Salir de esta

El pulso interminable que vienen protagonizando PSOE y PP desde hace quince años, a la búsqueda de una victoria tan contundente que permita a quien la consiga deshacerse del contrincante para mucho tiempo, ha impedido que la política pudiera aprovechar en España las oportunidades que le ha brindado la crisis para legitimarse como un espacio de juego moralmente más elevado que el que condujo a la recesión global, y eficaz ante tan excepcional coyuntura. Sin embargo, la espiral de la confrontación entre los dos únicos partidos que, por ahora, están llamados a sucederse al frente del país ha acabado aprovechándose de las incertidumbres que presenta la crisis para recrear un a modo de nuevo abismo ideológico. Aunque con el paso de los meses tal recreación no ha logrado cuajar más que como un movimiento instintivo, puramente táctico, compuesto por una sucesión de intentos para descolocar al adversario y de réplicas defensivas por parte de este.

Al margen de las habituales interpretaciones mitificadoras de la transición – por ejemplo, respecto a los pactos de la Moncloa-,aquel periodo no dejó escrito código alguno sobre la combinación precisa de coincidencias y discrepancias en las que convendría basar la realización democrática. Esta constituye, en buena medida, un ejercicio de renuncia por parte de los distintos actores políticos y sociales, por parte de cada ciudadano. Pero, como es lógico, tampoco está escrito cuánto y sobre qué ha de renunciar cada cual para acomodarse a los demás. A veces son notables las incongruencias, como la inclinación a pactar minucias intrascendentes aunque llamativas, mientras que se evita el acuerdo sobre cuestiones fundamentales. En otras ocasiones, basta una ocurrencia de fin de semana para provocar un incendio que arrasa las posibilidades de entendimiento en tal o cual tema. Pero quizá haya llegado el momento de reconocer que, si los dos principales partidos no quieren, no pueden o no saben hacer las cosas de otra manera, habrá que aceptarlos así. Cuando menos mientras la voluntad ciudadana, que en la expresión de su opinión siempre trata de quedar bien deplorando el enfrentamiento partidista, prefiera asistir al empate infinito entre dos fuerzas que no saben muy bien cómo tratarse para lograr su perpetuación.

Porque el problema que presenta la política española al desaprovechar las oportunidades que la crisis le ha brindado para hacerse valer ante la ciudadanía no está tanto en su indisposición al acuerdo como en su indolencia a la hora de optar por unas u otras soluciones, y en el debilitamiento de estas a medida que se pospone su aplicación. Basta repasar el catálogo de iniciativas que han desembocado en el palacio de Zurbano para sorprenderse de su carácter trivial; incluso del tono inocente que adquiere su enunciado. Qué decir del descubrimiento realizado sobre el potencial transformador de la rehabilitación de viviendas. De medidas contra el fraude que sólo invitan a preguntarse por qué no fueron aprobadas años atrás. O cuándo aceptaremos que la disponibilidad crediticia no es ni el único ni el principal problema de nuestras empresas. Es probable que, ya a estas alturas, las respuestas que la política ofrezca para adelantar la fecha de inicio de la recuperación económica sólo puedan ser pequeñas, sencillas y hasta cortoplacistas. Pero en ese caso la política – la del Gobierno y también la de la oposición-debería ahorrarnos el dibujo de su luminoso horizonte.

Queda en el aire la pregunta de por qué socialistas y populares vienen actuando como lo están haciendo; si ello responde a un cálculo preciso en el que se integran razones clientelares, rigurosos pronósticos y criterios presupuestarios de calado, o si más bien es el resultado de la conocida dinámica por la cual el político tiende a remachar cada día la ocurrencia del día anterior. Los mensajes que presentan a un Gobierno responsable y comprometido frente a un PP insolidario y aliado de la crisis, como los que tachan al Ejecutivo de caótico e irresponsable ante los adalides de la estabilidad, que son los populares, han conformado desde antes de los comicios de marzo del 2008 una espiral tan ensordecedora que imposibilita cualquier debate sereno sobre las medidas que adoptar. La coincidencia en la producción de ese ruido ambiental refleja la incapacidad de los partidos – también de las instituciones-,no para el acuerdo, sino para la generación de alternativas y soluciones viables y eficaces. Las opciones económicas de cada cual y la puesta en escena del diálogo y del disenso ni siquiera emanan de una estrategia política definida, por mucho que nos empeñemos en obsequiar el instinto de los partidos con tal calificativo. Se trata sencillamente de salir de esta como mejor se pueda, esperando siempre que el adversario acabe más perjudicado.

Kepa Aulestia