Rubalcaba y el federalismo

Pocas veces en una derrota ha tenido tan poca culpa el perdedor. Alfredo Pérez Rubalcaba era el cabeza de lista, pero el derrotado fue José Luis Rodríguez Zapatero, que ni siquiera se presentaba. La gente quería cambio de partido gobernante. Rubalcaba puso la cara por una causa perdida e intentó decir la verdad, aunque fuese contradictoria con algunos aspectos de la gestión del Gobierno Zapatero, del que había formado parte.

Encima, convirtió el cara a cara con Mariano Rajoy en un solemne aviso de lo que vendría si ganaba el PP: la contradicción con lo que había prometido. Ha bastado el primer Consejo de Ministros operativo de la nueva situación para que España compruebe que el aviso era certero.

Rubalcaba es el precandidato más sólido que puede tener el PSOE, pero viene de lejos, quizá de demasiado lejos. Y con zigzagueos en la politiquería. Estuvo en los mejores momentos -y luego en los peores- de Felipe González; conspiró en la confusa etapa transitoría entre Josep Borrell, zancadilleado desde sus propias líneas, y Joaquín Almunia; colaboró con José Bono contra Zapatero y cuando este ganó se convirtió en su mano derecha. O mano izquierda. En cambio, su trayectoria es recta en lo trascendente: fue un espléndido ministro de Educación y ha sido el mejor ministro del Interior, con el éxito definitivo contra ETA y contra las muertes de tráfico.

Ahora su reto es más sofisticado: reconstruir el socialismo español en plena crisis del pensamiento de izquierdas. Pero como a él ya no le preocupa su futuro puede distanciarse de las inercias acomodaticias que se crearon en el PSOE cuando tenía poder. Por su solidez intelectual está en condiciones de reformular la solidaridad, las libertades y el Estado de bienestar adaptados al nuevo mundo global. Y por su conocida habilidad es capaz de reencontrarse con la gente que recela de los socialistas por su falta de radicalidad en el control democrático de los poderes económicos y en la lucha contra la corrupción propia y ajena.

Pero los socialistas también tienen la asignatura pendiente de la España plurinacional. Carme Chacón puede llevarles a la encrucijada de ver si el PSC es capaz de conseguir un margen de maniobra propio respecto al PSOE si la secretaria general de los socialistas españoles es catalana.

¿Misión imposible? La baza alternativa por la que debería apostar Rubalcaba es que sea el mismo PSOE quien relance la doctrina federal y abra una diferenciación real -pero cohesionada- no solo de los socialistas catalanes sino también, por lo menos, de los vascos y gallegos. No tiene por qué ser el PSC quien estire ese concepto, y desde el PSOE puede hacerse levantando menos recelos en el resto de España.

Para Rubalcaba dar ese paso sería ir hacia la complejidad. Pero todos sabemos que la simplicidad, mantener la traición al espíritu autonómico, ya es la mayor amenaza contra la coexistencia española. Y contra la viabilidad futura del PSOE. Por eso los socialistas españoles deberían encarar la cuestión y además de denominarse federales convertirse realmente en eso.

Por Antonio Franco, periodista.

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