Rusia se pasa de la raya

Por Richard C. Holbrooke, embajador de EE UU ante la ONU en el Gobierno de Clinton, y Ronald D. Asmus, director ejecutivo del Centro Transatlántico del German Marshall Fund de EE UU. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 12/08/08):

En los últimos tiempos, hemos afirmado que Rusia estaba llevando a cabo una política de cambiar el régimen de Georgia y a su presidente prooccidental y democráticamente elegido, Mijaíl Saakashvili. Predijimos que, a falta de una intervención diplomática fuerte y unida de Occidente, se avecinaba una guerra. Ahora, trágicamente, la escalada de la violencia en Osetia del Sur ha culminado en una invasión declarada de Georgia por parte de Rusia. Occidente, especialmente Estados Unidos, podría haber prevenido esta guerra.

No está claro del todo qué ocurrió en Osetia del Sur la semana pasada. Cada bando contará su propia versión. Pero sí sabemos, sin ninguna duda, que Georgia reaccionó ante las repetidas provocaciones de los separatistas de Osetia, controlados y financiados por el Kremlin. No se puede decir que Georgia deseara esta guerra; creía que estaba ganando poco a poco terreno en Osetia del Sur mediante una estrategia de poder blando. Sean cuales sean los errores del Gobierno de Georgia, no pueden justificar las acciones de Rusia. El Kremlin ha invadido un país vecino, y eso es un acto de agresión ilegal que vulnera la Carta de Naciones Unidas y los principios fundamentales de cooperación y seguridad en Europa.

Iniciar una guerra bien planificada (que incluye la guerra cibernética) al mismo tiempo que se inauguraban los Juegos Olímpicos infringe la antigua tradición de la tregua olímpica. El deseo de Rusia de crear una zona de guerra a 40 kilómetros de la ciudad de Sochi, en el mar Negro, que acogerá los juegos de Invierno en 2014, no es precisamente prueba de su compromiso con los ideales olímpicos. El objetivo de Rusia no es sólo, como dice, restablecer el statu quo en Osetia del Sur. Busca el cambio de régimen en Georgia. Ha abierto un segundo frente en el otro territorio georgiano en disputa, Abjazia, justo al sur de Sochi. Pero su propósito fundamental es sustituir a Saakashvili -un hombre al que Putin desprecia- por un presidente más sujeto a la influencia del Kremlin.

Como destacó el sábado el ministro sueco de Exteriores, Carl Bildt, la justificación de Moscú para invadir tiene paralelismos con los capítulos más oscuros de la historia de Europa. Después de suministrar pasaportes a decenas de miles de abjazios y osetos, Moscú asegura ahora que tiene que intervenir para protegerlos, una táctica que recuerda a otra utilizada por la Alemania nazi al comenzar la II Guerra Mundial.

Rusia quiere hacer retroceder los avances democráticos en sus fronteras, destruir cualquier oportunidad de nueva ampliación de la OTAN y la UE, y restablecer una esfera de hegemonía sobre sus vecinos. Moscú envía el mensaje de que, en esa parte del mundo, tener lazos estrechos con EE UU y Occidente no sirve de nada. Tal vez nos encontramos en Europa ante el fin de una era en la que se suponía que había que sustituir la realpolitik y las esferas de influencia por unas normas de cooperación y el derecho de un país a escoger su propio camino. Habrá que revisar las esperanzas que había de que Rusia fuera más liberal con el presidente Dmitri Medvédev. La conducta de Rusia es un reto directo al orden europeo e internacional.

¿Qué puede hacer Occidente? En primer lugar, Georgia merece nuestra solidaridad y nuestro apoyo. Occidente debe conseguir que se interrumpan los combates y conservar la integridad territorial de Georgia dentro de sus fronteras internacionales actuales. Tan pronto como terminen las hostilidades, es preciso que haya un gran esfuerzo transatlántico coordinado para ayudar a Tbilisi en la reconstrucción y la recuperación.

Segundo, no debemos pretender que Rusia es una fuerza neutral de pacificación en los conflictos que se producen en sus fronteras. Rusia es parte del problema, no la solución. Hace demasiado tiempo que Moscú aprovecha los mandatos internacionales para perseguir políticas neoimperialistas. Occidente debe renegar de esos mandatos e insistir en que haya unas fuerzas internacionales verdaderamente neutrales, a las órdenes de la ONU, para vigilar un futuro alto el fuego y servir de mediadoras.

Tercero, Occidente necesita contrarrestar las presiones de Rusia sobre sus vecinos, especialmente Ucrania, que es seguramente el próximo objetivo de Moscú. EE UU y la UE deben señalar que no se va a relegar a una zona gris a Ucrania y Georgia.

Por último, EE UU y la UE deben aclarar que este tipo de agresión afectará a las relaciones y el prestigio de Rusia en Occidente. Aunque no hay que pensar en una intervención militar occidental en Georgia -nadie quiere una nueva guerra fría en el siglo XXI-, no es posible ignorar las acciones rusas. Y hay que advertir al Kremlin de que su propio proyecto para adquirir prestigio -los Juegos Olímpicos de Sochi- se verá afectado por sus actuaciones.

La debilidad de la diplomacia occidental y la falta de unidad transatlántica han hecho que fuera imposible prevenir una guerra evitable. Sólo una unidad transatlántica fuerte puede detenerla y empezar a reparar los inmensos daños causados. De no ser así, podremos añadir una cosa más a la ya larga lista de fracasos en el exterior del Gobierno de Bush.