Rumbo al balcón

Al poco de llegar de rebote y por la puerta falsa a la Presidencia de la Generalitat, cuando en enero de 2016 los antisistema de la CUP defenestraron a Artur Mas y auparon a sitial tan preferente a quien era número tres de la lista de Gerona de Junts pel Sí, Carles Puigdemont se reunió con un destacado adversario político al que sorprendió en el que era su primer contacto. Buscando su complicidad, quiso hacerle una confidencia. Tomó una carpeta y sacó un amarillento recorte de un extinto diario ultraderechista, El Alcázar, órgano de los excombatientes de la Guerra Civil y favorable al golpe de Estado de Tejero. Allí figuraba un joven Puigdemont sosteniendo una pancarta secesionista, junto a otros conmilitones. “Ése soy yo”, le indicó ufano, “para que veas que soy independentista de antiguo”.

Al abandonar su despacho, su invitado se marchó persuadido de que dejaba atrás a un iluminado peor aún que su predecesor. Ambos visionarios tenían un nexo común para su repentina radicalización y pasar del independentismo -el uso de esa amenaza como elemento de presión- a querer proclamar una independencia express. El ex alcalde de Gerona sufrió una agresión en julio de 2011 por parte de manifestantes contra los recortes y por igual motivo Mas fue cercado por revoltosos de la CUP debiendo escapar del Parlament en helicóptero. Tales palos en carne propia les percataron de que la confrontación a cara de perro con el Gobierno de Rajoy y la reclamación de independencia podían ser inmejorables vías de escape para escamotear sus obligaciones, al tiempo que endilgaban los ajustes al España nos roba, que sirve para un roto y un descosido.

Para el visitante de Puigdemont, Moisés Mas, autoerigido en elegido del destino para guiar a Cataluña a la tierra prometida del País de la Independencia, nunca hubiera llegado a inmolarse, pero su anfitrión era un fundamentalista resuelto a quemarse a lo bonzo si menester fuera. Su dilema existencial no es ser César o nada, como el protagonista de Baroja, sino héroe o mártir en función de cuál sea el desenlace de su propósito de encaramarse al balcón de la Generalitat y proclamar unilateralmente la independencia este 1-O. Anhela reeditar la balcón-asonada de Companys a las ocho de la noche de aquel sábado 6 de octubre de 1934. Sería el colofón de una movilización en la que es secundario si hay urnas de cartón, censo de pega e interventores de pitiminí, o no. Además, a diferencia del timorato Companys, no precisará conjurar su miedo asiendo mano alguna y exclamar cerrando los ojos con fuerza: “¡Ahora ya no podrán decir que no soy nacionalista!”.

Pegado a su rueda, marcha para reemplazarlo cuando pase su momento de gloria, bien como héroe o mártir, su vicepresidente y líder de ERC, Oriol Junqueras, una especie de boya al que la corriente arrastra hacia dónde quiere ir sorteando su inhabilitación de cara a las elecciones que lo hagan president. A lágrima viva, éste suspira abacial por ser entronizado en silla gestatoria, como el papa Clemente en la basílica del Palmar de Troya arropado de cardenales de la Iglesia de la Santa Faz. No pierde comba la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, atenida a su pacto de no agresión con Puigdemont por el que se ha sumado ya sin disfraz a este proceso kafkiano y promueve un sí sin ambages, pero sin arriesgarse a poner las urnas en locales municipales para no acarrearse su exclusión de la carrera a la Generalitat.

Desatendiendo la admonición que Chesterton sitúa en boca de Gabriel Syme, El hombre que fue Jueves, de que “la aventura puede ser loca, pero el aventurero ha de ser cuerdo”, su avidez distingue a quien se tiene por un hombre providencial llegado para promulgar la independencia y feliz tanto si culmina su temeridad como si fracasa engrosando el victimario nacionalista.

En su golpe de Estado, como Menelao acredita frente a Antíloco en la carrera con que Aquiles honra la muerte de Patroclo y que describe Homero en la Ilíada, Puigdemont deduce que, en la hora decisiva, nunca cede quien tiene menos que perder, sino el más sensato. Por eso, enterado como Antíloco de que sus caballos son menos veloces, Puigdemont azuza sus corceles antes de que se estreche el camino y se empareja con el carro de Menelao Rajoy hasta rozarse.

Ante la reprensión de éste por su temeridad y la solicitud de que aguarde a que se ensanche para adelantarle sin que choquen y se destrocen mutuamente, Puigdemont hace oídos sordos y espolea a sus alazanes en la idea de que la prudencia de Rajoy le dejará expedita la vía a fin de no tropezar los caballos y volcar los carros. Se cree el mejor dotado de los políticos suicidas y se sube a las barbas de un doctorado en el Arte de la Prudencia. Puigdemont hállase en las antípodas de aquellos otros dirigentes catalanes que, duchos asimismo en el alboroto y en la porfía, intuían cuál era el límite que les permitiera retroceder a tiempo.

A una semana del día D y de la hora H, Rajoy no debiera aflojar las riendas y encarnarse en Menelao, permitiendo que le doblen el pulso. Después de mantener una defensa firme del Estado de derecho, empero, sus ministros abrían esta semana una puerta al entendimiento -dentro de la Constitución, eso sí- con quienes perpetran un golpe de Estado que fractura España y debilita su régimen de libertad y de bienestar encabezado por un president en la peor tradición de esos demagogos que fingen peligros y crean conflictos imaginarios. Justo cuando Cataluña goza de una posición incomparable en España, constituida en indiscutible árbitro de su política, hasta jugar con sus gobiernos como le ha dado la gana. En estas circunstancias, sin parangón con ningún otro periodo de la Historia, el Gobierno rebelde de la Generalitat da un golpe de Estado.

Desdichadamente, los independentistas han dispuesto de la connivencia de los ejecutivos de la nación, entregándoles competencias como la Educación que ha posibilitado el adoctrinamiento de las generaciones que ahora salen a la calle como figurantes de esa postiza revolución de las sonrisas -pocas veces se había visto suicidarse con tanta alegría-, detrás de la cual se oculta la verdadera raíz de un nacionalismo que da miedo.

“…Y más miedo que daremos”, como vociferó Puigdemont el 1 de julio ante medio millar de alcaldes reunidos en el paraninfo de la Universidad de Barcelona. Fue antes de que Lluís Llach amenazara con su estaca a todos los renegados -como el gran Marsé- que se resistieran al movimiento en marcha y de que arrancara el hostigamiento a jueces y policías sin barretina, mientras los periodistas de sus radios y televisiones públicas alientan y jalean la sedición pidiendo que sus oyentes identificaran a policías y guardias civiles o dando saltos sobre coches de la benemérita. Actitudes siniestras que recuerdan la guerra de los Balcanes y el uso de los medios como no se hacía desde Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler.

Con relación al nacionalismo, conviene no echar en saco roto el alegato cuasi póstumo de Mitterrand alertando de que “es la guerra”, un auténtico huracán de desgracias que ya originó dos conflagraciones mundiales y del que ahora se valen algunos aprendices de brujo de la izquierda para facilitar la ruptura de España. Auspician su balcanización mediante esa bomba de relojería envuelta en papel celofán denominada “nación de naciones” y que entrañaría el despedazamiento de España en un aglomerado de pueblos soberanos con derecho de autodeterminación.

Un disparate mayúsculo que ronda la gatera del acuerdo de reforma constitucional con el que el PSOE pretende encajar a quienes tienen desencajada España. Pedro Sánchez confunde los síntomas con la enfermedad, un nacionalismo que es incurable y que quizá sólo quepa conllevar como diagnosticó Ortega. Interesa no perder de vista, como sostiene con tino Manuel Aragón, magistrado emérito del Tribunal Constitucional, que el término nación puede ser discutible en sentido literario, lingüístico, cultural o sociológico, pero no en el jurídico, pues “se trata de un concepto que tiene un significado bien preciso: la entidad titular de la soberanía”.

Frente a los reformistas a la violeta de Podemos y socialistas despistados que le hacen el juego para no perder un futuro compañero de viaje, hay que insistir en lo obvio: la unidad de la nación española no emana de la Constitución, sino que es el resultado de una España que existe más de mil años antes de que se promulgara la Carta Magna. Justo lo contrario de lo que alienta Podemos que se vale del órdago soberanista que impulsan con su ocurrencia de una asamblea de cargos electos que orilla al Parlamento con una Constituyente al gusto y modos de Maduro. De facto, persigue un cordón sanitario en derredor de PP y de Ciudadanos, a los que tilda de marca blanca de los primeros. Esa versión ampliada del Pacto del Tinell, suscrito otrora en Cataluña, sería el vivero donde aclimatar esa planta carnívora que responde al título de España plurinacional y que desataría una desintegración a la carta. Estos regímenes han acabado en secesiones casi siempre sangrientas, como en la URSS, Yugoslavia y hasta el imperio Austro-Húngaro, partero de la Gran Guerra.

Lo acaecido en Cataluña es la profecía autocumplida de Tarradellas. En una entrevista en Diario16, en agosto de 1982, avisó de lo que se venía encima, al prefigurarse una “dictadura blanca” con los mimbres de funcionarios reclutados por Pujol entre los suyos. “Las dictaduras blancas”, resaltaba, “son más peligrosas que las rojas. La blanca no asesina, ni mata, ni mete a la gente en campos de concentración, pero se apodera del país, de este país”.

Ese régimen de cosas ha perfilado ciudadanos gregarios, desinformados, atraídos por el calor de establo y que reaccionan como los perros de Paulov ante la campana que anuncia la comida. “Cualquiera que sale de la puerta de su casa”, escribió Chesterton como si describiera la Cataluña del presente, asfixiada por el nacionalismo, “está obligado a entrar en una procesión: todos caminando de la misma manera y en buena parte hasta obligados a llevar el mismo uniforme”. En definitiva, la Cataluña soñada por aquel joven independentista que mereció la atención de El Alcázar de Tejero y de quienes como aquel perturbado teniente coronel pensaban.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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