Rusia en el Mediterráneo Oriental, ¿un contrapeso a Occidente?

En marzo de 2014, en plena crisis de Ucrania, el presidente Barack Obama afirmó que Rusia era una mera “potencia regional”. Sin embargo, el Mediterráneo Oriental ha sido testigo de cómo Rusia ha elevado en este tiempo su estatus en la arena internacional. Los gobiernos de Chipre, Grecia y Egipto han visto en Moscú un contrapeso a Occidente y han jugado a la carta rusa en sus negociaciones con Bruselas o Washington. Por su parte, Rusia ha llevado a cabo en Siria su primera intervención militar fuera de los límites de la antigua Unión Soviética desde el fin de la Guerra Fría. La proyección de poder diplomático y militar ruso en el Mediterráneo marca una nueva etapa de las relaciones entre Rusia y Occidente para abrir un nuevo escenario de rivalidad geopolítica más allá del “extranjero cercano” ruso.

Chipre, unos vínculos particulares

La República de Chipre fue miembro del Movimiento de Países No Alineados durante la Guerra Fría y su Guardia Nacional contó en sus arsenales armamento adquirido en la Unión Soviética. Este vínculo en materia de defensa con Moscú se mantuvo tras la disolución de la Unión Soviética con la compra de carros de combate y helicópteros de combate durante los noventa. Precisamente en 1997, se desató una crisis internacional cuando se conoció la compra a Rusia del sistema de defensa antiaéreo de largo alcance S-300. Turquía advirtió que tomaría el despliegue de los misiles en Chipre como casus belli. La “crisis de los misiles de Chipre” se resolvió con el traslado de los misiles a Creta para quedar en manos de las fuerzas armadas griegas.

Los particulares vínculos de la República de Chipre con Rusia volvieron a ser noticia a partir de la crisis financia que azotó Europa después de 2008. Los bancos chipriotas habían amasado una considerable cantidad de deuda privada griega y la crisis griega los arrastró por su excesiva exposición. La perspectiva de un rescate financiero, con los consiguientes costes sociales y restricciones a la soberanía económica, puso sobre la mesa en 2013 la posibilidad de algún tipo de acuerdo con Rusia, país originario de la cuarte parte de los turistas que visitan el país y de una cantidad importante de fondos que aprovechan Chipre como vía de acceso a terceros países o simplemente como paraíso fiscal. Según estimaciones, entre un tercio y la mitad de fondos en los bancos chipriotas tenía como origen Rusia, siendo Chipre el segundo destino de inversiones rusas en 2011 y en el tercer país por volumen de inversiones rusas en el período 2005-2011.

A cambio de préstamos ventajosos, las autoridades chipriotas estuvieron dispuestas a negociar la entrada de Rusia en la explotación de los yacimientos de gas submarinos en la Zona Económica Exclusiva chipriota. Pero el acuerdo ruso-chipriota se cerró con la concesión de un préstamo a bajo interés que, de ninguna manera, constituía un paquete de rescate que permitiera sanear el sector bancario del país. Quedó entonces la sensación de que la “carta rusa” había sido sólo una maniobra diplomática usada por las autoridades de Nicosia en sus negociaciones con la Unión Europea, por lo que en la partida geopolítica se mantenía el statu quo previo. No obstante, Moscú no se quedó con las manos vacías. Obtuvo permiso para el uso de la base aérea “Andreas Papandreu”, constituida por el sector militar del aeropuerto internacional de Pafos, y la base naval “Evangelos Florakis”, cerca de Limassol en la costa sur de la isla. Con la idea en mente de tener bases desde las que evacuar a sus ciudadanos en caso de una crisis en Oriente Próximo, Rusia obtuvo derechos de uso sólo “en caso de emergencia y misiones humanitarias”. Mientras tanto, Moscú se ha ofrecido como mediador entre las entidades turca y griega de la isla, además de perseguir ser socio en la explotación y distribución del gas natural que yace en el fondo del Mediterráneo.

Grecia, una nueva orientación en política exterior

La victoria de la Coalición de la Izquierda Radical (SYRIZA) en las elecciones legislativas griegas, celebradas el 25 de enero de 2015, fue recibida con esperanza en las redes sociales entre las personas que simpatizaban con la idea de un giro hacia la izquierda en Europa que desafiara la ortodoxia de las instituciones de Bruselas. Pero el alborozo se tornó perplejidad tras el resultado electoral del 25 de enero de 2015 cuando, en la mañana del día siguiente, llegó el anuncio desde Atenas del pacto de Gobierno no con formaciones de izquierda sino con el partido ultraconservador Griegos Independientes (ANEL).

Durante la campaña electoral de 2012, SYRIZA había defendido la retirada del país de la OTAN, el cierre de sus instalaciones en suelo griego y la ruptura de las relaciones militares con Israel. La alianza de Gobierno con ANEL no era coherente en el eje ideológico izquierda-derecha, pero cobraba sentido considerando las visiones compartidas del encaje de Grecia en la Unión Europea. Por convicción o interés calculado, ambos partidos mantenían simpatías o lazos con las Rusia de Vladímir Putin, abriendo la puerta a una nueva orientación de la política exterior de Atenas. El mismo día del anuncio de la alianza de Gobierno, Alexis Tsipras celebró todavía como primer ministro electo sendas reuniones con los embajadores de Rusia y China que fueron interpretadas como un mensaje a la Unión Europea. Aquella misma semana el Gobierno griego protestó por la forma en que el Consejo Europeo había emitido un comunicado culpando a Rusia por la intensificación de los combates en Ucrania oriental, marcando así una línea de disenso sobre la crisis ucraniana. Meses más tarde, en abril de 2015, el primer ministro Tsipras viajó a Rusia y allí directamente pidió el fin de las sanciones europeas a Rusia.

Un posible paquete de ayuda económica rusa a Grecia estuvo fuera de la agenda en aquella primera reunión, pero Alexis Tsipras realizó un segundo viaje para acudir al Foro Económico Internacional de San Petersburgo en junio de 2015. Allí Tsipras afirmó que Europa había vivido con la ilusión de ser el “centro del universo en sentido literal” mientras que “nuevas fuerzas emergentes iban a jugar un papel más vital en los niveles económico y geopolítico”, poniendo como ejemplos la cooperación entre los países BRICS o la iniciativa de Unión Euroasiática liderada por Rusia. Esta vez un hipotético rescate económico ruso fue abiertamente planteado por la prensa rusa. Pero más que nuevos préstamos, Moscú ofrecía una prolongación del gasoducto Turkish Stream, que conectará Rusia con Turquía a través del mar Negro y se presenta como una alternativa al paralizado proyecto del gasoducto Nabucco, que hubiera llevado gas de la cuenca del mar Caspio a Europa Central. Según el semanario alemán Der Spiegel, Grecia podría recibir entre tres y cinco mil millones de euros por los derechos de tránsito del gas ruso.

Los ingresos previstos por la extensión del Turkish Stream eran una promesa de futuro y Grecia debía hacer frente a los acreedores internacionales. Las alarmas saltaron en Washington, donde lo que se percibía como una intransigencia europea hacia Grecia podía llevar a la caída de Grecia y empujarla fuera de la Unión Europea a los brazos de potencias como Rusia. El propio presidente Barack Obama realizó gestiones ante líderes europeos para evitar lo que el secretario del Tesoro, Jack Lew, llamó un “error geopolítico”.

Egipto, un complicado equilibrio

Egipto, el país árabe más poblado y campeón del panarabismo, realizó un sonado cambio de alineamiento durante la Guerra Fría. Con los acuerdos de Camp David en 1979, realizó la transformación de aliado de Moscú en aliado de Washington. La ayuda militar se convirtió en una garantía de la alianza con Estados Unidos y la paz con Israel en un país donde las Fuerzas Armadas son la institución fundamental del Estado. La Primavera Árabe colocó a Washington en una situación difícil y el golpe de Estado de 2013 hizo que las relaciones entre Egipto y Estados Unidos entraran en crisis.

En 2014, Egipto era el segundo receptor por su volumen, 1.300 millones de dólares, de la ayuda militar estadounidense a nivel global. Pero tras el golpe de Estado del 3 de julio de 2013 en Egipto, el Gobierno estadounidense decidió establecer restricciones, permitiendo la entrega de repuestos pero no de sistemas nuevos. Así, se paralizó la entrega de doce cazabombarderos F-16, diez helicópteros de ataque Apache, equipos para la modernización de 125 carros de combate M-1 Abrams y veinte misiles antibuque Harpoon, a pesar de que en el caso de los helicópteros Apache se trataba de un contrato de 2009 que había sido ya pagado por el Ministerio de Defensa egipcio. Para que Estados Unidos impusiera restricciones a la ayuda militar a Egipto fueron importantes las presiones del Congreso a cuenta de asuntos como la gestión de los fondos y el destino final del material militar, en los que una auditoría había detectado serias deficiencias. A pesar de todo, Washington aprobó en abril de 2015 la transferencia del material de defensa retenido pero introdujo reformas en el programa de ayuda militar a Egipto: cambió el modelo de financiación de compras por uno menos ventajoso para el Ministerio de Defensa egipcio y estableció el objetivo de centrar la ayuda militar en áreas de interés para Estados Unidos.

Una de las razones del Gobierno estadounidense para levantar las restricciones a la transferencia de material militar a Egipto fue el auge de la violencia yihadista en la península del Sinaí y la posibilidad de que el caos generado por la nueva fase de la guerra civil libia contagiara al país. La evidente preocupación del Gobierno egipcio por sus relaciones con su más importante proveedor de defensa en medio de un conflicto local y otro regional empujó a la búsqueda de nuevos proveedores.

La primera visita a un país no árabe del presidente Al Sisi tras el golpe de Estado de 2013 tuvo lugar en febrero de 2014 a Rusia. El presidente Putin devolvió la visita en febrero de 2015. La nueva relación de El Cairo con Moscú incluye el habitual paquete ruso de acuerdos en materia de energía y defensa. El resultado de las negociaciones bilaterales fue la firma de acuerdos de venta de armamento. Así, Rusia cerró la venta a Egipto de 50 cazabombarderos MiG-35 y 46 helicópteros de ataque Ka-52, además de sistemas de defensa antiaéreos S-300 en lo que supone un salto de capacidades. Rusia además, en un gesto de buena voluntad, donó una corbeta a la Armada de Egipto. En el ámbito civil, Rusia concedió un crédito a Egipto en noviembre de 2015 por valor de 25.000 millones de dólares a devolver en 35 años para la construcción de una central nuclear que levantará la empresa Rosatom al norte del país y deberá estar lista en 2022.

Ambos países quedaron unidos el 31 de octubre de 2015 por la tragedia del avión de la aerolínea rusa Metrojet, en el que estalló un artefacto explosivo después de despegar del enclave turístico de Sharm El Sheij para poner rumbo a San Petersburgo llevando a turistas rusos de vuelta a casa. El avión cayó en la península del Sinaí y murieron sus 224 ocupantes. Sólo meses después, las autoridades egipcias informaron de que se trató de un atentado terrorista. En ese contexto, Rusia ha ofrecido asesoramiento para la lucha contra los grupos yihadistas que operan en el Sinaí. En el marco de esta nueva etapa, tuvo lugar en suelo egipcio durante once días en octubre de 2016 el ejercicio militar conjunto “Defensores de la Amistad”, orientado a la lucha antiterrorista. El diario ruso Izvestia informó el 10 de octubre sobre negociaciones secretas para el establecimiento de una base militar rusa en Sidi-Barrani (localidad a unos 95 km de la frontera con Libia) pero tal posibilidad fue rápidamente negada por un portavoz del Gobierno egipcio.

Rusia y Egipto comparten agenda internacional en un asunto regional relevante: la guerra civil siria. El 8 de octubre de 2016, como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Egipto votó junto con Rusia en contra de una propuesta de resolución francesa que demandaba el fin de las operaciones aéreas sobre Alepo. Ese mismo día, Rusia presentó una propuesta de resolución sobre un alto el fuego por la que Egipto votó a favor. El sentido de las votaciones egipcias generó malestar en Qatar y Arabia Saudita. Este último había apoyado económicamente al Gobierno salido del golpe de Estado de 2013 pero cortó el suministro de hidrocarburos a Egipto debido al desencuentro. Con este nuevo papel internacional de Egipto, el ministro iraní de Asuntos Exteriores propuso que Egipto participara en las negociaciones de paz multilaterales sobre Siria.

La sintonía de Egipto con la postura de Rusia e Irán respecto a Siria se sustenta en la enemistad del Gobierno egipcio hacia la agenda política islamista: no en vano el actual presidente lideró un golpe de Estado contra los Hermanos Musulmanes. Así que el alejamiento con sus tradicionales aliados de las monarquías de la península Arábiga se debe a las diferencias sobre el apoyo a fuerzas islamistas en lugares como Siria y Libia. En este último país, Egipto ha intervenido militarmente y ha suministrado aviones de combate al Gobierno de Tobruk, mientras que Turquía y Qatar por su parte apoyan al Gobierno de Trípoli.

Un indicio de que la estrategia egipcia es una diversificación de aliados y no una ruptura con Occidente -al fin y al cabo han seguido los contratos con empresas de defensa estadounidenses- es la nueva relación establecida con Francia. El presidente Hollande visitó Egipto en abril de 2016, donde anunció préstamos por valor de 2.000 millones de dólares y firmó numerosos acuerdos bilaterales. Egipto compró sistemas de defensa franceses por valor de 1.000 millones de euros, incluyendo sistemas de comunicación por satélite, cazabombarderos Rafale, dos buques de asalto anfibio clase “Mistral”, una fragata clase FREMM y tres corbetas clase “Gowind”. La compra de los cazabombarderos Rafale es significativa porque se solapa en prestaciones y misiones con los MiG-35 comprados a Rusia. Podemos pues deducir que Egipto busca poder mantener sus capacidades militares en caso de crisis de las relaciones con alguno de sus socios estratégicos.

Tratar de mantener buenas relaciones con Estados Unidos, Rusia y sus tradicionales aliados regionales, supone mantener un complicado equilibrio. Y más si tenemos en cuenta que Egipto atraviesa una profunda crisis económica, que algunos expertos locales califican como la más grave desde los años treinta del siglo pasado. Como en el caso de Grecia y Chipre, es debatible la capacidad rusa de sustituir el apoyo económico que proporcionan a Egipto sus socios tradicionales dado el contexto económico de Moscú.

Siria, un aliado histórico

Siria fue aliada de Moscú durante la Guerra Fría y un importante cliente de la industria militar soviética. La Rusia surgida de las cenizas de la Unión Soviética heredó ese vínculo especial. Con los embargos internacionales sobre Irán, Iraq y Libia, el Gobierno de Siria se convirtió en el principal cliente de la industria de defensa rusa en la región. Los contratos firmados sumaban en 2012 un total de 4.000 millones de dólares. Mientras tanto, se negociaban otros adicionales por valor de 2.000 millones. Se da la circunstancia de que Libia tardó años en hacer grandes compras de armamento, y justo después del levantamiento del embargo internacional, estalló la guerra civil poco tras la firma de contratos con Rusia. Con la caída del régimen libio del coronel Gadafi, Rusia vio cómo se esfumaron contratos por valor de 4.000 millones de dólares. De ahí, la importancia de Siria, convertido en uno de los cinco mayores clientes de la industria de defensa rusa a nivel mundial.

La entrega de armamento y municiones rusas se hizo durante los primeros años de guerra civil en Siria con regularidad y de forma discreta, mediante el empleo de una red bastante compleja y opaca de empresas intermediarias que dos investigadores de la organización C4ADS, Tom Wallace y Farley Mesko, desentrañaron empleando únicamente fuentes abiertas. Las bautizaron como “Red Odesa” por tener muchas de las empresas sede en esa ciudad portuaria ucraniana. Las entregas rusas han abarcado desde fusiles de asalto a sistemas de misiles antiaéreos y antibuque avanzados.

En vísperas de la guerra civil, Siria albergaba la única instalación militar rusa fuera del territorio de la antigua Unión Soviética. Un total de 600 militares y funcionarios del Ministerio de Defensa residían en Tartús en 2011. Aún hoy, el puerto de esa ciudad sigue siendo la única infraestructura de apoyo a la flota rusa en el Mediterráneo. Las instalaciones rusas allí eran hasta hace poco muy básicas y en nada comparables a bases navales estadounidenses como Rota y Nápoles. Consistían en dos pantalanes donde amarraba un buque taller de la Flota del mar Negro en despliegues rotatorios. El puerto de Tartús acogía las flotillas rusas desplegadas en el Mediterráneo mientras que el único portaaviones ruso debía anclar en la bahía por falta de espacio en el puerto. El Kremlin anunció el 23 de diciembre de 2016 que Rusia había firmado un acuerdo con Siria para llevar a cabo obras de ampliación de las instalaciones rusas en Tartús. Según el canal RT, el puerto sirio podrá acoger después de las obras al portaaviones ruso y a submarinos nucleares.

La primera intervención decisiva rusa en la arena internacional de Rusia a favor del régimen de Bashar Al Assad tuvo lugar en 2013, después de que el 8 de agosto tuviera lugar un ataque con armas químicas contra la población civil siria que abrió la posibilidad de una intervención militar occidental. El presidente Obama había manifestado en una conferencia de prensa el 20 de agosto de 2012 que el uso o incluso el traslado de armas químicas en Siria constituía una “línea roja” que cambiaría sus “cálculos” sobre el conflicto. Tras acumular fuerzas Estados Unidos en el Mediterráneo Oriental, una intervención militar parecía plausible. El día 9 de septiembre tuvo lugar en Londres un encuentro entre los responsables de exteriores británico y estadounidense. John Kerry y William Hague atendieron la prensa. Ante la pregunta de qué opción le restaba al presidente Al Assad para parar el posible ataque occidental, Kerry afirmó que entregar su arsenal de armas químicas a la “comunidad internacional”. Rápidamente el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, ofreció su intermediación y el Gobierno sirio aceptó la propuesta. Los arsenales de armas químicas sirias terminaron siendo destruidos en un buque auxiliar de la armada estadounidense. El papel de Rusia, librando al régimen sirio de una intervención militar de las dubitativas potencias occidentales, fue considerado una gran victoria de la diplomacia rusa que convertía a su país en actor relevante en Oriente Medio. Reafirmando su compromiso de apoyo al Gobierno de Damasco, en julio de 2015 Vladimir Putin advirtió de que Rusia respondería a una intervención occidental en Siria durante la visita del ministro de Asuntos Exteriores sirio, Walid Mualem, a Moscú.

El envío de armas novedosas para el ejército sirio dio pie en el verano de 2015 al envío de asesores e instructores, síntoma de un mayor compromiso ruso en el esfuerzo de guerra después de que el propio Bashar al Asad reconociera el agotamiento y las carencias de personal de sus fuerzas armadas. La línea roja para el Gobierno sirio fue la caída de la guarnición de la base aérea de Abu Al Duhur, que dejaba la práctica totalidad de la provincia de Idlib en manos de la coalición de fuerzas opositoras Jaish Al Fatah. La dirección de avance obvia era la franja costera de Siria, bastión de la minoría alauita y cuna del clan Al Assad. Tras una petición de ayuda a Moscú, el 30 de septiembre de 2015, arrancó oficial y públicamente la intervención militar rusa en Siria, la primera intervención militar rusa fuera de las fronteras de la antigua Unión Soviética desde el fin de la Guerra Fría.

El despliegue ruso consistió principalmente en el envío de un contingente aéreo al aeropuerto internacional “Basel Al Assad” en la provincia de Latakia, a cuarenta kilómetros de Tartús. Sus instalaciones fueron ampliadas y adaptadas por los rusos para convertirse en la base aérea de Jmeimim. Las tareas sobre el terreno quedaron repartidas. Si Rusia llevaba a cabo ataques aéreos, el esfuerzo de apoyar sobre el terreno las fuerzas gubernamentales recayó en Irán, encargado de encuadrar y formar a las milicias sirias de la Fuerza de Defensa Nacional. Además Irán ha facilitado, ante la escasez de personal combatiente sirio, el despliegue de milicias y voluntarios chiíes procedentes de Líbano, Irak, Pakistán y Afganistán.

La intervención rusa ha contribuido a un cambio en el rumbo de la guerra entre el régimen y las fuerzas opositoras, una guerra que llevaba desde sus inicios asistiendo a victorias puntuales de uno y otro bando sin que se vislumbrara un resultado definitivo. Las fuerzas gubernamentales recuperaron la iniciativa, alcanzando hitos como la rendición de Daraya, cuna de las revueltas contra el régimen, tras cuatro años de asedio y la toma de Alepo. Sin embargo, la caída de la histórica ciudad de Palmira en manos del Estado Islámico, cuya liberación en marzo de 2016 celebraron las autoridades rusas con un concierto in situ, refleja que una victoria total de Damasco está lejos. De hecho, el fin de la intervención rusa fue anunciado en marzo de 2016 y nuevamente en enero de 2017. Pero, aunque se repatrió parte del contingente en aquel momento, la operación militar rusa sigue en curso. De hecho, se ha anunciado que la base aérea de Jmeimim se convertirá en base militar rusa permanente.

Según declaró en diciembre de 2016 el ministro de Defensa ruso, Serguéi Shoigú, la intervención en Siria ha brindado la oportunidad de probar en combate 162 sistemas de armas y detectar deficiencias en algunos de ellos. Sin duda alguna, la intervención militar rusa en Siria ha servido evidentemente de escaparate para su industria militar. Contando con una base aérea en suelo sirio, no era necesario el envío de un portaaviones ni el disparo de misiles de crucero “Kalibr” desde buques en el mar Caspio o un submarino en el Mediterráneo. Evidentemente se trató de demostraciones de poderío militar.

A pesar del impacto puntual del armamento avanzado empleado por Rusia, Moscú ha llevado a cabo una campaña militar “low cost” en la que su aviación ha empleado extensamente municiones no guiadas, como es el caso de bombas de racimo y bombas incendiarias. Además, la aviación rusa ha empleado como táctica el bombardeo a gran altura para minimizar el riesgo para sus aviones y tripulaciones, pero teniendo la consiguiente falta de precisión como resultado un desmedido número de bajas civiles y la destrucción de instalaciones civiles como hospitales.

La reentrada de Rusia como contrapeso a Occidente en el Mediterráneo oriental ha sido resultado del contexto de crisis económica y política de la Unión Europea, más que de la fortaleza de Rusia. La posibilidad de un rescate económico ruso de Chipre y Grecia fue puesta sobre la mesa más como una baza negociadora con la UE que una realidad, si consideramos el tamaño de la economía rusa. Pero en el tira y afloja, Rusia ha obtenido avances geopolíticos Igualmente, las nuevas relaciones con Egipto o el protagonismo en Siria han sido posibles porque el Kremlin ha ocupado el vacío dejado por Estados Unidos en la región. La falta de una estrategia clara y coherente de la Casa Blanca durante el mandato del presidente Obama es sin duda producto de las dudas sobre los resultados de una intervención militar limitada que generó la experiencia de la intervención en Libia en 2011. Las rondas de conversaciones de paz en Kazajstán y encuentros como la cumbre tripartita de Rusia, Turquía e Irán, muestran claramente que Estados Unidos ha quedado fuera de los actores verdaderamente relevantes en el conflicto mientras Rusia mantiene un papel central.

Jesús Manuel Pérez Triana, analista de seguridad y defensa

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