Rusia como tierra de corrupción

Por André Glucksmann, filósofo francés. Traducción de José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 15/11/07):

Gracias, Elena Bonner-Sajarov! ¡Gracias, Anna Politkóvskaya! Dos mujeres notables me han abierto los ojos: Mijaíl Jodorkovski, el antiguo y todopoderoso patrono de Yukos, principal trust petrolífero de Rusia, ya no es el envidiado hombre de negocios al que todo le sonríe, sino un prisionero político, juzgado y rejuzgado (¿hasta el fin de sus días?), que lleva cuatro años encerrado en lo más profundo de Siberia.

En Francia, por tradición, no hay una gran afinidad entre los hombres de letras y los de negocios. ¿Por qué salir entonces en defensa de un capitán de la industria al que sus pares han abandonado sin pensárselo dos veces? ¿Capitalistas de todos los países, uníos? ¡Que se lo ha creído usted! Tras la disolución de la Unión Soviética, el Banco Mundial y Bill Clinton, presidente de Estados Unidos, avalaron las privatizaciones rusas que Yeltsin fomentaba en nombre de la recién conquistada libertad de mercado. El desguace del siglo propició el enriquecimiento de algunos listos, no a costa de los proletarios, exangües por la gracia de la “dictadura del proletariado”, sino a la de unos dirigentes comunistas demasiado apoltronados para defender su pastel.

Intentemos comprender. La fábula putiniana sitúa por una parte a los “oligarcas” corruptos y especuladores, y por la otra a los caballeros blancos del Gobierno que combaten a los defraudadores. Estos buenos apóstoles se libran mucho de redistribuir entre el pueblo unas riquezas que éste nunca ha poseído. Ni Robespierre, ni Elliot Ness, Putin no tiene nada de un incorruptible que limpia los establos de Augias. No en vano administró los jugosos negocios y las lucrativas transferencias de la alcaldía de San Petersburgo, y luego los de la Administración del Kremlin, y parece que se enriqueció enormemente (en Moscú se dice que su fortuna se cuenta en miles de millones de euros). Putin encubrió la prevaricación de la familia Yeltsin. Como contrapartida, fue escogido para gobernar Rusia.

El Moscú de los negocios y el Chicago de los años treinta, en el que Al Capone y los suyos hacían estragos, se parecen como dos gotas de agua. Es un San Valentín cotidiano: chantajes, sobornos, asesinatos, encarcelamientos arbitrarios…, los diferentes clanes de los servicios secretos se disputan el botín sin miramientos. Hablando claro, las autoridades rusas no desean suprimir a los “oligarcas”, sino seleccionar a los “buenos”, los que obedecen, y suprimir a los “malos”, los que desobedecen. Estos últimos son castigados y sus bienes confiscados y redistribuidos entre los colegas de la checa (FSB). Mal que les pese a nuestros soberanistas y a los ingenuos altermundialistas, esta clasificación selectiva no obedece a una lucha antiliberal, igualitaria, ni a una batalla contra el capital… Sólo se ilusionan aquellos que siguen medio dormidos. Rusia es hoy una tierra de corrupción en la que, pese a su subsuelo fabuloso, o a causa de él, el 50% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza, como bocas inútiles llamadas a desaparecer. La mortalidad aumenta y al poder le trae sin cuidado. Jodorkovski había ofrecido a los incontables trabajadores de Yukos las mejores condiciones de trabajo de Rusia. Así le fue. El gran patrono estorbaba a la “vertical del poder” por tres motivos:

1. Jodorkovski había vuelto a poner en tela de juicio la vertical mediática del poder. Sus actividades humanitarias, su fundación Rusia Abierta, le estaban haciendo popular.

2. Se opuso a la vertical política del poder. El partido del Kremlin, Nuestra Rusia, no tolera oponentes poderosos. El oligarca malpensante apoyaba a los partidos liberales y democráticos.

3. Y el pecado supremo: Jodorkovski perturbaba la vertical económica del poder. La “reestructuración” a la manera del Kremlin concentró los sectores rentables de la economía en torno a diversos monopolios. Los grandes ejemplos son Gazprom, en lo que al gas se refiere, y Rosneft (y tal vez muy pronto también Gazprom), en cuanto al petróleo. La misma concentración tuvo lugar en la aeronáutica y la explotación del níquel. La reestructuración se produjo en beneficio de la “corporación Putin”, que dirige el país en solitario, política, militar y económicamente.

Otro envite, en absoluto menor, es la “gran” política exterior. En 2005, cuando la Ucrania naranja se liberó de su tutela, Rusia le dirigió una amenaza clara, y subió los precios del petróleo y el gas. Luego, para celebrar el año nuevo, hizo alarde de su omnipotencia y cerró el grifo. Y lo mismo le ocurrió a la Georgia de las rosas, sometida a sus caprichos y embargos continuos. Cuando Polonia y los países bálticos, miembros de la Unión Europea, rechistaron, la firma del proyecto Schöeder / Putin sobre el gaseoducto germano-ruso del Báltico -que da un rodeo para sortear la Ucrania rebelde, Polonia y los países bálticos, castigados por su independencia- se aceleró. Los países de Europa central, antaño sometidos al Pacto de Varsovia, dependen en un 90% del suministro energético ruso y es fácil hacerlos temblar. ¿Acaso la ambición del Kremlin es instituir una especie de préstamo y arriendo al revés? En la II Guerra Mundial, EE UU enviaba subsidios a Rusia. Hoy, el objetivo es enviar gas hacia la costa norteamericana a partir de Mourmansk. Rusia se dota de medios para chantajear a Occidente.

Esta “gran” política dañina exigía la dislocación de Yukos. La empresa jugaba en la cancha de los grandes en solitario, y su patrono no era manejable. Yukos era un obstáculo tanto para la política interna como para la mundial, y fue desmantelada. Capaz de bloquear a las autoridades rusas mediante el juego del mercado, Jodorkovski se resistía al secuestro del conjunto de los recursos petrolíferos y gaseosos, privando a Putin de su principal arma antioccidental.

El destino de Mijaíl Jodorkovski sirve como ejemplo negativo para los patronos recalcitrantes, lo mismo que Chechenia hace las veces de espantapájaros para el pueblo ruso. El arrasamiento de Grozny es un argumento pedagógico destinado a todos los ciudadanos de la Federación: “¡Eso es lo que le pasa a los pueblos que se enamoran de la libertad!”. El calabozo de Mijaíl Jodorkovski es una lección destinada a las élites: “¡Doblegaos!”. El asesinato de Anna Politkóvskaya fue planeado a modo de consejo para los periodistas curiosos. El envenenamiento radiactivo de Litvinenko disuade a los veteranos del KGB con síndrome de honestidad. La agonía en prisión del abogado Trepaskhine es una advertencia para sus pares… Los mensajes son del mismo tenor.

Pese a estar amenazado, Mijaíl Jodorkovski no huyó, escogió defenderse en Rusia. A menudo se subestima a este personaje y la importancia que puede cobrar en su país. Para comprenderlo, hay que remitirse a Sajarov. Recuerdo el comentario de Elena Bonner, su viuda y amiga, sobre un encuentro en el Kremlin al que Putin había invitado a los oligarcas más poderosos: “Cuando apareció Jodorkovski, pensé: éste es demasiado inteligente, demasiado informal, valiente e inconsciente, lo pagará”.

Por supuesto, Jodorkovski no es un angelito. Sajarov tampoco lo era: no en vano apadrinó la bomba H soviética. Pero, consciente de la opresión que le rodeaba, protegió a los disidentes y se opuso a la dictadura roja. Jodorkovski, patrono entre los patronos, rechazó el regreso de la autocracia. Muchos rusos, y Anna Politkóvskaya en particular, me han dicho: era rico y por eso el pueblo humilde desconfiaba de él, pero, en Rusia, “si vas a prisión y no te sometes, se opera una purificación a ojos de la opinión pública”. La resistencia de Mijaíl Jodorkovski le consagra como una gran figura de la oposición junto a Gary Kaspárov y a Vladímir Bukovski…