Ruido y silencio

Era 25 de septiembre de 1962. Diez de la noche. Barcelona, y su provincia, se oscureció bajo el agua y el dolor. La jornada otoñal había amanecido soleada; nada presagiaba la peor tragedia de toda la historia contemporánea hasta entonces. La lluvia que comenzó al final de la mañana de tal día como mañana de hace cincuenta y cinco años acabó convertida en una aterradora tormenta (a las diez de la noche llegaron a registrarse en el Vallés Occidental, la zona más afectada, hasta 361 litros de agua por metro cuadrado y hora). El río Besós se desbordó y todos sus puentes, incapaces de soportar tal volumen de agua y la fuerza de la misma, saltaron por los aires inundando mortalmente Tarrasa, Sabadell, Moncada y Reixach, Rubí, Martorell… Compactos muros de agua torrencial, truenos, vendaval y relámpagos que parecían anunciar el fin del mundo, convirtieron la noche en un infierno. Hubo casi mil muertos, la mayoría emigrantes llegados de Andalucía, Extremadura y Murcia para abrazar el sueño catalán. Imposible conocer la cifra exacta ya que muchos cadáveres jamás aparecieron. Testigos recuerdan aún hoy el ruido extraño e insoportable de la muerte entre el agua, el lodo y la oscuridad que anegó las poblaciones al cortarse el fluido eléctrico. Ruido, mucho ruido, que sigue retumbando en la cabeza de muchos de los supervivientes. Y no es una forma de hablar, lo aseguro. Cuando todo acabó, con el alba llegó el silencio. Daba el mismo miedo.

Los titulares de los semanarios de la época eran elocuentes. La gran riada de Barcelona («Actualidad Española»); Tarrasa, Sabadell, Rubí. Terror en la noche («Gaceta ilustrada»); Más de mil muertos en la riada del dolor («Por qué. Semanario nacional de sucesos y actualidades»). Las páginas de ABC reprodujeron el horror de la tragedia con fotos que destrozaban el alma: cuerpos hallados entre montañas de barrizal con los brazos rígidos en alto; ramas y de todo que el agua arrastró a su paso; vías de tren retorcidas como serpientes de hierro; casas arrancadas de cuajo; decenas de féretros amontonados en desorden al día siguiente, muchos de ellos pequeños y blancos. Para qué seguir contando…

Algunas crónicas periodísticas del momento hablaban de los miles de emigrantes muertos como «hijos de Cataluña» o «estos ciudadanos catalanes que han muerto en las riadas». Eran catalanes, sí, porque llevaban años deslomándose para obtener el fruto de aquella tierra, o haciendo jornadas de más de doce horas en infames fábricas metalúrgicas, talleres, cementeras y otras muchas industrias.

Quedan huellas que perpetúan la memoria de la catástrofe. Un monolito en Tarrasa y otro en Moncada y Reixach en honor a las víctimas, una placa conmemorativa en Rubí… Pero, sobre todo, de las riadas de 1962 permanece un doloroso recuerdo en el corazón de los supervivientes. Conozco bien la desolación y el horror vividos en Moncada y Reixach porque mis padres, emigrantes andaluces en busca de una mejor vida en tierras catalanas, estuvieron a punto de morir ahogados en su modesta vivienda en la orilla del río Ripoll, afluente del Besós. En esa misma localidad en la que el agua se tragó tantas vidas de luchadores, la Guardia Civil incautó hace días nada menos que casi un millón y medio de carteles, dípticos, planchas y panfletos destinados a promover el «Sí» en el referéndum ilegal del 1-O para trocear una parte del territorio español.

Se dijo entonces de aquel desastre de la naturaleza que «una herida como la que tiene el pueblo catalán no se cerrará en la vida». Cincuenta y cinco años después el independentismo está provocando otra herida innecesaria. Muchos de aquellos «hijos de Cataluña», ancianos ya, asisten atónitos a las reivindicaciones festivas de que tras el 1-O ya no pertenecerán a España. Un futuro que, al abandonar sus lugares de origen, nunca imaginaron y que no merecen.

El diputado de ERC Gabriel Rufián se ha despachado con una de las mayores barbaridades intelectuales que se hayan podido escuchar en mucho tiempo: «El franquismo no murió el 20 de noviembre de 1975 en una cama en Madrid. Morirá el 1 de octubre de 2017 en una urna en Cataluña». Lo peor no es la memez. En el saco de la libertad de expresión caben incluso ideas como esa. El problema –o más bien el peligro– es que estén ocupando escaños en un parlamento, es decir representándonos a los ciudadanos, políticos con semejante y vergonzosa ignorancia aderezada con un profundo desconocimiento de la Historia. Entre la ignorancia y la estulticia, posiblemente la primera sea mayor enemiga del avance de las civilizaciones. En una entrevista televisiva, a preguntas de cómo una Cataluña independiente resolvería asuntos básicos que competen a cualquier Estado, Rufián respondía lo mismo a todo: «Ni idea». ¿Así, sin idea de nada, es como están abanderando una secesión?

En un acto heroico de paciencia, escucho con atención en la radio, veo en la televisión y leo en los periódicos, las noticias referidas al procés independentista. En todos los medios de comunicación se mezclan voces, cánticos, consignas, palabras, de Carles Puigdemont, Oriol Junqueras, Carme Forcadell, Gabriel Rufián, Jordi Turull, Anna Gabriel, Raül Romeva… formando un ruido del que es difícil entresacar algo sensato. No parece tan difícil entender que cualquier acto que contravenga la Constitución Española se coloca automáticamente al margen de la ley. Sin embargo, ellos sólo hacen ruido y más ruido; pero no es ruido inocente, sino plagado de mentiras.

Que adopten el papel de víctimas quienes trasgreden la legalidad vigente o hablan de presos políticos en la España de 2017 supone una perversión del sistema democrático. Tras el ruido llegará el silencio. Como en aquella noche oscura de 1962. Sólo que hoy el silencio tendría que servir para reflexionar y recomponer lo que se ha ido quebrando en este largo y delirante camino. Aunque me temo que ellos seguirán con su ruido porque es lo único que saben hacer.

Mari Pau Domínguez, escritora y periodista.

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