Rumbos nuevos

No soy pesimista sobre el rumbo que empieza a perfilarse en las democracias hispanoamericanas. Abundan los espíritus agoreros, las casandras, los autoflagelantes. Sobran los analistas petulantes, librescos, que nos golpean en la cabeza con Kant, con Heidegger, con Witgenstein. Y las tendencias reales son difíciles de entender, confusas, contradictorias. Pero es posible vislumbrar movimientos, enmiendas, nuevos rumbos. El último referéndum ecuatoriano, por ejemplo, consagró una decisión popular importante. El resultado electoral, por clara mayoría, eliminó la posibilidad de la reelección indefinida y cerró el camino a un nuevo gobierno de Rafael Correa. Las opiniones de los cientistas políticos quedaron divididas: muchos sostienen, con buenas razones, que el referéndum no significa la desaparición de Correa en el panorama ecuatoriano. Desde luego que no significa eso, pero revela algo fundamental, un sentimiento popular profundo. Desde los años fundacionales, de formación de las repúblicas independientes, la consagración constitucional del concepto de alternancia, de no perpetuación en el poder, fue una meta, una lucha pocas veces ganada y casi siempre perdida. Hubo excepciones importantes, escasas, y eso llevó a que un gran liberal y constitucionalista argentino del siglo XIX, Juan Bautista Alberdi, durante años de exilio en Valparaíso, hablara de la «excepción chilena». Alberdi regresó después a Argentina y fue uno de los liberales importantes de ese país, amigo de Domingo Faustino Sarmiento, ideólogo de la constitución de 1853. ¿Son detalles que se pueden evocar en una crónica del año dos mil y tantos? Creo que sí, y creo que son algo más que detalles.

Rumbos nuevosLa búsqueda de la reelección indefinida, de la perpetuación en el poder, ha sido uno de los rasgos constantes, definitorios, del populismo hispanoamericano de las últimas décadas. Los hombres políticos, supuestamente providenciales, han tratado de alcanzar la permanencia en el poder con toda suerte de argucias, trampas, falsificaciones jurídicas. En los días que corren, cuando alguno de ellos gana una elección, o se prepara para entrar en una contienda electoral, hay que ponerse en guardia. Los ataques a las llamadas democracias burguesas o democracias liberales están destinados a engañar a personas poco orientadas. La alternancia en el poder es lo único que puede defendernos del abuso, del autoritarismo. En la última campaña electoral chilena, siempre tuve la impresión de que Alejandro Guillier, el candidato de la izquierda, no estaba enteramente cómodo en su papel. Cada vez que se encontraba en apuros, sacaba a relucir una frase simplista o una consigna gastada. «Hasta la victoria siempre», decía, por ejemplo, y nadie le creía una sola palabra. Hemos tenido hombres y mujeres providenciales, reiteradas, patéticas. La derrota de las aspiraciones al poder perpetuo, autoritarias por definición, en el caso del Ecuador, merecen una celebración de alguna especie. Marcan una tendencia nueva, necesaria. Me acuerdo ahora del viejo senador comunista francés Jacque Duclos, de regreso de un viaje al Chile de Allende, hacia mediados de 1972, en uno de los salones de la embajada de la avenida de la Motte-Picquet, discutiendo sobre la posibilidad de modificar la Constitución chilena a fin de que Salvador Allende pudiera ser reelegido. ¡Qué discusión, qué perfecto disparate! Se puede pensar ahora que flotaba en esos días, por todos lados, un aire enfermizo, de exploración y preparación de soluciones extremas.

He tenido a lo largo de la vida una relación amistosa con el mundo ecuatoriano. Me parece interesante decirlo ahora. En 2008, en pleno régimen bolivariano, fui invitado a pronunciar un discurso durante los actos de celebración del cincuentenario de la Universidad de Guayaquil. Años antes había pasado unos días en la ciudad de Quito y había dictado un curso de un par de semanas en el Instituto Francés. Y hace muy poco participé en un congreso literario en la misma ciudad de Guayaquil. Durante mi discurso de 2008 en la universidad, frente a una audiencia de más de dos mil personas, hice referencias claras, inequívocas, al Estado de Derecho y a las libertades democráticas. Una hermana del presidente Correa me miraba desde la primera fila con cara de pocos amigos, pero tres o cuatro expresidentes ecuatorianos hacían gestos afirmativos con la cabeza y aplaudían. Yo pienso ahora en los estudiantes ecuatorianos que eran compañeros míos en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, en la década de los años cincuenta. Entiendo que los estudios de Derecho en Chile eran válidos en Ecuador, así como muchos chilenos estudiaban en universidades ecuatorianas. ¿Hubo algún contagio, algún vaso comunicante? No estoy en condiciones de afirmar nada, pero me parece que sentí, cada vez que estuve en Quito y en Guayaquil, un sentimiento cultural más bien moderno, con uno que otro extremismo marginal, pero con respeto, en definitiva, por las personas que no comulgaban con ruedas de carreta. En resumidas cuentas, la votación de referéndum reciente no me ha sorprendido.

Ahora observo que la burocracia chilena actual, indiferente, rutinaria, habría cursado invitaciones a personajes como Raúl Castro y Nicolás Maduro, ejemplos típicos de gobernantes atornillados al poder, recalcitrantes, anacrónicos, ajenos a toda noción de democracia, y estoy en perfecto acuerdo de nuevo con Rosa María Payá, disidente cubana, que le solicita en forma pública al Gobierno chileno que comprenda que son «representantes de regímenes que han usurpado el poder en violación de la voluntad de la ciudadanía». El asunto es claro, contundente, y me permito agregar una sugerencia personal: que el presidente Piñera invite a esas ceremonias, entre otros, a Lenín Moreno, aunque haya sido de izquierda, de centro, de cualquier sector del espectro político. Ha marcado un cambio de rumbo en su país, así como la elección presidencial de diciembre pasado marcó un cambio de rumbo en la región nuestra.

Jorge Edwards, escritor.

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