Sabemos todo sobre nada y nada sobre todo

Inundados por la incesante marea de la actualidad mediatizada, sabemos a la vez todo sobre nada y nada sobre todo, y la información sustituye al conocimiento. Se nos olvida, bombardeados por los medios de comunicación tradicionales y por los nuevos, que todo acontecimiento se enmarca dentro de una historia larga. Para entender de verdad esta hiperactualización sería necesario conocer el pasado y las escuelas de pensamiento que lo iluminan. Aportemos algunos ejemplos a nuestra tesis.

Piensen en la deuda griega. Reducirla a un enfrentamiento entre los partidarios de la «austeridad» y los de la «liberación» del pueblo griego no permite entender hasta qué punto esta deuda se enmarca en un ciclo que se remonta a la independencia de la Grecia moderna a principios del siglo XIX, y luego en el trato de favor que recibió, en 1919, tras la Primera Guerra Mundial. Desde que Grecia fue resucitada en los lugares donde nació la civilización helenística, 2.500 años antes, los griegos modernos han disfrutado de una indulgencia excepcional, ya que tanto los poetas como los dirigentes europeos han proyectado sobre esta tribu otomana toda su nostalgia del helenismo. Esta tribu era «griega» no porque descendía de los helenos, sino porque era de religión ortodoxa –bizantina, por tanto, más que helena– en un océano musulmán. Estos neogriegos, reconocidos por los europeos por lo que no eran, nunca se creyeron obligados a gestionar sus asuntos de manera sobria, porque Europa pagaría eternamente una pensión alimenticia a la supuesta madre de la civilización occidental y de la democracia.

La entrada en la eurozona animó a los neogriegos a endeudarse aún más, apoyándose en su larga historia reinventada, una garantía definitiva frente a sus acreedores. Una institución por sí sola podría liberar a Grecia de su deuda: la Iglesia ortodoxa, que posee un tercio del territorio y no paga ningún impuesto. Pero nadie, ni siquiera un Gobierno de izquierdas, se atreve a incriminar a esta Iglesia, porque fue, y sigue siendo, la encarnación de la Grecia contemporánea, de la misma manera que la Iglesia católica en Polonia nunca ha dejado de encarnar al país. A tenor de esta larga historia, la pregunta no es si Grecia está en Europa, sino si la Iglesia ortodoxa está en Europa. ¿No pertenece más bien a Oriente, como comprobamos en Ucrania, otra zona de conflicto?

Ucrania occidental, que fue polaca, sigue siendo católica y prooccidental, mientras que el este ucranio ortodoxo es prorruso, en una época en la que, de nuevo, el nacionalismo ruso se confunde con la Iglesia ortodoxa resucitada. Parece que Vladímir Putin conoce mejor esta historia que los europeos.

Pasemos a otro ejemplo: Libia. No se entienden los combates actuales si no se recuerda que la Libia contemporánea nació de la unión de dos países diferentes, Cirenaica y Tripolitania, llevada a cabo por el colonizador italiano. Cuando los franceses y los británicos decidieron liberar a Libia del dictador Muamar el Gadafi, esta intervención solo habría tenido sentido si hubiese sido para restablecer los dos países anteriores, no para recrear la Libia colonial.

Los conflictos en Siria, Irak y el Kurdistán se observan con la misma miopía histórica, ya que solo se pueden interpretar tomando como referencia el Tratado de Sèvres que, en 1920, repartió entre los colonizadores franceses y británicos unos territorios antiguamente otomanos. Los otomanos respetaban la diversidad tribal y religiosa porque cada uno dependía de las autoridades de la religión a la que pertenecía. Tras la desmembración, los colonizadores y sus sucesores impusieron unos Estados centrales a unos pueblos que nunca se reconocieron en ellos. Los diplomáticos Sykes y Picot, que trazaron en 1917 la línea recta que hoy en día todavía separa Siria e Irak, desconocían totalmente esas culturas locales e ignoraban la diferencia entre un chií y un suní. En 2003, el general David Petraeus, quien, a petición de George W. Bush, se apoderó de Basora, no sabía mucho más. ¿No eran todos iraquíes?

Todo el continente africano, en el que unos Estados demasiado numerosos consumen la mayor parte de las riquezas locales para perpetuar unas fronteras coloniales absurdas que han balcanizado las culturas, también se ve afectado por esta negación del pasado. No vayamos a buscar más lejos las causas de la pobreza en África, donde el nacionalismo ha sustituido al desarrollo y lo ha ahogado.

Este desconocimiento de la historia larga provoca la mayoría de los desórdenes contemporáneos. Es un desconocimiento que lleva a la guerra, a las emigraciones en masa y a la pobreza colectiva, pero que beneficia a los intereses creados. Los que prosperan son los jefes de Estado cuyo Estado no coincide con ningún país, los señores de la guerra, los contrabandistas y –en menor medida– los burócratas internacionales encargados de perpetuar este orden artificial. El Fondo Monetario Internacional (FMI), otro ejemplo de memoria corta, cuenta con 10.000 funcionarios para llevar a cabo una misión que ya no existe. El FMI, que se creó en 1945 para paliar los desequilibrios en las balanzas de pago que habían sembrado el caos económico en la década de 1930, sigue existiendo a pesar de que esos desequilibrios han desaparecido, y se tiende a olvidar los orígenes.

Por sí solo, ningún acontecimiento de actualidad tiene sentido. ¿Y no debería cualquier información publicada en los medios de comunicación venir acompañada –en un mundo evidentemente teórico– de una nota explicativa, al igual que las medicinas tienen un prospecto que recoge las contraindicaciones y los efectos nocivos? Muchas informaciones son nocivas, porque la opinión pública las asume de buena fe y porque los dirigentes están necesariamente, o no desean estar, mejor informados que la opinión que las transmite.

Guy Sorman

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