Salvaje despertar de un sueño

Ian McEwan es escritor británico (EL PAIS, 10/07/05)

Nunca el estado de ánimo de una ciudad ha cambiado con tanta rapidez. El miércoles no había lugar mejor en La Tierra. Tras la victoria de la decisión olímpica en Singapur, los londinenses celebraban la perspectiva de una explosión de energía y creatividad nuevas; esas imágenes virtuales de paraísos futuristas surgiendo de barrios empobrecidos y de los baldíos terrenos envenenados por las industrias se iban a construir realmente. Los ecos del rock and roll en Hyde Park y su oleada de emociones cálidas y básicamente decentes no se habían apagado aún. En Gleneagles, la cumbre estaba a punto de abordar al menos -y por fin- el núcleo de las preocupaciones mundiales, y podíamos sentirnos en parte satisfechos de que fuera nuestro Gobierno el que hubiera planteado el orden del día. Londres volaba alto y nos movíamos confiados por la ciudad; la paranoia posterior al 11-S y los atentados en Madrid estaban en su mayor parte olvidados y nadie se lo pensaba dos veces antes de tomar el metro. La “guerra contra el terrorismo”, ese tropo tan analizado, era un grito de batalla agotado, y tenía todo el aspecto de un estandarte de regimiento apolillado en una iglesia de aldea.

Pero la guerra del terrorismo contra nosotros abrió otro frente el jueves por la mañana. Se anunció con el aullido de las sirenas en todos los barrios y el opresivo ronroneo de los helicópteros policiales. A lo largo de Euston Road, junto al nuevo UCH -un edificio verde que se yergue como un cirujano gigantesco con traje de quirófano-, miles de personas de pie miraban las ambulancias que desfilaban unas pegadas a otras por entre el tráfico paralizado para dirigirse al departamento de víctimas. La policía se desplegaba por Bloomsbury cerrando calles por ambos extremos, incluso mientras uno se encontraba a la mitad de ellas. La maquinaria estatal, un gran Leviatán, segura de su autoridad, se movía con la coordinación de un ballet. Esas simulaciones de ataque terrorista múltiple en el metro estaban sirviendo de algo. De hecho, el desastre estaba ahora sobre nosotros, con el aire de algo fastidiosamente inevitable, y resultaba conocido, como si ya hubiera ocurrido tiempo atrás. En medio de la llovizna y la tenue luz, las líneas policiales, los vehículos de emergencias y los silenciosos viandantes parecían sacados de una antigua cinta de un noticiario en blanco y negro. La noticia de que se había ganado la apuesta olímpica fue más sorprendente que ésta. ¿Cómo podíamos haber olvidado que esto siempre iba a ocurrir?

El talante en las calles era de muda aceptación, o de extraña calma. La gente arrastraba los pies obedientemente por un camino u otro, dirigida entre las calles cortadas por todo un nuevo ejército civil de oficiales “de apoyo”, como los que vigilaban los ataques aéreos en la última guerra. Un hombre vestido con traje sacó una chaqueta fluorescente de un maletín y empezó a dirigir el tráfico con irascible experiencia. Una mujer con el rostro y el cuello cubiertos de sangre, que había salido de la estación de metro de Russell Square, rechazaba bruscamente las ofertas de ayuda y decía que tenía que llegar al trabajo. En la calle, entre el tráfico congestionado, los grupos se congregaban impasiblemente y escuchaban la radio por las ventanillas abiertas de los coches. En el televisor de un pub, los informativos que ofrecían las noticias de última hora tenían problemas para encontrar imágenes en consonancia con el horror del acontecimiento. Pero éste no era, o no era aún, un espectáculo público como Nueva York o Madrid. La pesadilla se vivía muy por debajo de nuestros pies. Todos sabíamos que si la fuerza que había destrozado el autobús de Tavistock Square se concentraba en las paredes de un túnel, el coste humano sería elevado, y el rescate, tremendamente difícil. Al otro extremo de una calle cerrada al tráfico veíamos cómo ayudaban a los trabajadores de los servicios de emergencia a ponerse los equipos de respiración. Sólo podíamos adivinar el infierno al que debían descender, y nadie parecía querer hablar de ello.

En un famoso poema de Auden, Musée des Beaux Arts, la tragedia de Ícaro al caer del cielo va acompañada de la vida que sencillamente se niega a ser interrumpida. Un campesino sigue arando, un barco continúa “navegando tranquilamente”, los perros prosiguen su “labor perruna”. El jueves en Londres, donde las multitudes intentaban encontrar vías libres para atravesar la ciudad toqueteando nerviosamente sus teléfonos móviles, había muchas pruebas sobre la verdad de la revelación de Auden. Mientras los equipos de rescate buscaban supervivientes y muertos en la humeante negrura subterránea, en la superficie había hombres que cargaban camiones, una mujer vendía paraguas en su lugar habitual y los vendedores de bocadillos para el almuerzo se afanaban en su trabajo. Es improbable que Londres afirme haber sido transformado en un instante, haber perdido su inocencia en el transcurso de una mañana. Es difícil desviar de su curso a una ciudad como ésta. Ha sobrevivido a muchos ataques en el pasado. Pero una vez que hayamos contado a nuestros muertos, y la parálisis se transforme en ira y en dolor, veremos que la vida aquí nos va a resultar difícil. Nos han despertado salvajemente de un sueño placentero. La ciudad tardará mucho en recuperar la confianza y la alegría del miércoles. ¿Quién querrá viajar en metro, una vez despejado? ¿Cómo vamos a sentarnos tranquilamente en un restaurante, cine o teatro? Y nos enfrentaremos nuevamente a ese trato que debemos hacer y rehacer constantemente con el Estado: ¿cuánto poder debemos conceder al Leviatán, cuánta libertad nos pedirán que cedamos a cambio de nuestra seguridad?

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