Rusia debe mirar al este

En el transcurso de los últimos 18 meses, las relaciones entre Rusia y Asia han comenzado a mejorar. Tanto el presidente Dmitri Medvédev como el primer ministro Vladímir Putin han señalado en reiteradas ocasiones la necesidad de imprimir a la economía un giro en dirección a Asia. Se han firmado con China gran cantidad de protocolos y acuerdos sobre proyectos nuevos, algunos de los cuales ya están en marcha.

Sin embargo, Rusia todavía necesita dar forma a una estrategia integral a largo plazo en relación con Asia. El principal obstáculo que se lo impide es, hablando mal y pronto, la ignorancia. De hecho, para algunos rusos cualquier aproximación económica a Asia sería equivalente a abandonar la ruta europea de desarrollo.

Está claro que no hay una alternativa asiática a la orientación cultural y política de Rusia hacia Europa. Pero una reorientación parcial de la economía en dirección a Asia no supondría ningún riesgo de desconexión con Europa; al contrario, en los últimos dos años Rusia ha dado un giro decisivo en dirección a una mayor integración con la Unión Europea.

En la actualidad, Europa representa más del 50% del comercio exterior ruso. Sin embargo, no parece que en un futuro previsible el mercado europeo vaya a crecer en forma significativa. La riqueza acumulada de Europa y su acervo de recursos culturales permitirán al viejo continente vivir con relativo desahogo las décadas venideras, incluso si debiera renunciar paulatinamente a su posición como productor de bienes y servicios. De hecho, es probable que Europa se convierta en un destino turístico y vacacional para los laboriosos asiáticos.

Pero aunque Rusia debe integrarse con las islas de innovación que quedan en Europa (sobre todo, Alemania), el futuro del país depende del potencial de crecimiento de la región Asia-Pacífico. El socio principal en esta región es China, a la que en la actualidad Rusia provee de fertilizantes, productos de mar, madera, metales no ferrosos y volúmenes cada vez mayores de crudo. En cuanto a las importaciones (y a diferencia de Occidente), Rusia importa de China más productos de ingeniería que bienes de consumo. En la mayoría de las industrias, un intento de competir en condiciones de igualdad con Asia no tendría sentido, porque los costos laborales son más altos en Rusia.

Pero de persistir las tendencias actuales, el territorio ruso al este de los Urales (y más tarde, todo el país) va camino de convertirse en un anexo de China: primero como su almacén de recursos y luego como un subordinado en materia económica y política. Esto no depende de que China emprenda acciones “agresivas” u hostiles: Rusia se someterá porque no le queda otra alternativa.

En lo inmediato, esta situación no representa ninguna amenaza geopolítica. Por una parte, la expansión territorial no es algo característico de la historia china; además, las relaciones políticas entre ambos países son excelentes.

Pero los chinos ya están ofreciendo a Rusia proyectos similares a los que impulsan en los estados africanos: desarrollo de recursos con inversión y mano de obra chinas. Si Rusia desea asegurarse un lugar más digno y provechoso en un futuro orden mundial, debe actuar ahora.

Para lograrlo, el país deberá confiar en sus ventajas competitivas reales. Pensemos por ejemplo en los productos alimentarios básicos. Mientras el aumento del precio de los alimentos es un azote para la mayor parte de Asia, para Rusia representa una enorme posibilidad de incrementar la producción de granos. Según algunas estimaciones, Rusia podría ampliar en 10 millones de hectáreas el área cultivable y aumentar un 250% el rendimiento de las cosechas, con lo que las exportaciones de granos recibirían un impulso formidable.

Pero para esto hace falta una mirada mucho más amplia. Rusia debería adoptar una estrategia moderna en relación con Asia (podríamos denominarla “Proyecto Siberia”), que combine la soberanía política rusa con capitales y tecnologías del extranjero. Las inversiones no deberían venir solamente de China, sino también de los Estados Unidos, Japón, Corea del Sur, los países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) y la UE, todos ellos deseosos de impedir un dominio exclusivo de China al este de los Urales.

Se podría encontrar mano de obra para emprender proyectos de desarrollo en el este de Rusia, que incluirían la creación de núcleos agrícolas de alto rendimiento para la producción de granos, forraje, carne, aves, cerdos y, tal vez, cerveza. En Asia central todavía hay unos pocos millones de trabajadores en situación de excedencia, y se podría traer mano de obra estacional de India y Bangladesh. Y, sí, también habrá que traer trabajadores de China.

Por supuesto, semejante estrategia requerirá autopistas, puentes, ferrocarriles y puertos de mar. (Por poner un ejemplo, en las regiones orientales de Rusia prácticamente no hay terminales de exportación de granos). Algunos rusos temen que si se deja a China hacerse cargo de la construcción de estos proyectos, multitudes de chinos acudirán en tropel al país. Mi respuesta es que si nos quedamos donde estamos, como el proverbial perro del hortelano, se nos echará a perder la comida (la economía rusa).

Debería haber una estrategia para transformar las regiones orientales de Rusia en una de las fuentes de recursos y alimentos de la rampante Asia. El este de Rusia se debería convertir en proveedor de bienes con valor agregado relativamente alto, más que el simple exportador de madera, petróleo, minerales y productos de mar que es en la actualidad. Esta hipótesis contrarrestaría el sombrío panorama demográfico y económico que se cierne sobre los territorios orientales de Rusia y de paso fortalecería la posición geopolítica del país.

La eficiencia del Proyecto Siberia radica en que beneficiaría a todas las partes. Rusia mantendría una soberanía efectiva sobre los territorios orientales y a la vez crearía una nueva plataforma de desarrollo. China, Asia y el mundo entero obtendrían una nueva fuente de recursos y alimentos, lo que paliaría las condiciones de escasez emergentes. Y no menos importante, recibiría un fuerte impulso el anhelo de una integración mundial pacífica.

Sergei Karaganov, decano de la Facultad de Economía Mundial y Asuntos Internacionales perteneciente a la Escuela Superior de Economía de la Universidad Nacional de Investigación de Rusia. Traducción: Esteban Flamini.

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