Saber leer

Por Violeta Demonte, lingüista y catedrática de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid (EL PAÍS, 12/12/07):

Algunos conductistas definían inteligencia como “aquello que miden los tests de inteligencia”. Los que mueven las palabras de los medios, y agitan opiniones que frecuentemente eluden las causas de largo alcance, remitiendo todo al político de turno, establecen ahora que el Informe PISA es la medida por excelencia de la capacidad de entender lo que se lee. Pues bien, este Informe, muy importante en todo caso, mide un mínimo de lo que en buena ley es el saber leer, que viene a estar muy cerca del saber pensar. Y no hace falta ser sabio para colegir que en un mundo de adultos ligeros de pensamiento, de estímulos nuevos y sensaciones rápidas, fuerte orientación al beneficio económico como mejor meta, y acceso casi universal -por fortuna- a la educación, tanto los que están en la cima de la ordenación del informe (coreanos o fineses) como los que estamos en el medio-alto leemos regular y poco, salvando las diferencias, y vamos a menos, aquí y allá, aunque sin duda estemos mejor en otros aspectos.

Pero bienvenidas sean las ondas agitadas si llevan a reflexionar sobre qué es leer, qué es entender, por qué hay que leer -por mucho que la inteligencia de hoy crezca también al hilo de otras competencias, como sugería un querido periodista (Verdú, EL PAÍS, 8-12-07)-, por qué en un mundo de tantos libros los niños empiezan leyendo y luego lo dejan, y qué está pasando en las escuelas y en la sociedad. Quienquiera que tenga algo de sensatez sabe que ninguna de esas preguntas tiene una respuesta fácil, y nadie que no esté muy deteriorado por la ideología podría afirmar que cuestiones tan serias, y que tienen tanto que ver con cómo se hacen críticos y racionales los seres humanos, dependen únicamente de la LOE, la LOGSE o la ley que venga a cuento. Precisamente porque pienso que el asunto es de envergadura, y merece ser objeto del pensamiento de los que saben, quiero dejar aquí algunas premisas para el debate.

El lenguaje es una ventana al pensamiento, aunque no todo pensamiento se formule lingüísticamente, como es sabido. Pero es la más clara y conocida vía para entrar en él y para hacerlo salir. No aprovechar la flexibilidad lingüística de los niños y jóvenes, no debatir con ellos lo que está escrito, y desmenuzar y vivir el conocimiento y las emociones a través del lenguaje, es simplemente pecado mortal. Ahora bien, la ventana puede ser una losa si se entiende por ello rutinas prefabricadas, formulaciones esquemáticas, textos mal construidos, y menosprecio de partida porque los jóvenes hablen como hablan.

Reflexionar sobre el lenguaje y a través del lenguaje, por lo tanto, no es sólo una tarea de los profesores de lengua, por más que éstos tengan mucho que decir al respecto. Una de las sugerencias interesantes del Informe PISA es que los jóvenes rinden menos en ciencia porque no entienden las preguntas y los textos de ciencia (también, por supuesto, porque no entienden las matemáticas, no hacen más experimentos, ni saben de dónde vienen y adónde van los descubrimientos científicos).

La capacidad y la voluntad de leer se acrecientan leyendo y requieren, como el piano o la gimnasia, práctica diaria y un buen maestro que diga cómo poner las manos o flexionar la rodilla. La escuela es el lugar donde más tiempo debería haber para esos ejercicios.

Los jóvenes de hoy, en general, no hablan ni bien ni mal, hablan distinto y, sí, son menos conscientes que en otras épocas de las diferencias de estilo y de la magnitud del vocabulario, tan consustanciales con el buen aprovechamiento de las posibilidades que las lenguas dan. Esto es también un efecto de la democratización de las aulas. Cuando el maestro estaba en un pedestal, y a la escuela sólo iban los ricos, se sabía que había que hablarle de otro modo y con ello se aprendía a distinguir situaciones y contextos. Enseñemos ahora los estilos a través de ejemplos y actividades.

La capacidad de leer es bastante indisociable de la de escribir. Hagamos que escriban y corrijamos lo que escriben, llevémosles a perseguir sus ideas, a encontrar el diamante entre las montañas de carbón, como escribía Rilke.

La lectura en la escuela, por bien que se haga, recibirá una contraofensiva letal si persiste la televisión zafia, localista, ramplona y estupidizante. La televisión, por naturaleza, obliga a un letargo receptivo, pero esa pasividad se agravará si se acompaña de la destrucción de la información, del buen gusto y de las razones de la razón ilustrada e independiente.

Hay mucho escrito sobre la lectura y la escritura, con mayor o menor acierto, por numerosos especialistas. No descubramos mediterráneos que duran una semana y repasemos y actualicemos esos saberes.

Es improbable, cierto es, que todo esto pueda articularse bien en aulas sobrecargadas, con profesores desanimados y en un medio de bajo reconocimiento social de la profesión docente. Si a ello se suma la voluntad de algunos / as de desquiciar la escuela pública…, pues eso, dificultad añadida. En el por tantas razones ejemplar sistema finlandés menos de un 5% de los alumnos de enseñanza básica asiste a instituciones privadas. Y los libros, las noticias, las ciencias y los juegos son inseparables.