Rufián y los límites del decoro

En su artículo Aznar, sin complejos, Arcadi Espada abordaba una cuestión de suma trascendencia para la salud política de este país: la tergiversación incisiva que se hace de la realidad; es decir, la demagogia que hoy por hoy campa por sus fueros. Ese artículo aludía a la comparecencia de Aznar en la Comisión de Investigación parlamentaria relativa a la «presunta financiación ilegal del PP» y concluía que la retórica en extremo demagógica de Rufián merecería la reacción contundente de quienes la sufren resignadamente. En suma, y recurriendo a nuestro refranero, que quienes siembran vientos se arriesgan a recoger tempestades y quien a hierro mata se expone a hierro morir. Espada -en una reflexión que no era sino un brindis al sol sin ánimo ofensivo alguno- opinaba que, dado que la mejor defensa es el ataque, Aznar bien pudiese haber administrado a Rufián su propia medicina dirigiéndose a él en términos soeces. Uno de esos términos a los que aludía Espada está recogido en el Diccionario de la Lengua Española de la RAE con la indicación U.t.c. insulto. Y como mero ejemplo de hipotético insulto se empleó en ese artículo. Pero algunos, diciéndose ofendidos, cursaron una denuncia. No es que se piquen porque coman ajos, es que también pudieran estar, quizá, en la moda de la demagogia. Y la Fiscalía de Barcelona tramitó la denuncia después de que el responsable de Delitos de Odio y Discriminación estimase que el artículo «provoca al odio o a la violencia».

El más superficial de los peritajes concluirá que el artículo no «provoca» a nada, pues simple y llanamente apunta que, en una situación del pasado, hubiese podido emplearse como insulto una palabra que la RAE reconoce como insulto. Valerse de ese insulto no constituye una ofensa a un colectivo, sino una forma de dirigirse a alguien que, precisamente, no pertenece al mismo. Tanto podrá «provocar» el artículo como provoca el Diccionario al reconocer la semántica insultante de esa voz.

Ahora bien, desde una perspectiva sociológica interesa resaltar la mucha razón de Espada. En su último número (nº 140, de 2019), el Journal of Pragmatics ha publicado un estudio de mi autoría titulado Impoliteness as a Rhetorical Strategy in Spain’s Politics centrado en el llamativo estilo dialéctico de Rufián. La pragmática es la rama de la Lingüística, aledaña a la sociolingüística, que estudia, dicho sucintamente, los distintos niveles posibles de significado en los enunciados.

El discurso político ha centrado el interés de pragmatistas de varios países, y en España cabe destacar los trabajos de Marina González Sanz. Mi estudio analiza la dialéctica de Rufián precisamente en dicha comisión parlamentaria, en concreto su interrogatorio a Esperanza Aguirre. Ese análisis muestra cómo el habla de Rufián exhibe todas las características del lenguaje «descortés» identificadas por las máximas autoridades en el estudio de la «descortesía lingüística», que son Jonathan Culpeper de la Universidad de Lancaster y Derek Bousfield de la Universidad Metropolitana de Manchester. Estipulan Culpeper y Bousfield que comportan descortesía las expresiones y vocablos que expresan implícita o explícitamente lo siguiente: desaire, repudio, desinterés, falta de empatía, desacuerdo acentuado, desprecio, amenazas, paternalismo, ridiculización, demonización, descrédito, sarcasmo, críticas a destiempo, asunción de superioridad y un empaque desafiante. Como indica Culpeper, en política la confrontación, el desacuerdo y las críticas son inevitables. La cuestión, empero, estriba en modular las expresiones conforme al decoro. Marina Terkourafi arguye que se incurre en descortesía cuando se rebasa lo «convencional» en un contexto determinado. Lo extraordinario de Rufián es que, en el contexto de las Cortes, su discurso se aleja estridentemente de lo «convencional».

Aparte de que Rufián suela ofrecer un rico repertorio de todas las descortesías catalogadas por los pragmatistas, el elevado grado de incidencia en ellas resulta verdaderamente fascinante como fenómeno lingüístico. Mi análisis en el Journal of Pragmatics concluye que Rufián ha sistematizado una idiosincrática dialéctica que trasciende sobremanera el uso «convencional» del lenguaje político.

En primer lugar, Rufián crea lo que Manfred Kienpointner presenta como la esencia de la mala educación: una emotional atmosphere. A partir de ahí, despliega el repertorio de descortesías reconocidas por Culpeper y Bousfield y, además, enuncia posverdades a diestro y siniestro, persiste en irrelevancias que nada aportan al debate, emite acusaciones infundadas, asaetea al interlocutor con términos despectivos, lo ofende en lo personal, adopta un tono paternalista para zaherirlo, formula preguntas capciosas, lo interrumpe constantemente y recurre al sarcasmo para denigrarlo.

Todo ello vulnera ampliamente el lenguaje «convencional» y el decoro parlamentario, con un ánimo aparentemente beligerante y ofensivo. Culpeper observó que las expresiones descorteses propician una «escalada» de la tensión dialéctica. Rufián crea una «atmósfera emocional» y eleva el tono hasta niveles intolerables. Algunos, como la vicepresidenta de la Comisión, acaban por reaccionar correspondiendo con un insulto. Otros, como Aguirre y Aznar, lo torean graciosamente. Lo que Espada venía a decir en su artículo refleja las observaciones del prestigioso catedrático de Lancaster: que ante ataques dialécticos tan desaforados, la mejor defensa pudiera ser el ataque. La denuncia cursada contra Espada aducía que había usado «términos claramente despectivos y hostiles». Analizado todo desde un punto de vista estrictamente lingüístico y científico, queda fuera de toda duda que quien profiere lenguaje «despectivo y hostil» que «provoca al odio» no es Arcadi Espada.

J. A. Garrido Ardila, de la Universidad de Malta, es filólogo e historiador. Su último libro es Sus nombres son leyenda. Españoles que cambiaron la Historia (Espasa, 2018).

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