Rumbo a la última fase de la crisis

Desde el año 2000 las economías y las Bolsas han pasado por diferentes sobresaltos. Primero fue el pinchazo de la burbuja tecnológica que provocó fuertes pérdidas en las Bolsas de todo el mundo y que prácticamente dejó sin nada a quienes habían invertido en las empresas más punteras del momento. En la primavera de 2003, en EEUU, se consideraba que la situación era tan desesperada que muchos empezaron a hablar de depresión y de deflación; de ahí que la Reserva Federal bajara los tipos de interés hasta el 1%.

Todo esto suena tan exagerado aquí en España que casi resulta extravagante pues aunque el Ibex 35 perdió casi el 60% en esa crisis, su impacto sobre la economía española lo más que consiguió fue que el ritmo de crecimiento se redujera a la mitad, con lo que aún se mantenía en tasas superiores al 2%. Sin embargo, y como es bien sabido, una bajada de tipos de interés tan drástica en los EEUU acompañada de una política de bajos tipos de interés en Europa (el BCE los bajó hasta el 2%) sirvió para que en los tres años siguientes se hinchara una nueva burbuja, la inmobiliaria, de cuyas consecuencias aún nos estamos reponiendo.

Es decir, esta es una crisis cuyos primeros compases hay que buscarlos en el año 2000 y no en 2008 como suele hacerse, confundiendo el inicio de su fase más aguda (quiebra de Lehman Brothers) con su verdadero comienzo que se remonta a ocho años más atrás. Habrían, pues, transcurrido 14 años desde aquellos primeros compases y los síntomas que empiezan a dar tanto las economías como los mercados es que la fase final, que podría tener unos tres años de duración, está ya en pleno desarrollo.

A la hora de buscar los síntomas en las Bolsas, lo mejor es mirar primero a las de los EEUU que son las que terminan condicionando, y mucho, lo que hacen las demás. Y lo primero que se observa es que, por ahora, las Bolsas de los EEUU están comportándose de la misma manera que lo hicieron en el primer cuatrimestre de 1984 (segundo año después de que se terminasen las tres recesiones que coincidieron con las subidas de los precios de petróleo) y 1994 (año en el que se produjo una fuerte subida de tipos de interés en los EEUU). Es decir, dos años, 1984 y 1994, con características muy diferentes pero en los que la normalidad en la economía de los EEUU fue la tónica imperante y en los que las Bolsas allí se mantuvieron estancadas.

Quizás, los cuatro meses transcurridos de 2014 no sean un período lo bastante largo para extraer conclusiones aunque éstas sean claras: que las Bolsas americanas pueden terminar el año 2014 sin grandes cambios y proporcionando a los inversores sólo la rentabilidad que hubieran obtenido por el cobro de los dividendos.

Sin embargo, hay otra característica común a los años mencionados y es que los tipos de interés reales han experimentado un fuerte ascenso. Es decir, que si se resta la inflación del tipo de interés que paga la deuda pública a largo plazo, la cantidad restante (un 2% en los EEUU y un 3% en España) es mucho más elevada de lo que lo era tres años antes (en el caso de España tendrían que ser cuatro por haberse interpuesto la crisis del euro).

Se dan, pues, dos características comunes a aquellos años de 1984 y 1994 y a 2014 ¿Y qué pasó con la Bolsa española en 1984? En esa época, el Ibex 35 aún no se había creado pero el índice general de la Bolsa de Madrid experimentó una impresionante subida (+41%). En 1994, sin embargo, el mal comportamiento de la Bolsa norteamericana impidió que la española subiera, algo a lo que contribuía sin duda el que la economía española estaba en ese momento saliendo de la recesión de 1993 (una recesión que, en parte, también procedía de una burbuja inmobiliaria, aunque de menor dimensión que la que se dio posteriormente, y cuando el paro alcanzaba casi el 25%).

En el primer cuatrimestre de los tres años mencionados, el precio de las materias primas también subía, lo que los hace comparables durante todo el primer semestre. Después, esa comparación entre 1984 y 1994 deja de ser válida. El dólar, por su parte, se comportó de manera inversa en esos dos años.

La conclusión que podría extraerse de todas esas comparaciones es que es probable que este año las Bolsas norteamericanas permanezcan estancadas mientras que la española (salvo conmoción exterior) tenga una subida más que interesante y todo ello a la vez que los tipos de interés reales se mantienen demasiado elevados para lo que le convendría a las economías occidentales (Alemania sería una excepción con apenas el 0,6% de tipo de interés real).

Con independencia de que la actividad y las Bolsas de los EEUU condicionaron entonces y condicionarán, incluso más, ahora lo que suceda en España, el año 1984 es un año de referencia. En él se pudo dar por prácticamente completada la transición política y la fase de ajuste económico que se había iniciado en 1973 que fue el año de la primera crisis del petróleo. También en 1984 se consolidó la recuperación de la Bolsa española que se había iniciado en el año anterior tras nueve años de caídas continuadas.

Además, en 1984 estaba próximo a completarse el proceso de reconversión industrial y la firma del tratado de entrada en lo que ahora se llama Unión Europea. De ahí que cualquier pista que haga comparable 2014 con el año 1984 haya que cazarla al vuelo por si la favorable evolución posterior de lo que entonces acontecía puede terminar por repetirse ahora.

Hay un aspecto de lo que sucedió entre 1973 y 1985 en España al que se le suele prestar poca atención, hasta tal punto la transición política absorbe cualquier intento de análisis. El reciente fallecimiento de Adolfo Suárez ha servido para centrar toda la atención una vez más, y de manera más que merecida, en el análisis político. Pero en esos años en los que Adolfo Suárez gestionó el cambio de las estructuras políticas se producía un fenómeno paralelo que lo complicó todo aún más: la crisis económica provocada por las dos crisis del petróleo y la consiguiente quiebra de un tercio del sistema bancario español. Una crisis financiera que sólo por poco se libró de alcanzar la dimensión de la que hemos vivido a partir de 2008.

La caída de Suárez de la Presidencia del Gobierno y la pérdida de las siguientes elecciones generales suele atribuirse a la división que imperaba dentro de UCD. Pero, con ser cierta la división, lo que realmente llevó a Suárez a la pérdida del poder político fue una crisis económica y bancaria descomunal que no se superaría por completo hasta pasados varios años de Gobierno del PSOE.

Y esto no es que le ocurriera sólo a Adolfo Suárez. La misma crisis económica se llevó por delante a Helmut Schmidt en Alemania; a James Callaghan en Reino Unido, a Valéry Giscard d’Estaing en Francia y al presidente Carter en los EEUU. De la misma manera que la presente crisis se llevó también sin contemplaciones a los republicanos en los EEUU (se libró George W. Bush que ya no podía presentarse a la reelección), a Gordon Brown en Reino Unido; a Sarkozy en Francia y a Zapatero en España.

De ahí que resulte tan injusto oír hablar, a veces, de que la gestión económica de Suárez no fue lo mejor de su mandato. Suárez, como Zapatero después, y como Rajoy ahora, hizo lo que pudo para tratar de dominar un huracán que le desbordaba. Un huracán acompañado de una crisis bancaria que ha caído en el olvido pero que casi podría compararse a esta por su virulencia: se puede debatir, pero el coste para el Estado no fue tan diferente del de la crisis actual. Cuando se complete la recapitalización de los bancos, ahora como entonces, la salida de la crisis estará muy cercana. Aunque para eso aún quede un latigazo final que será seguramente doloroso. Y que encaja mal con la comparación que hemos venido haciendo con 1984 y 1994. Pero, en cualquiera de las dos variantes, con un final de la crisis que ya está muy cercano.

Juan Ignacio Crespo es estadístico del Estado y autor del libro de reciente aparición Cómo acabar de una vez por todas con los mercados.

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