Rusia y la guerra de Chechenia

K. S. Karol es periodista francés especializado en cuestiones del Este (EL PAIS, 17/09/04).

Me acuerdo de Beslán por haber estado hospitalizado allí durante la II Guerra Mundial, en 1942. Entonces era una pequeña y bonita ciudad, muy tranquila, encerrada en su circo de montañas. Todas las nacionalidades caucasianas estaban representadas en ella, pero, en aquella época, no se experimentaba ninguna xenofobia, ningún racismo. La forma de hablar hacía las funciones de tarjeta de visita. Un caucasiano que se expresaba en un ruso perfecto sólo podía ser de Osetia. Un amigo me había dado una explicación: instalados sobre una montaña que abre el camino hacia Georgia -la famosa vía militar de Vladikavkaz a Tbilisi aún existe-, los osetios tenían más contacto con los rusos y manejaban mejor su lengua. Los que tenían un fuerte acento, por el contrario, debían de ser chechenos o daguestanos. En cuanto a los georgianos, llegados del sur del Cáucaso, se les reconocía por su curiosa forma de hablar gesticulando. Y luego, después de mi salida de Beslán, todo esto se borró de mi memoria, excepto un detalle: no había natchalstvo (alta dirección) en mis tiempos… y parece que hoy no hay mucho más.

En efecto, la sangrienta toma de rehenes que tuvo lugar hace dos semanas en esta ciudad, que se ha convertido en una aglomeración de más de 60.000 habitantes, se desarrolló en una total confusión. La prolongación en Osetia del Norte de lo que justamente hay que llamar guerra de Chechenia desembocó aquí en la mayor masacre -sin duda más de 500 muertos, la mitad niños- de la historia de las tomas de rehenes.

No hay que ser un gran experto para adivinar que fue obra de chechenos. Ellos están en el centro de todos los problemas en el Cáucaso, en Daguestán para empezar, en Ingushetia después, y ahora en Osetia del Norte. Ni ellos, ni sus primos ingushes -junto a los que, en la época soviética, formaban una república- son muy populares en Osetia. Son musulmanes, mientras que los osetios del norte son cristianos; fueron favorables a la Revolución de Octubre de 1917, mientras que los osetios -que, a diferencia de los chechenos, no tenían muchos motivos para quejarse del zar- se mostraron claramente más tibios. Se cuenta que en 1920, cuando los bolcheviques organizaron una reunión de los pueblos del Cáucaso, en la que participaron muchos chechenos y daguestaníes, Stalin fue en persona a pronunciar un discurso para incitarles a adherirse directamente a la Federación de Rusia. Fue muy bien recibido, pero un viejo chechenio, al final, solicitó el derecho a plantear una cuestión: “¿Tendremos la sharia?”. Stalin reflexionó dos segundos y respondió: “¡Por supuesto que tendrán la sharia!”. Más tarde, al final de la II Guerra Mundial, Stalin deportó a los chechenos -y los ingushes- al Asia soviética, pero no tocó en absoluto a los osetios.

Otro capítulo se abrió con la disgregación de la URSS y la aparición en Grozni del general Dzhojar Dudáiev. Este veterano de la guerra de Afganistán, casado con una estonia, decidió convertirse en el presidente de una Chechenia que se había hecho independiente. Gracias a sus contactos en el Ejército, obtuvo armas y, sobre todo, un amplio apoyo popular. Después de un periodo de espera, Borís Yeltsin decidió echarle del poder y su ministro de Defensa envió sobre Grozni una columna de tanques destinada a ocupar la ciudad “en quince minutos”. Fue un fracaso estrepitoso. Los tanques fueron destruidos, las tripulaciones apresadas. Sólo una auténtica guerra, en la mente de Yeltsin, podía borrar el fracaso. A finales de 1994, el Ejército ruso se lanzó al asalto de Chechenia.

Las fuerzas no eran comparables, y los rusos acabaron por avanzar. Pero en la primavera de 1995, mientras Yeltsin se encontraba en Estados Unidos, Shamil Basáyev, también él antiguo militar soviético, tomó como rehén la ciudad de Budenovsk, en el corazón de Rusia, y obligó al Gobierno de Moscú a negociar con él. Era la primera vez que “los bandidos” imponían un diálogo a Moscú, y sin duda esto es lo que querían reanudar los que tomaron los rehenes en Beslán.

Poco después, Dudáiev fue alcanzado por un misil y le sucedió Aslan Masjádov, un coronel de la artillería soviética. Sin embargo, por el lado ruso se alzaron voces contra una guerra que sólo aportaba al país y al Ejército pérdidas y vergüenza. El general Alexandre Lebed estaba a la cabeza de ese movimiento, y como en las elecciones presidenciales de 1996 obtuvo el 15% de los sufragios, dispuso de una moneda de cambio para oponerse a Yeltsin. Al haber obtenido un puesto importante en el seno del poder ruso, acudió sin demora a Chechenia para concluir un acuerdo con Masjádov. En virtud de éste, los rusos retiraron sus tropas de Chechenia, pero el problema del estatuto definitivo de la región no se arregló hasta cinco años después. Se piense lo que se piense de Alexandre Lebed, tiene el inmenso mérito de haber puesto fin a una guerra insensata.

En las elecciones presidenciales de Chechenia, en otoño de 1997, Masjádov venció ampliamente, pero la situación prácticamente no mejoró en su república. Todos armados y casi todos sin trabajo, los chechenios se lanzaron alegremente al secuestro y su país se convirtió en “el centro mundial del kidnapping”.

El muy guerrero Basáyev intentó remediar la situación alzando la bandera islámica del wahabismo e invadiendo la vecina Daguestán, pero fue un fracaso. Y cuando, en 1999, Yeltsin traspasó el poder a Vladímir Putin, este cadrovyi officer del KGB que no conocía más que la fuerza para poner orden en su casa lanzó la segunda guerra de Chechenia. Que todavía dura.

No sé si existe un estado mayor checheno o si, por parte de los resistentes, pequeños grupos deciden su propia estrategia. Pero la voluntad de extender la batalla al conjunto del Cáucaso es evidente. Hace dos años, durante la fiesta nacional del 9 de mayo, en Majatchkala, capital de Daguestán, una potente bomba barrió a la orquesta, matando a 49 músicos. Este año, el 14 de junio, los rebeldes ocuparon el conjunto de la pequeña Ingushetia y sólo pudieron ser desalojados después de unos sangrientos combates. Pero el colmo se produjo en el mes de agosto en Grozni, donde un grupo de hombres vestidos con uniformes militares y muy bien ar-mados ocupó uno de los barrios centrales de la capital e instaló un control de identidad. Resultado: 108 colaboradores de los rusos fueron asesinados (44, según Moscú).

Vladímir Putin había creído encontrar una baza en su apuesta caucasiana: se llamaba Ahmed Kadírov, había sido mufti, antiguo combatiente durante la primera guerra (1994-1997), pero incorporado después al poder moscovita. Algo mufti, algo bandido, Kadirov, con su gran gorro de astracán, era un hombre que sabía adaptarse a unos y otros y que llenaba el escenario. Cuando el 9 de mayo, durante la fiesta de la victoria, una potente bomba le despedazó, el presidente ruso se quedó huérfano y sin duda durante mucho tiempo. Ninguna personalidad se destacó de la masa mediocre de funcionarios que intentaban que funcionara en Chechenia la máquina del Estado. El presidente ruso, para atraerlos, les dejó el beneficio completo de la venta de petróleo, pero el dinero no bastará para asegurar su futuro político y su seguridad.

El 29 de agosto, Putin hizo que Alú Aljánov fuera elegido presidente de Chechenia. General de la milicia, había sido ministro del Interior y seguía siendo un gran desconocido en su país. Como, a partir del mes de agosto, la estación seca está en su apogeo, la guerrilla se aprovechó y organizó acciones espectaculares para llevar la guerra al conjunto del Cáucaso. De ahí la ocupación de Ingushetia en el mes de junio, después un descenso audaz a Grozni y, por último, la operación de Beslán. En Moscú se atribuyen estas acciones a Basáyev, antiguo pelador checheno, cada vez más wahabí. Pero el antiguo presidente electo, Masjádov, aunque mucho más pacífico, conserva a muchos de sus partidarios. Más que discutir sobre su respectiva popularidad -que sólo unas auténticas elecciones podrían establecer- me gustaría contar la historia de cuatro mujeres de Grozni.

Vivían juntas, en el centro, cerca del bazar, y eran lo que allí se llama “mujeres lanzadera”: iban regularmente a Bakú, en Azerbaiyán, para comprar mercancías que revendían en Grozni. Un día, las cuatro desaparecieron. Sus vecinas se asombraron de la marcha de estas jóvenes tranquilas a las que no podían imaginar capaces de hacer daño a nadie. Y luego, a finales de agosto, dos aviones de línea saltaron por los aires a la misma hora; uno se dirigía a Sotchi y el otro a Volgogrado. Durante cuatro días las autoridades no creyeron que fueran actos terroristas. Y después encontraron, en los dos aparatos, huellas de explosivos. Los nombres de las dos kamikazes, Amanta Nagaeva y S. Djairbalova, son los de dos “mujeres lanzadera” de Grozni. La semana pasada, en Moscú, cerca del metro Riskaya, una tercera kamikaze provocó una decena de muertos y cuatro veces más heridos. En total, las “mujeres lanzadera” han provocado supuestamente la muerte de un centenar de personas. ¿Por qué? ¿Eran militantes políticas o, más sencillamente, la vida en la miseria chechenia no tenía ya sentido para ellas?