Salomón y la reina de Saba

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 25/11/07):

Pocas leyendas acreditan tanto el diagnóstico poético de Espriú cuando escribió que «diversos son los hombres, diversas las hablas y han convenido muchos nombres a un solo amor» como la del sabio y justiciero Salomón y esa zalamera reina de Saba a quien la tradición bíblica llama Makeda, la islámica Bilqis y la etíope Nikaule o Nicaula.

También la naturaleza de su relación va de menos a más en función del grado de hedonismo que impregna las respectivas culturas. Si hubiera que juzgar por el Primer Libro de los Reyes o el Evangelio de San Lucas cualquiera diría que todo quedó en una intensa confianza intelectual. Así el uno nos dice que «no había nada oculto que el rey no le contara» (I Reyes 10,1) y el otro que «ella acudió desde los confines del mundo a alabar la sabiduría de Salomón» (Lucas 11,31).

Más interesante empieza a ponerse el Corán cuando en el versículo 44 de la sura 27, llamada De las hormigas, describe su primer encuentro: «Se le dijo (a la reina): ‘¡Entra en el palacio!’. Cuando ella lo vio creyó que era un estanque de agua y se descubrió las piernas. Y él (Salomón) le dijo: ‘Es un palacio pavimentado de cristal’».

Pero el texto que realmente es capaz de colmar de forma coherente las intuiciones de nuestra fantasía es el Kebra Negast o Libro de la Gloria de los Reyes de Etiopía que, poniendo por delante que «ella quedó profundamente asombrada por lo sabio que era su entendimiento», enseguida añade lo mucho que le impresionaron también la «elegancia», la «estatura», «la sutileza de su voz», «la entonación de sus labios» o «la dignidad de sus órdenes». De ahí que, cuando ella habla ya en primera persona, todos podamos darnos cuenta de qué va la cosa: «Oh, cuánto me ha gustado la dulzura de tu voz, la belleza de tu andar y la gracia de tus palabras!… Miro hacia ti y veo que eres como una lámpara en la oscuridad, como una granada en el jardín, como una perla en el mar, como la Estrella de la Mañana en la noche, como la luz de la luna en la niebla…». Y así sucesivamente.

Sólo esta técnica de aproximaciones paulatinas permite captar también todo el significado de la honda comunión entre el juez Javier Gómez Bermúdez, presidente del tribunal y ponente de la sentencia del 11-M, y su esposa, la periodista Elisa Beni, tal y como queda acreditada en su ya seguro best seller La Soledad del Juzgador que mañana será presentado en sociedad.

La interpretación bíblica basta para explicar el nivel de confianza que le permite a ella reproducir las conversaciones del juez con la fiscal Olga Sánchez -Chiquilla, para los amigos-, el abogado Endika Zulueta -al que, mira por dónde, Su Señoría estimula a asumir la defensa del único pez gordo al que luego absolverá- o el instructor Juan del Olmo, como si estuviera delante. ¿O acaso lo estaba? Permite incluso entender ese segundo párrafo de la página 344 -«Teniendo en cuenta que los jueces no habían vuelto a verse ni a hablar desde mediados de julio y que todo lo deliberado lo había sido por unanimidad…»- que, según muy diversos exégetas de la Ley Orgánica del Poder Judicial haría poco menos que ineludible la apertura de un expediente disciplinario por parte del CGPJ, pues fue por indiscreciones similares por las que el magistrado Miguel Moreiras terminó siendo expulsado de la Audiencia.

El acercamiento coránico a la mujer que enseña los tobillos al confundir la transparencia del agua con el engañoso efecto del suelo cubierto de espejos nos ayuda a entender la profunda satisfacción que nuestra colega exhibe cuando «mi juez» -o sea, su juez- la llama «cielo», deja constancia de que «prefiere mi cocina norteña» -o sea, su cocina norteña- y se cruza con ella «un estoy contigo -o sea, con ella – privado e intransferible». También explica la incontenible satisfacción que la autora parece sentir -«¡Qué pedazo de foto morbosa se están perdiendo!»- cuando el ascensor del Reina Sofía alberga a «tres parejas»: el ministro de Justicia con su esposa, el fiscal general del Estado con la suya «y nosotros». O sea, ellos.

En otro orden de cosas, también es el Corán el que introduce en el relato la figura del Hudhud o pájaro abubilla que va informando a Salomón de los movimientos de sus adversarios con la misma puntualidad con que una bandada de «palomas» transmite al matrimonio Bermúdez-Beni las opiniones que tanto en La Moncloa como en la calle Génova van suscitando los comportamientos del juez a lo largo de la vista oral. Con la misma puntualidad con que esa bandada de «palomas» les comunica también los avatares por los que paralelamente atraviesa el asunto que más obsesiona a ambos: la marcha de los recursos que mantienen sobre ellos la espada de Damocles de la anulación del nombramiento de Bermúdez como presidente de la Sala de lo Penal y por ende como conductor mediático del Tribunal del 11-M. Dicen, por cierto, las malas lenguas que cuando el juez Guevara leyó lo de las «palomas» su primera reacción fue comentar irónicamente que él habría decretado el ingreso en prisión de dichas «aves».

Probablemente sea esa sensación de estar sorteando juntos -ora ciñéndose a la derecha, ora haciéndolo a la izquierda- los peligrosos arrecifes de la política, lo que lleve a la señora de Bermúdez a comparar a «mi juez» con el doble campeón del mundo Fernando Alonso y a exclamar con la ironía de quien siente pasar la procesión muy dentro: «¡Qué controlable parece el Fórmula 1! ¡Qué poco vértigo da la velocidad! ¡Qué sencillas se hacen las curvas!».

Pero, como en el caso de Salomón y la reina de Saba, sólo una labor de cala y cata desde la intensa sensualidad africana del Kebra Negast nos permite absorber el sentido profundo de esta esclarecedora obra literaria y la verdadera dimensión de los lazos existentes entre los señores de Bermúdez durante esos días decisivos en los que, además de las especialidades gastronómicas «norteñas», ella cocinaba el best seller y él la sentencia del 11-M. Y es que, en el momento en que sus vidas se cruzaron, al igual que le ocurrió al hijo de David, Su Señoría dejó de necesitar tener abuela.

He aquí un breve florilegio sin ánimo alguno de ser exhaustivo: «Siempre he admirado el temple del juez… Parece un auténtico discípulo de Sun Tzu: ‘Utilizar el orden para enfrentarse al desorden, utilizar la calma para enfrentarse a los que se agitan, esto es dominar el corazón’… Nadie podría creer que una mirada tan clara, tan honesta pudiera cobijar al rastrero prevaricador que querían presentar… Ahí está, un juge en majesté, como titularían después los medios franceses… Si hay algo que no se le sube a la cabeza son los focos… Da bien en cámara, tiene una buena voz y cosas interesantes que decir con ella, es pedagógico en sus explicaciones, natural sin dejar de ser solvente, abreviando, es un personaje que gusta al medio, incluso al audiovisual que es el más complejo…». Y así sucesivamente.

De ahí que buena parte del libro de la señora de Bermúdez esté destinado a recopilar cómo «personajes de todos los ámbitos de la vida española, de cantantes a periodistas, de políticos a literatos, felicitaron al magistrado por su tarea». Así, nada menos que la vicepresidenta Fernández de la Vega, en plena vista oral: «Lo estás llevando magníficamente, estás dando un ejemplo impresionante, es un orgullo para este país». Así nada más que una «magistrado supertrabajadora» al final del juicio: «Eres el mejor. Hay qué ver con que par dijiste que lo acababas y lo has acabado… El que no quiera reconocerlo será por envidia».

A nadie puede sorprenderle, pues, que después de todo este baño con el pringoso jabón de las estrellas, la señora de Bermúdez, haciendo alusión a un viejo mote sobre el cráneo rasurado de su ídolo, llegue a proclamar triunfante, cual si se plantara con los brazos en jarras ante un colega: «Yo soy la mujer de Pelo Roto». O que una vez salidos del horno conyugal tanto la sentencia como el libro, la visita con las manos enlazadas al monumento a las víctimas que tanto significarán siempre en la trayectoria profesional de ambos vaya «acompañada por un escalofrío, por el acero de la pérdida, por la mera idea de no volver a sentirle».

Ese mismo «escalofrío» se dibuja en el aire una, dos, cien veces cuando temen que pueda escapárseles la plaza -es decir, el poder y la gloria- que tratan de arrebatarles los jueces Garzón y De Prada, a quienes ella cubre de improperios. «La eventualidad de que el nombramiento pudiera ser anulado de nuevo se mantuvo durante todo el juicio y la elaboración de la sentencia», confiesa con apenas reprimido espanto. Lady Macbeth termina criando tanta mala sangre que necesita ir «al médico». El siente que el apoyo de la Fiscalía al enésimo recurso ante el Supremo, que una de sus «palomas» relaciona con unas declaraciones suyas a EL MUNDO -más que inocuas, inanes-, es la gota que «colma el vaso» y da rienda suelta al único estallido de indignación, tal vez de cólera, que el libro pone en su boca: «¿Y no se podrá, alguna vez, trabajar rodeado de la serenidad necesaria? ¿No será posible?».

Mientras cocinan sus respectivos guisos, ambos saben que dependen del juego de mayorías tanto de la Sala Segunda como del Consejo del Poder Judicial y que, por ende, no les queda otra que encontrar la forma de contentar tanto al PSOE como al PP -o a lo que ella llama con superioridad arbitral «los dos bandos político-mediáticos en conflicto»-, aunque sea acertando con el punto de nieve.

Repasando estos pasajes que taladran transversalmente el relato, cualquiera diría que esa espada de Damocles que los Bermúdez sienten constantemente sobre su cabeza es la misma maldición de Tyrone Power que planeó sobre todo el elenco de Salomón y la reina de Saba, después de que el galán de Cincinatti muriera el 15 de noviembre de 1958 en Madrid, víctima de un infarto tras rodar en El Escorial la ardorosa escena de uno de los duelos a espada entre el, para muchos, rey usurpador y su hermanastro Adonías, encarnado por George Sanders. Al director de la película, King Vidor, nunca más volvieron a encargarle otra y el propio Sanders, trasunto perfecto por su mirada torva de Garzón -De Prada sería su lugarteniente Joab-, terminaría suicidándose en la Costa Brava. Yul Brynner, el gran Pelo Roto de Hollywood que finalmente protagonizó la superproducción, recordaría siempre con aprensión estos hechos y a su partenaire Gina Lollobrigida aún deben aparecérsele de cuando en cuando algunos fantasmas.

Podría alegarse ahora que, si bien el parecido físico entre los dos galanes de cráneo reluciente es irrebatible, yo estoy transformando a una pantera africana -Nigra sum sed formosa, dice con racismo adversativo la traducción al latín de la irrupción de Makeda en el Cantar de los Cantares: «Soy negra, pero hermosa»-, o en todo caso a una sensual belleza mediterránea como la Lollo en una institutriz rubia, pálida y larguirucha. Conste en mi descargo que antes que yo ya lo hicieron Tintoretto, Lucas de Heere o Piero della Francesca -en cuyos frescos de Arezzo, al decir de la teóloga Susan Durber, la reina de Saba «casi parece una rosa inglesa-, universalizando así el gran tema del amor, la vanidad, la seducción y la ambición.

Además, lo que me hace insistir en aquella película de la Metro como referencia, no es tanto el paralelismo entre los personajes como la extraordinaria elocuencia de dos pasajes de su argumento a la hora de terminar de entender tanto el plato recalentado que el pasado 31 de octubre nos sirvieron los Bermúdez como el dilema al que mañana mismo han de hacer frente. Y es que, en primer lugar, nada explica mejor el sentido y hasta la técnica jurídica de la sentencia del 11-M como la escena -rodada, por cierto, en las lomas de la localidad zaragozana de Valdespartera- en la que, a falta de cualquier otro recurso estratégico, Salomón ordena al ejército hebreo girar sus escudos hacia el sol para convertirlos en espejos tan engañosos como el suelo de su palacio y deslumbrar así a los atacantes egipcios, empujándoles hasta el barranco de la confusión.

Exactamente ésa ha sido la aportación de la ponencia en los 600 folios de sentencia. Bermúdez no tenía margen procesal para otra cosa, pues había que llegar a un veredicto a tiempo de que el Supremo pudiera afrontar la casación sin tener que poner en libertad provisional a los grandes condenados. Tampoco tenía margen político, pues ahí estaba la espada de Damocles de la anulación de su nombramiento. Y ahora sabemos que ni siquiera tenía margen personal, pues desde el primer momento que tuvo conocimiento de que no era el único que estaba «redactando» en casa, no pudo por menos que ser consciente de cómo recibirían los tirios o los troyanos la purrusalda de su reina de Saba si la sentencia dejara desnudo de argumentos a uno de «los dos bandos político-mediáticos en conflicto».

Con innegable habilidad, el Salomón que enseguida decidió partir el bebé giró entonces el escudo de su conciencia hacia el único sol presente en el firmamento -el de la patética instrucción de Del Olmo y Chiquilla-, arrastrando a sus colegas a la desagradable encrucijada de la aquiescencia o la discrepancia sin alternativa alguna que presentar a una opinión pública ansiosa de respuestas, y convirtió el apartado de «hechos probados» de la sentencia en un mero reflejo de los escritos con que el titular del Juzgado número 6 cerró el sumario, aplicando, eso sí, cierto «orden al desorden», según las técnicas de Sun Tzu cuyo dominio su mujercita le atribuye. Pese al abuso de los argumentos circulares -puesto que la mochila tiene que ver con la Kangoo, está claro que la Kangoo tiene que tener que ver con la mochila- y la inclusión de falacias tan vergonzosas como la apelación a un inexistente análisis cuantitativo de los restos de explosivos de los focos, es indiscutible que gran parte del pueblo hebreo e incluso algunos de los más sabios de entre las siete tribus quedaron, en efecto, deslumbrados.

Pero el virtuosismo del juez alcanzó el grado suficiente como para hacerle capaz de graduar el nivel de exposición de su conciencia a ese sol, no fuera a ser que con tanto deslumbramiento hubiera una epidemia de quemaduras en la piel y hasta casos de ceguera permanente entre los moradores de un lado del río que de ninguna manera podía desatender. Por eso en este periódico sabíamos desde el 11 de octubre que el juez Bermúdez le había dicho a un relevante cargo público -uno de los múltiples y variados visitantes de su camarote de los hermanos Marx- que si él fuera el director de EL MUNDO al día siguiente de la sentencia titularía en portada: «Absueltos los cerebros del 11-M». Nunca se ha visto mejor profecía autocumplida.

Y por eso uno de los más altos dirigentes del PSOE culminaba el otro día la expresión de una indignación exactamente opuesta, y por lo tanto simétrica, a la mía, ofreciéndome este razonable argumento jurídico: «¿Pero cuándo has visto tú una sentencia que empiece con que hay unos tíos subidos a unos trenes poniendo unas bombas? ¿Cómo han llegado hasta ahí? ¿Quién les ha enviado? Y, sobre todo, ¿por qué lo están haciendo? Nada de eso se nos dice».

No, Solomon and Sheba, Mac Millan and Wife necesitaban el empate. Otra vez la equis. Ni en el libro -que nos cubre de piropos a todos los periodistas relevantes de «los dos bandos»-, ni en la sentencia podía haber otros vencedores sino ellos u otros vencidos sino los impugnadores impenitentes del trono de su gloria y ese trío estrafalario de únicos condenados por el 11-M que, al fin y a la postre, forman el ex minero Trashorras, Zougam el del locutorio y el albañil Gnaoui.

Nunca tan pocos engañaron tanto a tantos. Pero mañana llega la prueba de fuego para la Bermúdez SL, y ésta es la segunda gran similitud, pues el envite del acto público de presentación del incunable equivale para el juez al órdago que la celebración del rito pagano en honor del dios del amor y la fecundidad -Rha-gon, en la película- en los extramuros de Jerusalén, supuso para Salomón. Aunque el ejemplo del Garzón conferenciante, reportero, titiritero y en sus ratos libres juez parezca estar cundiendo -Díaz Herrera al fin le pone en su sitio en el documentado volumen que lanza ahora La Esfera de los Libros-, quienes tienen encomendado por la Constitución el ejercicio de la función jurisdiccional como el austero culto de una religión monoteísta deberían apartarse por principio de cualquier sarao mediático bajo la intrínseca sospecha de idolatría. Pero si encima se trata del lanzamiento comercial del libro que su chica ha escrito gracias a sus confidencias de alcoba durante el frustrante juicio por la no aclarada mayor masacre de la historia de España, es inevitable que todas las miradas se claven en él como las del profeta Natán, el sacerdote Zadok y todos cuantos le habían apoyado se clavaron en Salomón cuando no sólo autorizó el sensual guateque de la reina de Saba, sino que anunció que estaría entre los asistentes.

Bermúdez debería interpretar el tantarantán que su colega Guevara acaba de dar a su tinglado con «lacerada» indignación como una advertencia idéntica a la que la joven Abisagh, celosa personificación de la pureza, dirige a Salomón, cogiéndole del brazo: «No vayas, no busques tu propia destrucción, te lo suplico…». El problema es que, aunque no tengan régimen de bienes gananciales, Bermúdez ha repartido ya poco menos que en mano las invitaciones.

Sólo la incomparecencia de Yul Bermúdez y el rápido desvío de los derechos de autor de Gina Lollobeni a las asociaciones de víctimas podría paliar el escándalo que produce el intolerable circo que están montando a pachas. En todo caso, hagan lo que hagan, aunque ningún rayo brotará del cielo para derribar la sentencia del 11-M cual si fuera el edificio de cartón piedra que en la superproducción de la Metro representaba al Templo de Salomón, pues la casación ante el Supremo no afecta ni siquiera a los más improbables de los «hechos probados», parece urgente que el CGPJ tome cartas en el asunto, como lo hizo el Consejo General de Patriarcas de Judea, para que el clamor que crece en la calle encuentre por una vez soporte institucional. Porque, como el propio Salomón Brynner admite en el pórtico de su decadencia, «todo Israel sabe ya que Dios ha abandonado al hijo de David».