Ruta de la seda, ¿otra globalización?

En la reciente cumbre de la APEC -países de Asia y Pacífico-, celebrada en Lima, el comunista Xi Ping, presidente de China, ha defendido el libre comercio y la cooperación como la mejor fórmula para avanzar hacia una modernización común, “ampliando la tarta y repartiéndola mejor”. Al mismo tiempo, el capitalista de ultraderecha Donald Trump ha sostenido el proteccionismo económico como uno de los ejes de su futura política. Vivir para ver. Aparte de la mayor o menor sinceridad de las posiciones de ambos dirigentes, no es contradictorio este aparente ‘cambio de posiciones’, si tenemos en cuenta las transformaciones que se están produciendo, con aceleración, en el ancho mundo. La globalización, de un lado, y la interconectividad, de otro, están modificando los códigos sobre los que se basaban las decisiones políticas. Lo que ocurre es que unos parece que han comprendido los cambios e intentan influir en ellos y otros no han entendido nada y pretenden dar marcha atrás al reloj de la historia, como si ello fuese posible sin generar grandes destrozos.

China, a partir de las grandes reformas de Deng Xiaoping, está retomando a escala planetaria una tradición que le hizo prosperar en el pasado. No es extraño que el filósofo y científico alemán Leibnitz dijera que no había comercio comparable al de China y que el escocés Adam Smith reconociese que China era uno de los países más prósperos del mundo. Ambos escribían en el siglo XVIII. Hacía más de 2000 años que el país asiático había puesto en marcha la llamada Ruta de la Seda, de la que ya hablara Plinio el Viejo, que unía Asia con Occidente, que no llegaría a España hasta el siglo XV y que se tenía conocimiento de ella, en especial a través de los viajes de Marco Polo.

Hace pocos años el secretario general del PC chino Xi Ping y el gobierno que preside lanzaron la iniciativa ‘One Belt One Road’, también conocida como la Nueva Ruta de la Seda, que tiene como objetivo conectar China con el área euroasiática, África oriental y el Mediterráneo para potenciar las relaciones comerciales y culturales. Una inmensa zona del mundo que comprende 75 países, con el 75% de la población, el 60% del PIB y el 40% del comercio mundiales. Madrid participa de esta enorme red ya que el ferrocarril que parte de Yiwu termina en la capital de España. En el fondo se trata, aunque los dirigentes chinos no lo expliciten así, de una concepción diferente de la globalización.

Parte de la idea, compartida por muchos, de que el estado-nación ya no es capaz de hacer frente a los retos actuales y que solo en la búsqueda del interés común se podrá gobernar el actual proceso de mundialización acelerada y evitar o paliar los sangrientos choques de antaño. Superado el colonialismo, el imperialismo clásico, la lógica de la revolución industrial, con sus sucesivas competiciones en pro de las hegemonías nacionales, estamos entrando en otro estadio civilizatorio en el que si somos capaces de introducir la lógica del bienestar compartido y sostenible, podrá ser mejor que los anteriores.

En el fondo, se trataría de completar la cultura de un racionalismo individual que hunde sus raíces en la Ilustración con una cultura del racionalismo de lo común, en principio favorecido por la informatización y la conectividad. La incógnita está en saber si el sistema chino, el europeo y otros serán capaces de evolucionar hacia una visión comunitaria de la globalización o volverán a las visiones ‘hobesianas’ del poder. En el caso de los chinos, si harán caso al gran poeta y dramaturgo Tang Xianzu que ya denunciaba la corrupción y defendía una sociedad más justa.

Trump se coloca en las antípodas: primacía blanca; proteccionismo económico; racismo, nacionalismo. Tiene miedo a los emigrantes, a ser inundado de productos chinos, y de otros países, a pesar de que EEUU posee las industrias tecnológicas más avanzadas; a un cosmopolitismo que no comprende pues no ha salido casi nunca de EEUU y aún cree que Checoslovaquia existe y que Bruselas es lo mismo que Bélgica.

Por eso, no le gusta la UE, a la que observa como peligrosa competidora y aplaudió cuando ganó el ‘brexit’ de Farage. De ahí sus buenas relaciones con la Rusia de Putin y el entusiasmo de Le Pen ante su elección. Se trata de una posición muy defensiva y, en consecuencia, muy peligrosa en una gran potencia como EEUU, liderada por una persona no ya ignara en cuestiones de dialéctica, ya sea hegeliana o marxista, sino de cualquier visión coherente de lo que está pasando en el mundo.

Nicolás Sartorius, vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativas.

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