Saltar sin agua en Europa

El agua no está ni fría ni caliente. Simplemente, no hay. Si los independentistas celebran su salto de independencia unilateral, no tendrán agua en Europa para acomodar su caída. Ningún actor relevante reconocería una declaración de independencia unilateral ni simpatizaría con un Govern decidido a adentrarse en un terreno donde no rige la ley. La torpeza con que el Gobierno español manejó el 1-O no evitó la celebración de un referéndum ilegal y sin garantías. Las lamentables imágenes de las cargas policiales generaron perplejidad y una ola de comprensión en la opinión pública europea hacia las reivindicaciones catalanas, pero la cuestión de fondo permanece inmutable: la DUI sería inaceptable.

La Comisión Europea y varios líderes dejaron clara su opinión: la violencia no es un método para resolver conflictos. Pero la situación ha evolucionado con el discurso del Rey, el traslado de importantes empresas fuera de Catalunya y la persistencia de Carles Puigdemont en seguir adelante con la vulneración de la ley. En Europa insisten: el ordenamiento constitucional debe ser el marco para resolver el problema.

Frans Timmermans, vicepresidente de la Comisión, se explayó en un debate celebrado el miércoles en el Parlamento Europeo. Destaco algunas frases: «el cumplimiento del Estado de derecho no es opcional»; «una opinión no es más válida que otra solo por expresarse más alto»; «mantener el Estado de derecho es una obligación que a veces requiere el uso proporcional de la fuerza». También denunció elementos de «nacional populismo».

La obsesión de la UE con el respeto al Estado de derecho – encarnado en la Constitución española – no es caprichosa. Sobre un terreno fértil para la violencia donde regía la ley del más fuerte, la Unión nació como proyecto ilustrado decidido a no repetir los errores del pasado. Cooperando unos con otros y aceptando las reglas del juego, países que hasta hacía poco habían combatido enfrentados en las peores guerras acordaron un método de trabajo: integrar sus economías y resolver sus diferencias respetando la ley (los tratados), como garantía de que las disputas tendrán un cauce civilizado.

El precedente de aceptar una declaración de independencia por las bravas,  sin respeto a la ley y sin acuerdo con España, señalaría un peligroso camino para otras regiones con movimientos nacionalistas. Señalo algunos: Bavaria en Alemania, Córcega en Francia, Flandes en Bélgica, Véneto o Tirol del Sur en Italia o Escocia en Reino Unido. No es difícil imaginar por qué los líderes de estos países no consideran la posibilidad de reconocer la independencia de Catalunya. Prendida la llama en el Pirineo, no se sabría hasta dónde llegaría el incendio.

Ninguno de los líderes de la UE ni los principales actores en Bruselas reconocería ni miraría con comprensión la DUI. Desde el 2004 la Comisión Europea reitera que si una región logra la independencia respecto a un Estado miembro quedaría automáticamente fuera de la Unión y debería solicitar la entrada mediante el procedimiento normal. Dicho en el caso de una separación acordada; por la vía a lo bonzo es probable que Catalunya cerrase la puerta para siempre.

En el imaginario independentista, la salida de la Unión sería solo un accidente, una dificultad más en el camino para lograr su sueño. En realidad, la salida sería un síntoma. Como explica Jean-Claude Piris, exdirector jurídico del Consejo Europeo, «un país nacido violando el Estado de derecho (y también el derecho internacional) no sería reconocido… no podría solicitar su adhesión». No se puede ser europeísta y no respetar las reglas del juego si no te gustan o te parecen injustas. Sería triste que los independentistas llevasen a Catalunya, tradicional puntal de modernidad y europeísmo en la península, hacia territorio apátrida.

La UE no simpatiza con los nacionalismos porque representan su antítesis. No es una casualidad que su lema sea ‘Unidos en la diversidad’, ni que la solidaridad, la integración económica y social de países con identidades distintas pero decididas a entenderse y vivir bajo un mismo paraguas sea su modus operandi. No es tampoco casual que alterar las fronteras sin acuerdo y sin respetar la ley – algo nunca sucedido en la UE – provoque pesadillas sobre los conflictos que podría desatar. La unión es un «club de Estados», del que son miembros 28 Estados con sus respectivas regiones. Sepamos donde estamos. La independencia no hallará una piscina con agua en Europa.

Carlos Carnicero Urabayen, periodista y analista político.

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