Salvar a los mercados emergentes de Trump

Es fácil sentir pena por México ahora que el presidente norteamericano, Donald Trump, ha convertido a ese país en una piñata política. Si Trump se sale con la suya, la frontera norte de México tendrá un “muro enorme y hermoso” y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que es crucial para la economía de México, se renegociará para satisfacer una agenda de “Estados Unidos primero”. Y como si eso no bastara, los mercados de capital y monetario de México pagarán el pato por la política monetaria y fiscal inestable de Estados Unidos.

Pero México no es un caso único y su experiencia es relevante para todas las economías emergentes, porque Trump ha puesto en tela de juicio todo el marco del comercio y la apertura global. Y a juzgar por la apariencia de Trump en la reciente cumbre del G7 en Sicilia, seguramente lo veremos continuar su ataque contra la globalización en la cumbre del G20 en Hamburgo esta semana.

Pocos países han abrazado la globalización de manera más incondicional que México, que ahora es una de las economías más abiertas del mundo. Las economías emergentes, en general, han seguido estrategias de crecimiento liderado por las exportaciones, similares a las de los Tigres Asiáticos (Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán). Pero México ha ido más allá, al abrazar el sector industrial como una manera de diversificar su economía y no depender tanto de la extracción de petróleo.

Desafortunadamente, México y muchas otras economías emergentes comenzaron a adoptar estas políticas justo cuando la gran apertura de China se estaba acelerando. Las industrias tradicionalmente fuertes de México, como la textil, no podían competir y prácticamente fueron aniquiladas, mientras que las industrias incipientes que en algún momento se mostraban muy prometedoras, como los productos electrónicos de consumo, fueron aplastadas.

El embate de China finalmente cedió, pero México nunca volvió a recuperar plenamente su competitividad. Si hay una excepción, es la industria automotriz, que depende fuertemente de las fronteras abiertas con Estados Unidos. Dicho sea de paso, el comercio con Estados Unidos representa más del 80% de las exportaciones mexicanas y el 25% de su PIB, comparado con el 10% antes del TLCAN.

En consecuencia, un crecimiento débil de Estados Unidos luego de la crisis financiera de 2008 ha herido a la industria mexicana, a la vez que la caída de los precios del petróleo no hizo más que ampliar ese pesar. En los últimos años, la tasa de crecimiento de México ha estado muy por debajo de la tasa potencial. Si bien la productividad laboral aumentó significativamente con el TLCAN, la productividad total de los factores -una medida mejor de la competitividad a largo plazo- ha sido constante, a veces negativa, durante 25 años.

Según Santiago Levy del Banco Interamericano de Desarrollo, el rango de productividad entre las empresas mexicanas se ha ampliado drásticamente durante los años del TLCAN. Si bien la cantidad de empresas de alta productividad ha aumentado, la cantidad de firmas de baja productividad ha subido más. Peor aún, Levy sostiene que las compañías que sobreviven no crean más empleos, mientras que las firmas nuevas que sí crean empleos muchas veces son menos eficientes que aquellas a las que reemplazan.

Para Levy, la informalidad y la ilegalidad están en la raíz de este fenómeno en México, y también pueden ayudar a explicar qué ha sucedido en otras economías emergentes que luchan por pasar de un status de ingresos medios a uno de ingresos altos. En un documento de trabajo de 2012, Levy traza una distinción crucial entre empresas formales e informales, y su respectiva productividad. En base a datos del censo, dice que en México “la mayoría de las empresas son informales pero legales” y concluye que las firmas que sobreviven se han adaptado convirtiendo empleos asalariados que están cubiertos por el seguro de empleo del gobierno en trabajo no asalariado.

Al “informalizarse”, los titulares de un cargo pueden desplazar a los nuevos candidatos, que así se quedan fuera del mercado, habiendo desperdiciado recursos significativos. El nombre apropiado de Levy para este proceso es “creación destructiva”, versus “destrucción creativa”, que es un impulsor clave de la productividad, particularmente cuando las economías se acercan a la frontera tecnológica.

A su favor, México, como muchas otras economías emergentes, ha emprendido una reforma importante. Tecnócratas mexicanos talentosos, en su mayoría capacitados en Estados Unidos, han hecho mejoras sustanciales en el marco macroeconómico del país, y lo ayudaron a capear las tormentas recientes. Si bien los ataques de Trump hicieron caer el peso hasta un 50%, la inflación ha aumentado sólo unos pocos puntos porcentuales desde su elección.

El problema, como demuestra Levy, es que las reformas en materia de mejora de la competitividad de México no han llegado a la raíz del problema de la productividad. Si bien México exporta más que todos los demás países latinoamericanos juntos, las mejoras de la eficiencia de sus sectores exportadores se vieron contrarrestadas por políticas que sistemáticamente canalizan los recursos hacia empresas de baja productividad con trabajadores no asalariados.

Estas políticas se pueden encontrar en todas las economías emergentes. Pero, en México, están profundamente arraigadas en las leyes e instituciones del país, y los subsidios sociales y los esquemas de micro-crédito las han reforzado. Es entendible que el gobierno mexicano quiera proteger a los trabajadores no asalariados, pero parece haberlo hecho a expensas del crecimiento de la productividad.

Instituciones imperfectas y una capacidad débil del estado son características comunes en la mayoría de las economías emergentes, pero sus efectos se reflejan de diferente manera. México, por ejemplo, tiene una gran industria ilícita de narcóticos que está alimentada por la demanda estadounidense. El narcotráfico mexicano alimenta la corrupción y la pérdida de vidas a una escala que, hoy en día, ocupa el segundo lugar detrás del conflicto en Siria. Cada vez resulta más claro que la guerra contra la droga no puede triunfar. Peor aún, mina el funcionamiento del gobierno, más recientemente el liderado por el presidente Enrique Peña Nieto.

Lo que México necesita ahora no es compasión, sino políticas estadounidenses predecibles. Si todas las partes se sientan a la mesa de buena fe, el TLCAN en verdad se puede renegociar para que todos salgan beneficiados. Un muro fronterizo, en cambio, no le hace bien a nadie. Más gente se traslada de Estados Unidos a México que al revés; en cualquier caso, Estados Unidos necesita más extranjeros para ayudar a compensar la escasez de mano de obra, particularmente en el sector de la atención médica. Y políticas contra la droga sensatas en Estados Unidos probablemente servirían mucho más que cualquier otra cosa para ayudar a México a desarrollarse.

Aun así, en definitiva es México el que tiene que enfrentar los desafíos de productividad y crecimiento inclusivo. México hoy está entre las economías emergentes más desiguales en el mundo. En China, en cambio, la desigualdad de ingresos está disminuyendo, gracias a aumentos salariales y a la provisión de un mejor seguro médico y otros servicios para los trabajadores. Si el gobierno de Peña Nieto no les puede ofrecer más crecimiento a más personas en México, el país que a Trump le gusta difamar puede terminar con su propio Trump -y uno de izquierda.

Erik Berglöf, a former chief economist at the European Bank for Reconstruction and Development, is Professor of Economics and Director at the Institute of Global Affairs, London School of Economics and Political Science.

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