Salvador Allende y Santiago

En los inicios del confinamiento pandémico, mis alumnos recibieron un mensaje. A modo de epílogo, unas palabras célebres, pronunciadas en la última locución radiofónica del presidente Salvador Allende, sitiado en el Palacio de La Moneda por un golpe de Estado muy violento que le costó la vida hace cincuenta años. Ya las recordarán: «Mucho más pronto que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre». Por un tiempo breve, la Covid-19 nos impidió pasear por la Gran Vía de Bilbao o de Madrid. El prolongadísimo toque de queda impuesto por Augusto Pinochet contribuyó, en el largo plazo, a la decadencia del centro de la capital de Chile, antaño conocido por su animación cual escenario de la bohemia santiaguina.

Tal vez algo irreversible: el antiguo espacio urbano interclasista, vocación fundacional expresada por su Plaza de Armas, dejó de ser referencia para los segmentos acomodados de la población, cuya cotidianeidad transcurre en el barrio alto con lujosos centros comerciales.

En una biblioteca madrileña de barrio tuve el privilegio de asistir a una charla impartida por Marcos Ana, célebre preso político represaliado por el franquismo. Los derechos cinematográficos de su libro de memorias fueron adquiridos por Pedro Almodóvar. La conferencia giró en torno a la dureza del largo periplo carcelario; un colaborador chileno, llegado a España como exiliado, le acompañaba en el acto. Una vez puesto en libertad, Marcos Ana vivió durante algún tiempo en Chile, donde mantuvo amistad con Salvador Allende. «¿Cómo era el presidente?», inquirí. «Era un vividor», respondió. Le salió del alma.

Los 'cafés con piernas' son institución exclusiva del centro de Santiago; y el Haití es el más famoso. La barra carece de parte inferior; y las pantorrillas de las camareras, ataviadas con minifalda, quedan al descubierto. Si todo resulta muy 'kitsch', siento no haber tomado una foto cuando unas monjas tomaban su consumición. Las empleadas más veteranas son auténticas psicólogas, que escuchan las penas contadas por unos clientes envejecidos.

En el Haití conocimos al señor Rojas, uno de tantos portadores de este apellido tan frecuente en el país transandino. Este hombre mayor, nocherniego, tenía memoria fotográfica; y conocía hasta el último escalón de cada calle del casco histórico. Te contaba cosas curiosas del Santiago que se fue, como la existencia de un cine que solo proyectaba películas mexicanas. También era buen conocedor de los bares clásicos de la Alameda.

Hace una década, la clientela del Haití acogía a la última hornada de hombres de estrato social acomodado que seguían desplazándose al centro. Uno de ellos, alto funcionario, jubilado, nos refirió la antipatía de Pinochet cuando el dictador visitó la ciudad del sur donde ejercía. El caso es que el señor Rojas, perteneciente a la clase media baja mayoritaria, vio muchas veces a Allende. En ocasiones, a la salida de la sesión nocturna de algún cine. Una vez elegido presidente, en un acto público, el mandatario se bajó del coche para saludar al ciudadano Rojas. Le conocía de vista. Una bonita anécdota.

En las cercanías del Teatro Municipal, hay un restaurante chino subterráneo, con decoración recargada que ya resulta retro. Allí nos contaron una historia digna de conocerse, relativa a otro establecimiento que, en su tiempo, fue referencia principal de la comida asiática. El Danubio Azul, en el que también almorzamos, se encuentra en el barrio burgués de Providencia, donde estaba la residencia privada de la familia Allende. Un distrito más inclusivo que Las Condes. Este último, con perfil residencial más alto, no cesa de ganar centralidad desde su menor proximidad al casco histórico. Salvador Allende era cliente frecuente del restaurante icónico; y, cuando triunfó el golpe de Estado, esto supuso un problema para el propietario, quien, ante la presión por el nexo presidencial, decidió traspasar el local.

En las cercanías de Patronato, barrio con comercios de telas, vinculado a la próspera colectividad palestina originaria en buena medida de Belén, existe una avenida en la que se suceden unos chalecitos. Este agrupamiento concentra restaurantes clásicos de comida árabe. Almorzamos en el establecimiento más emblemático, donde también me confirmaron que Allende era cliente, si bien no quisieron dar demasiadas explicaciones.

El presidente progresista, proveniente de familia pudiente, era urbanita, cosmopolita y sabía disfrutar de la gran ciudad. La querencia por la cocina étnica, tan de moda en tiempos de globalización, lo acredita. Por el contrario, Augusto Pinochet, atrincherado en su búnker, parecía bastante alejado tanto de esos gustos como de la propia vida urbana.

Un estudiante chileno, cuyo abuelo fue guardaespaldas, me comentó una anécdota curiosa. La presencia de unos ponis enanos en la residencia familiar del dictador, junto a la piscina donde jugaban los nietos.

Sergio Plaza Cerezo, profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid.

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