Saldremos en el ‘Guinness’

Por J. M. Ruiz Soroa (EL CORREO DIGITAL, 29/05/08):

El origen de la utilización de los referendos como medio para solventar las cuestiones conflictivas en torno a la soberanía nacional está en Canadá. Y precisamente allí, como Ibarretxe se ha hartado de citar (cuando le convenía) se generó un primer acervo de doctrina en torno a esta tipo de consultas plebiscitarias. En concreto, el dictamen del Tribunal Supremo de aquel país de 20.08.1998 estableció por vez primera las condiciones mínimas que ellas deben cumplir.

Pues bien, el tribunal subrayó que lo más importante es poder evaluar «cualitativamente» la efectividad y seriedad de la voluntad soberanista, para lo cual es esencial que se trate de «una voluntad libre de toda ambigüedad; libre de ambigüedad, en primer lugar, en los términos de la pregunta sometida a consulta». Es la famosa «regla de la claridad»: preguntas claras, simples y directas, respuestas por mayorías suficientes.

Pues bien, si algo puede decirse de las preguntas presentadas por el Gobierno vasco ayer es, ante todo y sobre todo, que carecen de la más mínima claridad. En efecto, ya de entrada se mezclan dos preguntas sobre asuntos diversos que malamente pueden influirse entre sí: es perfectamente posible decir sí a una y no a la otra. Sin embargo, se exige una respuesta única, lo que resulta perturbador para la formación reflexiva de una voluntad. Y, sobre todo, en la pregunta soberanista que es la esencial, la cuestión nuclear se disfraza con tal número de cautelas, ropajes y disimulos que la hacen irreconocible: no se menciona ninguno de los términos clave y nítidos en esta materia (soberanía, independencia, secesión), y sí en cambio un sinnúmero de condicionantes procedimentales accesorios y borrosos: no exclusión, acuerdo democrático, derecho a decidir, otro futuro referéndum, etc. Es una pregunta que sólo puede calificarse de «ratonera» para pillar incautos.

Algún día se estudiarán en las facultades de ciencias políticas las políticas secesionistas llevadas a cabo en diversos países. Con seguridad, se valorarán entonces las preguntas sometidas a las poblaciones respectivas, según se acerquen más o menos al ideal de claridad. Estoy seguro de que la nuestra se enseñará como mejor ejemplo de pregunta confusa, tramposa y obscura. Vamos, que pasaremos al récord de los ‘Guinness’. Dudoso honor para esta sociedad y, sobre todo, para su gobierno actual. Pues ni siquiera es capaz de preguntar a su sociedad, con sencillez y claridad, lo que quiere.