Sabino Arana: cien años de Euzkadi

Por Antonio Elorza, catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAIS, 23/11/03):

En un lugar de Vizcaya, el 25 de noviembre de 1903 fallecía Sabino Arana Goiri, fundador del nacionalismo vasco. Contaba sólo 38 años de edad y su muerte fue ocasionada por la enfermedad del bronce de Adisson. La carrera política de Sabino había sido breve, cubriendo poco más de una década, una vez que en su adolescencia los argumentos de su hermano Luis le convirtieron al credo nacionalista. Hacia 1885, con poco más de 20 años, mientras estudia en Barcelona, tiene ya fijadas las cuatro ideas centrales de su ideario: pureza de raza, religiosidad a ultranza, el euskera como seña de identidad e interpretación del régimen foral como independencia vasca (lagi-zarrak, “leyes viejas”). Todo envuelto en una exigencia de lucha, heredada del carlismo profesado por su padre, que se concreta en su primera obra, un auténtico guda-santsua o grito de guerra, Bizkaya por su independencia, publicada como libro en 1892.

A partir de aquí, los hitos se suceden en la trayectoria que desemboca en la fundación del Partido Nacionalista Vasco, el día de San Ignacio, cómo no, de 1895: en 1893, discurso de Larrazábal en que intenta atraer a algunos notables vasquistas y fundación del primer periódico, Bizkaitarra; en 1894, inauguración del primer centro nacionalista o batzoki, el Euzkeldun Batzokija, anticipo de la prioridad que la sociabilidad nacionalista tendrá sobre la política en la historia del movimiento, clausurado por orden judicial un año más tarde, siendo Sabino encarcelado por vez primera. Es tiempo de símbolos. Con el partido, nace el lema JEL, “Dios y Leyes Viejas”, de donde se deriva la denominación de los nacionalistas sabinianos como jelkides, adeptos a JEL. Antes, para la inauguración del Batzoki Euskeldun, su hermano Luis había dibujado sobre el patrón de la Union Jack británica la bandera de Vizcaya, conocida como ikurriña y aplicada contra la voluntad de su inventor al conjunto del País Vasco. Por fin, en la cárcel Sabino escribe sobre música de la espatadantza el himno de la raza vasca, hoy oficial en la comunidad autónoma.

De 1896 a 1898, Sabino se entrega a sus interminables trabajos sobre el euskera, idioma que por lo demás nunca llegó a hablar con soltura, y a la propaganda política, enfrentándose al carlismo y a los vasquistas más moderados de la Sociedad Euskalerria, encabezados por el capitalista Ramón de la Sota: Sabino les llamará fenicios por subordinar el ideal patriótico al dinero. Pero él mismo tendrá en lo sucesivo que contar con ellos, a pesar de la excomunión doctrinal. A partir de 1898, a su intransigencia sucede un cierto realismo, siendo elegido diputado provincial y fundando el Centro Vasco, apolítico por fuera y nacionalista por dentro. En 1900 se casa con una “vizcaína originaria”, poniendo en práctica un purismo racista, y a continuación inventa el neologismo Euzkadi, que pretende designar al conjunto de los vascos, frente a las dos denominaciones anteriores de Euskalherria, la tradicional fundada sobre el idioma, y Euskeria, usada antes por él mismo. Pero cada vez es más consciente de la necesidad de atraer a los capitalistas para el nacionalismo y sofocar las estridencias formales. Es así cómo en 1902, año en que es de nuevo encarcelado tras enviar un cablegrama de felicitación a Roosevelt por haber concedido la independencia a Cuba, pone en marcha el proyecto de una Liga de Vascos Españolistas, el aspecto más polémico de su biografía política. Hasta las vísperas de su muerte lo mantiene en pie. Sólo que unas semanas antes de morir nombra como sucesor a Ángel Zabala, hombre de confianza suyo pero también antiguo integrista muy rígido que desecha la “evolución españolista” apenas Sabino es enterrado. En la duda, el fundador había optado por la ortodoxia.

Desde que Unamuno lo hiciera notar en 1898, hay una práctica unanimidad entre los historiadores al considerar el nacionalismo como una respuesta a los procesos de cambio forzados por la industrialización de Vizcaya en el último cuarto del siglo XIX. A ello conviene añadir que ese intenso cambio económico, demográfico, cultural y político sucede a una prolongada agonía de la sociedad tradicional vasca, marcada además por el trauma de las guerras carlistas. Hacia 1850, Engels ponía a los vascos, al lado de los bretones, como ejemplo de “ruinas de pueblos”, condenados a desaparecer en una Europa moderna, no sin antes servir de soporte a causas reaccionarias como el carlismo. Las exportaciones de mineral y la industrialización invirtieron esa tendencia agónica, si bien a costa de suscitar una sensación de inseguridad en los sectores sociales autóctonos que veían con disgusto la configuración de nuevas formas de poder y también de conflicto al implantarse el socialismo en la zona minera. Entra entonces en juego lo que D. Shayegan ha llamado, para el caso de la respuesta a la modernización iraní, una “esquizofrenia cultural” que lleva a esos grupos a refugiarse en una concepción mítica de la propia identidad, siendo incapaces de entender y de asumir los cambios que registra la realidad, lo cual determina un comportamiento agresivo. Se trata además de una operación funcional, en la medida que el rechazo consiguiente permite elaborar estrategias orientadas a la lucha por el poder, no de signo arcaizante como el carlismo, sino paseísta, de predominio de los supuestos valores identitarios del pasado sobre la nueva sociedad. La hegemonía lograda por el nacionalismo tras un siglo de historia prueba el éxito de dicha respuesta.

Crisis de crecimiento

En medio de esa crisis de crecimiento, reforzada a partir de 1876 en los planos político y simbólico por la supresión de los fueros, el mérito de Sabino Arana consistió en insertar y jerarquizar un conjunto muy reducido de ideas y valores procedentes de la sociedad vasca preindustrial dentro de un programa en que coexistirán la movilización y la violencia, de un lado, y la captación de apoyos económicos y la aspiración a una difícil legalidad, de otro. La exaltación de los fueros en el Antiguo Régimen y a lo largo del siglo XIX proporcionaba un amplio repertorio de recursos doctrinales: la independencia originaria preservada a pesar de la incorporación a Castilla, la apología del mundo rural, la condición excepcional del pueblo vasco, el rechazo de un constitucionalismo español causante de la supresión del fuero visto como “ley antigua”, expresión de la citada independencia. Todo lo cual enlazaba con la legitimidad de la violencia heredada del carlismo, con la angustia ante el retroceso de la lengua propia y con una mentalidad religiosa desde la que resultaba lícito demonizar al liberalismo hispano. Sólo faltaba elegir en dicho repertorio un pilar sólido para la construcción ideológica. Con los fueros y la religión se retrocedía al carlismo, y el euskera servía como seña de identidad, pero sólo lo hablaba una minoría de vascos. De ahí que Sabino Arana hiciera una apuesta fuerte al elegir la raza como eje de su concepción nacionalista, sirviéndose de los demás elementos como complementarios. Ya antes, entre los argumentos del fuerismo, la pureza de sangre de los vascos había sido el soporte de la nobleza universal, a su vez fundamento sociológico de los fueros, y más allá de las declaraciones constituyó el agente de legitimación de prácticas de exclusión demasiado concretas frente a toda minoría religiosa o racial (en Guipúzcoa o en Vizcaya no cabían “judíos, moros, herejes ni gentes de mala raza”). Esa voluntad de discriminación y eliminación del otro enlazaba además con la reacción xenófoba de los grupos autóctonos contra los inmigrantes llegados al calor de la industrialización. Viejo y nuevo racismo se unían, y Sabino Arana supo dar forma a ese engarce, tal y como prueba su vocabulario sobre el tema, que es también el de su clientela política en el Bilbao de fin de siglo: al uso del neologismo maketos se unen las formas tradicionales de belarrimochas (orejas cortas) y su contracción mochas (motzak), surgidas tiempo atrás contra la minoría de los agotes, y el decimonónico azurbelchas (huesos negros, esto es, que llevan el liberalismo, son belchas o negros en la médula). Un poco al modo que lo puesto en práctica por Le Pen en la Francia posgaullista, el racismo latente entre quienes se sentían vascos de pura cepa recibió de Sabino carta de legitimidad, al añadir el título de nobleza de que en torno a ese principio se construía una muralla defensiva de la identidad vasca, abriéndose el camino para que la nación vasca lograra la libertad política, supuestamente aplastada desde que los fueros quedaron en 1839 sometidos a la Constitución española. Lo mismo que piensan sobre este punto Arzalluz, Egibar o Ibarretxe.

Raza, odio, exclusión

La exculpación del racismo de Sabino Arana viene apoyándose en dos líneas de argumentación convergentes. La primera, que fue una actitud ocasional, posteriormente rectificada en la historia del PNV -mejor sería decir atenuada unas veces y enmascarada otras-, y la segunda, que es una de tantas tomas de posición en el mismo sentido, apreciables en muchos otros autores de finales del siglo XIX; en definitiva, algo pasajero e irrelevante. Un ejemplo entre otros sería el fundador del catalanismo, Prat de la Riba, por añadidura vehemente antisemita como lo fuera el propio Sabino. Ahora bien, esa desagradable presencia del racismo o de la xenofobia no constituye en tales casos el núcleo de la ideología, que además informará el sentido de la actuación política en el futuro del movimiento, incluso cuándo el radicalismo de las Cartas a un maketo que tiene cara de feto de los primeros discípulos ha de ser disimulado. Sabino Arana enlaza plenamente con la lógica de discriminación del antecedente fuerista, ve en la “pureza de raza” la viga maestra de su edificio político y siente personalmente la necesidad de incorporar tales ideas a su propio comportamiento. Nada mejor para probarlo que el conocido episodio de su noviazgo y boda con una “vizcaína originaria”, Nicolasa Achicallende, a quien selecciona con precisión de zoólogo, especialmente a la hora de comprobar en el archivo parroquial, a fuerza de reconstruir el árbol genealógico con 126 apellidos, que el “allende” no suponía prueba de impureza de sangre. “De esta manera pude llegar a hallar la incógnita y tranquilizarme”, escribe a su amigo Aranzadi. “El apellido es el sello de la raza”, añade en otro momento.

En el orden político, la divisoria es asimismo tajante. El nacido en Vizcaya no debe ser considerado vizcaíno “si su sangre no es de la raza vasca”. La visión del mundo sabiniana es de un estricto maniqueísmo. De un lado, los buenos vascos de sangre limpia, cuyas virtudes se desplegaban en el marco de la sociedad rural anterior a la industrialización. Frente a ellos, los pueblos extraños, y en especial el maketo, el español, que oprime políticamente a los vascos y desde su condición de colectivo degenerado corrompe moral y religiosamente a la población autóctona. Y al lado de “los invasores”, los malos vizcaínos que se alinean con los maketos y olvidan los valores políticos y religiosos del pueblo vasco.

La relación entre ambos frentes únicamente puede ser de lucha atizada por el odio. Lo declara en una de sus poesías militantes, ¡Bizkaitarrak gara! (Somos bizkaitarras), cuyo texto en euskera utiliza sucesivamente las calificaciones peyorativas de arrotzaliak (amigos de los extraños), maketuen (maketos) y motzen (mochas). Los patriotas vizcaínos, mejor bizkaitarras, no son españoles, ni maketófilos, ni belarrimochas, ni maketos. Su única madre es Vizcaya, parte de Euskeria. España es “tradicional enemiga de nuestra Vizcaya”, de modo que el amor a Vizcaya obliga a ser enemigo de España. Más fácil imposible. La libertad vasca consiste entonces en librarse de los motzak, “todos hemos de querer que esté Bizkaia libre de maketos”. La necesidad del odio y el concepto de enemigo devienen centrales en un ideario político cuyo objeto principal y obsesivo es el alejamiento del extraño interior. El llamamiento de Sabino a una total exclusión del otro queda inmejorablemente recogido en otro de sus engendros poéticos, ¡Ken! (¡Quita!): “¡Quita, quita, maketos y maketófilos!; ¡fuera, fuera, ‘azurbelchas’ y todos sus acompañantes!”. Españoles y españolistas eran así designados como los enemigos a suprimir, una consigna que mantendrá su vigencia a lo largo de la historia del nacionalismo vasco.

La brutalidad del mensaje entronca con la violencia del carlismo, del cual proviene asimismo la envoltura de sacralización. Sabino y los suyos se ven a sí mismos como cruzados de una causa al tiempo sagrada y patriótica. Una vez más, su mensaje, compuesto por cuatro ideas duras como piedras, se expresa a través de la consigna de movilización: “Todos para la patria y la patria para Dios” (GETEJ), proyección del lema que resume el ideario, extrapolado del fuerismo, “Dios y Leyes Viejas” (Jaungoikua eta Lagi-zarrak, esto es independencia, JEL). Dios creó la condición excepcional del pueblo vasco y la defensa de la independencia política de éste constituye el mejor servicio a Aquél, edificando una barrera infranqueable frente a un pueblo ateo, liberal y blasfemo como el español. Incumplir los deberes patrióticos equivale a pecar contra Dios, y, por lo mismo, servir a la causa nacionalista constituye un deber religioso, de militancia activa a cargo de todo creyente. Emerge así, sobre el antecedente carlista, una religión política de la violencia, lo cual no excluye intervenir en aquellos conflictos de la vida social donde entran en juego la moral católica y la pureza del pueblo vasco. De ahí la campaña contra formas de corrupción tales como el baile agarrao, condenado en términos apocalípticos comparables a los de un integrista islámico para calificar el vestido de la mujer a la europea.

Pero ante todo cuenta la voluntad de vencer al enemigo, cuya ilustración primera fue el relato de las cuatro batallas victoriosas frente a los castellanos en Bizkaya por su independencia. Es el ejemplo a seguir. Claro que toda lucha sagrada requiere un santo patrón, y ninguno mejor que Ignacio de Loyola, invocado cual nuevo Santiago Matamoros protector de la religión y de la independencia vasca, que por ellas “entra en pelea” y “despedaza a los enemigos y malos”. Es más, el ejemplo de los gudaris de Jesús, como él los llama, ofrece a Sabino la posibilidad de conjugar, en la acción implacable contra “el enemigo”, el absolutismo de los principios con un pragmatismo radical, tanto más necesario cuanto que en sus últimos años nuestro patriota percibe la intensidad de la represión, de un lado, y, de otro, la necesidad de captar a las fuerzas más dinámicas de la sociedad vasca, a esos fenicios a quienes desprecia, ya que del mundo rural sólo puede venir la confirmación de que “esto se va”. El consejo de San Ignacio entra aquí en escena, proporcionando una clave para entender aparentes oscilaciones pendulares en la historia del movimiento: no importa entrar con el enemigo si uno sale consigo mismo. Para alcanzar ese fin le resulta imprescindible la cohesión interna, forjada en la obediencia sin límites al Superior. Sabino cree en la infalibilidad de la Compañía de Jesús, así como en la validez de su modelo de organización asentado sobre una rigurosa disciplina y en la ausencia de debates internos, rasgos que él aplicará al naciente PNV y que con el tiempo constituirán una seña de identidad del partido.

En busca del ‘bien íntegro’

Al aplicar tales pautas, en sus últimos cinco años de vida Sabino Arana piensa que la lucha armada debiera inspirar el sentido de la militancia nacionalista, pero sin extremismos, buscando a corto plazo la legalidad y la captación de vasquistas indecisos. Lo importante era mantener la cohesión ideológica en un avance que hábilmente sitúa en el terreno electoral y también en el de la sociabilidad, proponiendo organizaciones y actividades de todo tipo que tras su muerte irán configurando una expansiva microsociedad nacionalista, blindada contra las ideas y conductas propias del enemigo. Paralelamente, a efectos de propiciar la expansión en el orden político, está dispuesto a jugar fuerte, y por ello anuncia en junio de 1902 la formación de una Liga de Vascos Españolistas, dirigida a la autonomía, que con frecuencia ha sido vista como signo de una decisiva “evolución españolista”. Resultaría de este modo anecdótica la redacción por Sabino Arana ese mismo año de Libe, dramón patriótico de cartón piedra donde la heroína sacrifica su vida por la patria en el combate por la independencia, no sin antes cometer el pecado mortal de dar su amor al conde castellano. En realidad, cuando propuso la Liga, Sabino se limitaba a llevar a sus últimas consecuencias la recomendación de un pragmatismo ignaciano compatible con la intangibilidad de los principios. Lo había anunciado años atrás al recomendar a El Correo Vasco un “nacionalismo negativo” que encubriera el objetivo real de una independencia de Vizcaya en el seno de “la confederación con los otros estados de nuestra raza”, al tiempo que “deberá, siempre que pueda, desprestigiar a la nación española” y demostrar “la falsedad de sus glorias”. Con la moderación formal de la Liga, Sabino trataba de atraer a los españolistas, obtener “beligerancia ante las naciones”, “procurar el mayor bien a nuestro Pueblo y disponerle a pretender el bien íntegro” (carta a Aranzadi, 20 de marzo de 1903).

La meta final

Así que la meta final no podía ser la autonomía, sino la independencia, del mismo modo que se mantenía el fundamento de la lógica de exclusión del otro, con la divisoria insalvable entre el pueblo vasco y el español. Eran ambos, en palabras de Sabino, tan diferentes como las naranjas y las bellotas. Sólo los auténticos vascos, los nacionalistas, eran (y son) conscientes de tal distinción, incluso en medio del engañoso viraje táctico que implica la aceptación transitoria del Estado español, y por eso en ellos encarna Euzkadi. El posibilismo de 1902-1903 no alteró el fondo de su ideario.

Estábamos y estamos ante un nacionalismo biológico, en el sentido que aplica el término Léon Poliakov al alemán de la primera mitad del siglo XX, con lo cual quiebra toda perspectiva de construcción nacional por integración. Ciertamente, en los sesenta, con el Vasconia de Krutwig y los atisbos revolucionarios de la primera ETA, fue preciso repintar la fachada, procediendo a una transferencia de discriminación, desde la raza a la lengua, pero dejando intactos los planteamientos maniqueos propios de una religión política de la violencia, ahora del terror, anclada en un antiespañolismo visceral. Incluso en el PNV, el tiempo de las peregrinaciones al lugar sagrado, la tumba de Sabino, cedió paso a la discreta exhibición de su retrato en los batzokis en cuanto descubridor de que “Euzkadi es la patria de los vascos”. Pero según ha probado la historia reciente, tanto PNV y EA, como ETA y sus mil caras políticas, siguen fieles al mensaje esencial del pensamiento sabiniano: aquí Euzkadi, fuera España. No es, pues, extraño que la llamada a la solidaridad surgida del asesinato de Miguel Ángel Blanco pusiera en marcha en el PNV la dinámica de signo opuesto, conducente al pacto de Lizarra e inspirada en el Nik eztakit erdera de Sabino Arana que causara horror a Unamuno. Ante la angustia del otro convertido en víctima, indiferencia y fortalecimiento de la cohesión abertzale, por encima de la muerte. Apenas queda un resquicio para soñar con una nueva “evolución españolista” como aquella que en los años ochenta, a la sombra del “espíritu de Arriaga”, descubrió la posibilidad de una construcción nacional vasca compatible con la democracia española. Lejos de Sabino.