Sabino Arana y los maquetos

Lo que marcó la diferencia y llamó la atención de sus coetáneos, en el origen del nacionalismo vasco hace ahora 125 años, no fue un programa ideológico sutil y sofisticado, sino el empleo masivo, intensivo y obsesivo del término «maketo» y derivados (entre otros, «maketófilo», o sea el vasco amigo de los maquetos, o «Maketania», o sea España) por parte de su fundador Sabino Arana Goiri.

Por sintetizar páginas y páginas de sus obras completas donde emplea indiscriminadamente esta acepción, he aquí un breve muestrario suficientemente indicativo: «El maketo, he ahí al enemigo. Los maketos y su pestífera influencia. Los frutos del maketo: criminalidad, irreligiosidad, inmoralidad, indigencia, enfermedades. La invasión de los maketos no nos reporta más que daños de todo género. Los poco simpáticos rostros de los maketos. La espantosa invasión de los maketos».

Hay muchos más ejemplos: «Si habéis mezclado vuestra sangre con la española o maketa, os habéis hermanado y confundido con la raza más vil y despreciable de Europa. A los bizkainos les basta que los españoles o maketos se vayan de su territorio, para evitar todo peligro. Las costumbres inmorales y criminales del invasor maketo. La hez del pueblo maketo. En el tipo repugnante se le distingue al primer golpe de vista al individuo de raza maketa. Es preciso aislarnos de los maketos en todos los órdenes de la vida. En una palabra, es maketo todo español, sea católico o ateo».

Lo paradójico del asunto es que ni siquiera a Sabino Arana le resultaba fácil diferenciar a los maquetos de los vascos nativos. A veces acertaba a primera vista por detalles accesorios, como llevar gorra en lugar de boina o bailar «agarrao». Pero, si no, tenía que oírles hablar para, por el acento, saber ante quién estaba. Y cuando esto tampoco era suficiente, la única forma segura de diferenciar a un maqueto de un vasco solo podía ser por los apellidos, que son unos distintivos que a nadie se le ocurre llevar colgados del pecho, por ejemplo.

Es lo que le pasó al propio Sabino Arana con quien luego fue su íntimo amigo Miguel Cortés Navarro: para cuando quiso conocer sus apellidos ya había congeniado con él, hasta el punto de que fue el único maqueto que entró a formar parte de su círculo político más estrecho hasta el final.

El ataque furibundo descargado en su prensa contra los maquetos fue, por tanto, lo que le dio el sello a una nueva ideología que así rompía por completo con todas las anteriores y coetáneas, al proponer una separación radical respecto de España y los españoles, a los que había que discriminar de todas formas posibles en el propio País Vasco.

Pero una propuesta tan aberrante no puede nunca explicarse, ni siquiera justificarse, como algo propio de su época, como pretenden sus seguidores actuales, porque tal discriminación fue precisamente la que convirtió al nacionalismo en una ideología nueva y distinta de todo lo conocido hasta entonces. Y de hecho fue lo que marcó hasta la actualidad, de un modo indeleble, la visión del País Vasco para sus propios moradores.

Que los apellidos constituyen hoy una marca distinguidora que confiere un plus de derechos políticos a los habitantes del País Vasco se puede comprobar acudiendo a los hechos, tal como vengo demostrando en mis libros La identidad maketa, de 2006, y Perdí la identidad que nunca tuve, de 2010, así como en otros múltiples trabajos.

El recuento de los nombres de los políticos que desde 1979, con las primeras elecciones municipales y 1980 con las primeras autonómicas, han ocupado Ayuntamientos, Juntas Generales y Parlamento en el País Vasco hasta hoy, demuestra que los vascos que tienen los dos primeros apellidos eusquéricos ocupan puestos de representación política en una proporción enormemente superior a la de su presencia social real (un escaso 20%), mientras que los políticos con uno solo de los apellidos eusquérico o con ninguno, no tienen una presencia que equivalga, ni de lejos, con su real presencia social (un 30% y un 50% respectivamente).

En el País Vasco se han mezclado apellidos eusquéricos y castellanos desde tiempos inmemoriales, naturalmente, pero las proporciones actuales se empiezan a diseñar justo cuando vive el fundador del nacionalismo vasco, que es cuando empiezan a llegar grandes contingentes de inmigrantes al calor de la primera industrialización, incrementados luego en proporción geométrica durante los años 50 y 60 del siglo XX. Pero ha sido el PNV, desde su fundación, el que inculcó en la mentalidad vasca esa distinción, según la cual los apellidos eusquéricos certificaban pertenecer a la raza vasca.

Los escritos de Sabino Arana no dejan lugar a dudas de que suyo es el origen de esa aberración que hoy padecemos y que desde el PNV intentan disimular situando a personajes sin apellidos eusquéricos en contados puestos bien visibles, siendo el portavoz actual del PNV en el Congreso el caso más conocido.

Esta situación social y política, como digo comprobable por los hechos, ¿cómo la podríamos denominar? Yo creo que se podría definir como una dictadura etnicista bajo apariencia democrática.

Este tema de los apellidos merecería un estudio en profundidad que lo desmitificara de una vez, por el efecto tan catastrófico que tiene para nuestra convivencia el que unas élites se piensen, tanto en Euskadi como en Cataluña, que sus apellidos les confieren un plus de derechos políticos sobre el resto de sus conciudadanos. Ahí reside el meollo de nuestros actuales problemas territoriales.

Hasta el Concilio de Trento, allá por mediados del siglo XVI, no se pusieron por escrito, pero antes y aun después, hasta la aparición del Registro Civil –que es de 1841 para los grandes municipios y de 1871 para todos los demás–, cualquier persona podía ponerse los apellidos que quisiera, tanto de sus ascendientes como del lugar donde vivía, e incluso cambiárselos a lo largo de su vida si las circunstancias así lo exigían.

¿Cómo puede ser que algo tan perfectamente azaroso marque una etnia o una raza, como proponía el fundador del nacionalismo vasco hace 125 años, y que condicione hasta hoy de tal manera los usos políticos y sociales, generando el fenómeno de los maquetos en Euskadi o de los charnegos en Cataluña?

Pedro José Chacón Delgado es profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPV-EHU.

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