcaba para remover el tedio resignado. La crisis necesita -para afrontarla con determinación- soluciones y propuestas nuevas, sí. Y este marco mental del cambio es poderosísimo y muy favorable para el PP. Pero, sobre todo, se necesitan líderes independientes, no notarios o registradores de las ideas propiedad de otros. Y aquí es donde el desfiladero al borde del acantilado se vuelve angosto. Si Rubalcaba consigue encontrar el camino sin mirar al vacío, tiene opción. Si camina para no caerse, el vértigo del destino quizá pueda con él. Y los electores no salvan a quien está cayendo, sino al que puede -o no- caer.

Por Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación y y autor de La política vigilada.

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