Sadam y las brechas que han quedado abiertas

Por Francisco Rodríguez Adrados, de la Real Academia España (ABC, 28/03/03):

De una idea justa (la guerra es mala) se están sacando consecuencias injustas (cerrar los ojos de la inteligencia al interpretar los hechos).

No se menciona a Sadam Husein, queda implícito que es el bueno atacado injustamente por Bush, el Señor de la Guerra, y sus aliados, Aznar sobre todo, los malos. Petróleo, víctimas inocentes, guerra preventiva, etc.

De una verdad, se saca una inmensa mentira, que arrastra a la gente. A gente de buenos sentimientos y alejada del conocimiento de los hechos.

Así es como el individuo se adhiere a los diversos grupos humanos: simplificando, olvidando, renunciando a la crítica para adherirse a una sola verdad. Pero esta vez es demasiado.

Ciertamente, ese problema debería haber sido resuelto mucho antes. Y los EE.UU. han pecado de ingenuos pidiendo al Consejo de Seguridad el certificado de buena conducta que este le negaba. Dejando que Sadam y Chirac ganaran tiempo: maniobrando, incumpliendo, buscando en el fondo detener la contra-ofensiva que se preparaba (porque de una contraofensiva se trataba). Dando estímulos a un creciente miedo, a una creciente histeria.

Los medios de comunicación, difundiendo la guerra-espectáculo y las manifestaciones-espectáculo, les han prestado y les prestan, sin quererlo, ayuda. Agua para Sadam. Es como un virus que se difunde e infiltra. Como una enfermedad.
Al final, lo que ha de sonar sonará, Sadam caerá y las cosas tendrán que recomponerse. Pero para mí lo grave de la situación no está tanto en Sadam, que es clónico de otros tiranos. El problema (una parte de un problema más grande), ya que no ha sido posible, por desgracia, resolverlo de otro modo, se resolverá con la guerra: esperemos que breve y lo menos destructora posible.

Para mí lo más grave han sido las dos brechas que este problema de Sadam y esta guerra han descubierto y han hecho crecer. Parecía que teníamos, gracias a la diplomacia y la ONU, de una parte, y a nuestras democracias, de otra, una concordia general y vivible. Al menos dentro de nuestras sociedades occidentales. Ahora se ve cuán dudosa, frágil, era.

La primera brecha es entre Europa y América, apenas disimulada gracias a España y otras naciones. Sin duda existía, bien sabemos del antiamericanismo tópico. Que convive con una americanización general que a mí, la verdad, me gusta menos que a los antiamericanos que luego todo lo copian de América.

Sin negar que todo imperio tiende a la prepotencia y al abuso, lean los libros de historia, acuérdense de Roma y los demás. Es innegable que estos imperios, incluido el nuestro, han creado unidad, coherencia y progreso. Pero también resentimiento. Y no sólo por los abusos. Hay una cosa que se llama la ingratitud humana. Los que tenemos los años que tenemos sabemos muy bien que, a veces, alguien que nos lo debe todo, es el que todo nos lo niega.

Pero es una experiencia triste. No se había manifestado en Afganistán ni en Kosovo y ahora brota de pronto. América libró a Francia, a Alemania y a Rusia de Hitler y de Stalin. Pues vean el resultado. Claro que otros factores se han añadido en cada caso: sobre todo, el recuerdo de un imperio o poderío anteriores. La fantasía de una imposible competencia, de un «también nosotros», ¡quizá, quizá en esta circunstancia!

O, al menos, el orgullo de poner chinas al que es demasiado poderoso y los ha desplazado. Sobre todo en el caso de Francia (pero ya Francisco I se alió con el turco contra la Cristiandad, que en aquel momento dirigía Carlos V).

Esperamos que todo esto pase, va contra toda la lógica histórica y humana. Parece como si esas naciones europeas, por mirarse el ombligo, se olvidaran del mundo presente, que exige unidad. Los hechos se imponen, tendrá que haber una marcha atrás y un acuerdo. Pero ha sido triste ver algo que, evidentemente, subyacía oculto y ahora ha salido a luz: no somos los mismos, hay problemas graves entre Europa (ciertas naciones de Europa) y América.

La segunda brecha es la social y política (más política que social). Parecía, hasta cierto punto, curada gracias al crecimiento económico y al sistema democrático. Crecimiento de todos, poder que alterna según los votos. Abandono de ciertos temas divisivos, ya obsoletos.

Pues ahí está otra vez la brecha, la fisura. Y el viejo sistema del griterío, las manifestaciones, la violencia. En todo caso, no resulta demasiado extraño que la oportunidad la hayan abrazado representantes de un comunismo ya imposible que intenta resucitar o sindicalistas folloneros que buscan el poder. Todo ese agarrarse a la calle, estimulada por ellos con algún pretexto, es lo suyo. No tienen otra cosa.

Lo más escandaloso es el partido socialista. Han girado en U, han vuelto a sus momentos peores. Las alianzas que ahora contraen, sin duda sólo coyunturales y tácticas, recuerdan las del 34 y 36, de tan detestables resultados (recuerdo lo que escribía Prieto en el exilio).

Sin duda, no querían quedar rebasados, querían ganar. Y ya ven.

Pero luego, a la muerte de Franco, aceptaron un acuerdo entre las diversas fuerzas, renunciaron al marxismo y a la nacionalización de los bancos, renunciaron después a la postura anti-OTAN y a otras utopías o locuras más. Lograron ganar las elecciones del 82. Y si cayeron luego, no fue tanto por sus errores doctrinarios (fueron muchos), sino por los escándalos económicos. Estos los han dejado atrás, ellos son ahora una opción válida.

Y en esto, llega la guerra, una como otras varias en las que el mundo occidental ha defendido sus valores y en las que ellos han colaborado, las han aceptado. Y rompen su línea, aprovechando una mera coyuntura se unen a los que siempre les han perjudicado. Creen que con eso ganan.

Dudo que ganen a corto plazo. A largo plazo, sin duda que pierden.

Pertenecen hoy al «meanstream» de nuestra sociedad, a él deben volver.

Si en un momento de pasión piensan que su yo está en otra parte y deben retornar a él (siempre quedan adherencias al pasado), tras la guerra verán que esto no es verdad.

Todo ese volverse a la manifestación y la pancarta es un error. Y no dudo de que muchos lo hacen con la mejor buena fé: la guerra es terrible y el clima que se ha desencadenado no deja ver claro. Pero hay que examinar las cosas. Quienes al final del franquismo organizaban ese mismo clima, no alcanzaron el poder, y ellos, que apenas si existían, lo ganaron.

En el fondo, todos esos movimientos de masas, que a veces arrastran, ciertamente, a personas que ven en ellos una forma de expresar su verdad, asustan a la gente. Provocan más rechazo, rechazo oculto, que otra cosa. No creo que, en nuestro clima social, se impongan a la larga.

Claro que otros no tienen otra cosa: pero ellos sí la tienen. Por eso no entiendo el cambio de política que con tanta vehemencia defiende Rodríguez Zapatero. Ni desde el punto de vista general ni desde el de ellos. Por agarrar un presente incierto, hipotecan el futuro de su partido. Se han metido en una trampa mortal. Han repetido el error de Largo Caballero.
Se darán un tiempo y cambiarán. Porque el estadista debe mirar a lo lejos, hacia atrás y hacia adelante. No a lo que tiene a los pies, interpretado unilateralmente. No a la pasión. Sólo con una perspectiva amplia, que atienda a los hechos, puede construirse una política.

Y, volviendo al tema central, sean cuales sean las razones y sinrazones de Bush, es triste y peligroso, yo diría que suicida, que, por primera vez, Occidente se enfrente a un problema grave doblemente dividido.

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