¿Sabemos dónde está el Caspio?

Por Josep Piqué, economista y ex ministro (LA VANGUARDIA, 15/12/07):

Una de las principales consecuencias de sufrir uno de los peores sistemas educativos de los países de la OCDE, y que nos sitúa en la cola de la calidad y en cabeza – triste- en fracaso escolar, es el enorme déficit de nuestros jóvenes en temas tan elementales como la historia o la geografía. El empobrecimiento que, en este terreno, ha supuesto el sistema autonómico o los constantes cambios, sin consenso, de nuestra política educativa, es brutal.

Porque a medida que uno se hace mayor, se da cuenta de que sin una clara visión geográfica del mundo, es muy difícil entender lo que pasa. No es posible disponer de una política exterior coherente y eficaz, en lo político, en lo económico o en lo cultural, sin tener en cuenta la historia. O dicho de otro modo, sin saber por qué tus interlocutores dicen lo que dicen. Pero es también evidente que nada se entiende sin la geografía.

Un antiguo ministro de Asuntos Exteriores de la extinta Unión Soviética – y que después la presidió en época de Gorbachov-, Andrei Gromiko, se pasaba horas, según se dice y yo me lo creo, observando un inmenso mapamundi que tenía en su despacho. Hay que saber dónde está el canal de Suez o dónde está el estrecho de Ormuz. O cuáles son las fronteras de Afganistán. O lo que se deriva, en términos geoestratégicos, del hecho de que la Federación Rusa se extienda desde el Báltico al mar del Japón.

O, y a eso quiero referirme hoy, dónde está el mar Caspio y cuáles son sus países ribereños.

Hace unos años, antes del desmoronamiento de la Unión Soviética, poco después de la caída del muro de Berlín, el mar Caspio era, fundamentalmente, un mar soviético. Hoy, la realidad es muy distinta y, por ende, mucho más compleja.

Irán sigue siendo, como es obvio, país ribereño. Pero, ahora, además de la Federación Rusa, otros países, antiguamente soviéticos y hoy independientes, tienen mucho que decir. El quinteto ribereño del Caspio lo completan Kazajstán (un país estratégico, por cierto, que casi quintuplica la extensión de España), Turkmenistán (en una nueva fase política más abierta al libre mercado y al mundo occidental) y otro país, Azerbaiyán, que aspira a ser referente en el Cáucaso de prosperidad y estabilidad. Y el Caspio, mar cerrado, nutrido, básicamente, por el Volga, tiene un estatus discutible, desde el punto de vista del derecho internacional: ¿es un mar o es un lago? Las consecuencias de ese debate son, evidentemente, trascendentales.

Y, ¿por qué hablamos del Caspio, ahora, se preguntarán muchos lectores? Pues porque se ha celebrado, hace poco, una cumbre de sus países ribereños que, me temo, ha pasado inadvertida en España y en Catalunya, ocupados como estamos en nuestros melancólicos y frustrantes debates.

Y, ¿por qué esa cumbre es importante para todos nosotros? La respuesta es fácil: porque ahí se está jugando buena parte del futuro energético del mundo para las próximas décadas. Y cuando el barril de petróleo se está acercando de forma inexorable a los 100 dólares, no es cuestión de tomárselo a broma.

El mar Caspio es, después de la península Arábiga, la mayor reserva de hidrocarburos del mundo. En gas y en petróleo. Y quien controle esas reservas tendrá, en buena medida, la llave estratégica del mundo en este siglo. Desde el Caspio, puede abastecerse Europa, China o India. Y es clara alternativa a la inestabilidad de Oriente Medio. Ysin depender, exclusivamente (depende de como se hagan las cosas), de Rusia. Oleoductos y gasoductos desde Azerbaiyán (nótese el valor estratégico fundamental de ese país, tan desconocido en España), a través de Georgia (alguien puede preguntarse por qué Rusia tiene tanto interés en desestabilizar el actual gobierno prooccidental de ese país), Turquía y, de ahí, al Mediterráneo, sin pasar por Rusia, son cuestiones, sin duda, de una enorme trascendencia. Obviamente, Rusia no va a dejar pasar, sin pelearla, esta oportunidad para seguir siendo la clave energética de buena parte del mundo. El presidente Putin hace tiempo que está empeñado en devolverle a Rusia, después de la debacle de la Unión Soviética, su papel perdido de gran potencia y, lo que no debe desdeñarse en absoluto, devolver a los rusos su autoestima. Por ello, ha jugado a fondo sus cartas en la cumbre del Caspio, aunque, como es lógico, Kazajstán, Turkmenistán y, sobre todo, Azerbaiyán, están aprovechando a fondo sus bazas. Ya veremos. El duelo es de titanes. Y un último apunte: nos encontramos ante una creciente y trascendental competencia entre Europa y Asia. Y los países ribereños del Caspio esperan, sin duda, sacar provecho de ella. Y Europa no puede olvidar sus fundamentales intereses estratégicos. Y si debe abrir nuevas vías de abastecimiento energético que no dependan tan vitalmente de Rusia. Y debe observar, con muchísima atención, lo que están proyectando los chinos. Actualmente, se están construyendo dos oleoductos, con destino final en China, uno desde Kazajstán y otro desde Siberia Oriental, ambos a partir de las reservas del mar Caspio, Y está en discusión, en lo que se refiere al gas, la construcción de dos gasoductos a China, siguiendo la vía kazaka o la vía turkmena, más allá del papel que, inevitablemente, va a seguir jugando Rusia. Poca broma, pues. Todo esto es demasiado serio.

¿Debo seguir argumentando la importancia de saber geografía? ¿Y de saber dónde está el mar Caspio?