Sáhara: lógica y razón

Causa impresión, por la amarga decepción que se desprende de ella, la lectura del testamento político que el recién cesado enviado personal del secretario General de Naciones Unidas para el Sáhara, Peter Van Walsum, difundió en forma de tribuna en el diario El País el pasado 28 de agosto.

El veterano diplomático holandés, de 74 años, había sido nombrado por el anterior secretario general de la ONU, Kofi Annan, en agosto del 2005, para suceder, después de un difícil paréntesis de un año, al norteamericano comisionado para ese cargo, James Baker, que presentó su dimisión en el mes junio del 2004.

Para Marruecos, Baker fue un hombre con coraje, que cumplió su misión con mucha objetividad. Tuvo la valentía, según el ministro portavoz del Gobierno marroquí, Khalid Naciri, de «afirmar aquello que todos los sabios del mundo admiten: que la creación de un sexto Estado en el Magreb es absurda».

En cambio, la versión del Frente Polisario es muy diferente. Su líder, Mohamed Abdelaziz, había descalificado reiteradamente a Baker y había solicitado su destitución. Esa exigencia, planteada ante la ONU, era la condición previa para seguir negociando con Marruecos –en lo que sería una quinta ronda– en el suburbio neoyorquino de Manhasset, donde desde hace un año se celebran conversaciones bilaterales. «Se ha autoexcluido por su posición favorable al ocupante marroquí», ha declarado recientemente Abdelaziz sobre Baker.

En mi opinión, la carta de Van Walsum es honesta y pretende prestar un último servicio a la comunidad internacional, alertando de los rígidos condicionantes que colapsan cualquier intento de solucionar el problema. Reconoce el diplomático holandés que el derecho internacional avala las tesis del Polisario. Esa tesis hace referencia a la resolución 1514 sobre descolonización y autodeterminación aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1960 y a la interpretación que posteriormente, en 1975, hizo la Corte Internacional de Justicia, que proclamó la «no existencia de vínculos precoloniales entre Marruecos y el Sáhara que pudieran afectar a dicha resolución».

No obstante, Van Walsum sostiene que «la legalidad internacional no es lo mismo que el derecho internacional. Es evidente que el Consejo de Seguridad tiene que acatar el derecho, pero también tiene que tener en cuenta la realidad política». Aquí radica el problema.

Tras su experiencia de tres años, Walsum afronta de forma valiente la difícil situación real. Parte de la base de que el Consejo de Seguridad impondrá siempre una fórmula consensuada. ¡Demasiados problemas hay en el mundo como para pensar en imponer un estatus determinado en el Sáhara aplicando las medidas coercitivas que contempla el capítulo VII de la carta fundacional de la ONU! Es lo que parece deducirse de estos hechos.

Pero esta solución consensuada choca con un primer escollo: Marruecos se niega a llevar a cabo el referendo reiteradamente recomendado por Naciones Unidas. Y un segundo escollo es aun más determinante: el Polisario solo quiere hablar de soberanía completa.

Van Walsum apunta que «si el Frente Polisario pudiera contemplar una hipotética solución negociada que no fuera la independencia total, contaría seguramente con un abrumador apoyo internacional» que garantizaría el pleno uso de sus libertades y constantes históricas. No debería despreciarse este último mensaje de un diplomático con experiencia y reconocida honestidad, si no se quiere perpetuar el problema del pueblo saharaui.

Cuando a este diplomático se le sugiere el caso de Timor Oriental, que permaneció ocupado por Indonesia durante 24 años antes de acceder a su independencia, y se pretende comparar esa situación con la del Sáhara, responde: «Es moralmente satisfactorio brindar un apoyo incondicional a los que están en su derecho, pero debe tenerse en cuenta el riesgo de crear falsas esperanzas y prolongar la agonía».

El actual secretario general de la ONU, el surcoreano Ban Ki Moon, estuvo hace unas semanas en Madrid. Por supuesto que le preocupa el tema, y por supuesto que España está muy sensibilizada con el problema del Sáhara y materializa su apoyo de mil formas, entre las que fluye la generosidad y un honesto sentimiento de apoyo al mas débil. En la agenda del Gobierno, y concretamente en la del ministro de Asuntos Exteriores, el tema está sobre la mesa. Si han pasado 33 años de la salida de España del territorio, ¿es posible proponer que sea un español el próximo enviado especial del secretario general de la ONU? Hay suficientes personas capaces de hacer esa labor, porque las posibles reticencias están más que superadas. Aquí se ama a marroquís y saharauis, estamos próximos a ellos y hemos demostrado ser generosos y buenos gestores en misiones internacionales.

Es bueno el orgullo de un pueblo. Conocemos, y está más que constatado, el del pueblo saharaui. Pero el sacrificio de sucesivas generaciones no puede eternizarse. No es imposible encontrar soluciones históricas en los manuales de derecho internacional. Es cuestión de conjuntar razón y lógica.

Luis Alejandre, general.