San Petersburgo, 1917 en catorce “lugares de la memoria”

La encargada del departamento de lenguas extranjeras de la librería Singer, la mayor de San Petersburgo, no sabe quién era John Reed. No le suena el nombre. Tampoco lo reconoce cuando se lo escribo en su ordenador antediluviano. Le pido un ejemplar en inglés de Ten days that shook the world. O en castellano de Diez días que conmovieron al mundo. Se encoge de hombros. El ordenador antediluviano dice que la obra existe, pero que no hay ningún ejemplar en la librería. Tampoco está pendiente de reposición. ¡En el centenario de 1917! Igual que me pasó en Barcelona con los libros de Cambó, o sobre el papel de Cambó, en ese mismo año decisivo.

A Putin no le gusta la Revolución de Octubre y eso lo explica todo. Bueno, ni la de Octubre, ni la de Febrero, ni ninguna Revolución que pretendiera, o no digamos consiguiera, derrocar al poder establecido. Nadie duda de que Putin se presentará a la reelección como presidente de Rusia en marzo del año que viene, logrará un nuevo mandato de seis años y tendrá un horizonte de permanencia de al menos veinticuatro desde que llegó el Kremlin. La mayoría de los zares, incluido Nicolás II, duraron menos.

Desde esa perspectiva, el centenario de la Revolución que cambió la historia del siglo XX y aún condiciona la vida de cientos de millones de personas en países como China, Corea del Norte o Cuba, no es para el gobierno ruso una oportunidad, sino un obstáculo cronológico a sortear. Se trata de pasar de puntillas sobre los acontecimientos y sus consecuencias. De que nadie pueda hacer analogías entre la dictadura comunista y el autoritarismo de Putin, por muy similar que sea su base sociológica.

Así como Mitterrand aprovechó el bicentenario de la Revolución Francesa para reivindicar, con fastos y exposiciones sin cuento, su aportación integral a la civilización contemporánea -aun a costa de vender el Terror como precio inevitable de un legado positivo-, no hay nada, absolutamente nada organizado que recuerde hoy en San Petersburgo la gran efeméride.

La explicación oficial es que, cien años después, la Revolución que primero derrocó al Zar y luego llevó al poder a los bolcheviques sigue dividiendo a la sociedad rusa y el Estado no debe promover conmemoraciones que reabran las heridas. Oficiosamente se dice que la Iglesia Ortodoxa Rusa -uno de los grandes graneros de apoyo a Putin- se hubiera sentido agraviada ante cualquier despliegue, en recuerdo de algo que supuso la implantación del ateísmo y la persecución del culto.

El caso es que si quieren ceremonias públicas en homenaje a la Revolución de Octubre váyanse a Venezuela, donde una comisión, presidida por el ministro de Cultura Adán Chávez -hermano mayor del caudillo difunto-, trabaja a todo gas para culminar un rico programa de actividades. Sin duda, la diarquía –dvoyovelastiye se dice en ruso- que se estableció en San Petersburgo cuando los soviets crearon un poder paralelo que, al controlar el Ejército, neutralizó la representatividad de la Duma, será una fértil fuente de inspiración para el régimen de Maduro, en su actual propósito de liquidar a la Asamblea Nacional.

Pero si las ceremonias públicas les importan a ustedes un pimiento y les interesa, como a mí, rastrear sobre el terreno las huellas de la Historia, vayan a San Petersburgo, ahora o cuando puedan, y encontrarán la mayor acumulación de “lugares de la memoria” que probablemente exista en cualquier punto de la tierra, en relación a un acontecimiento decisivo concreto.

El historiador francés Pierre Nora acuñó el concepto de “les lieux de la memoire”, definiéndolos como “unidades significativas, de orden material e ideal, convertidas por la voluntad de los hombres o el trabajo del tiempo en elementos simbólicos del patrimonio memorial de cualquier comunidad”. Es una manera de hacer camino al andar. Sin despreciar la hermenéutica de los historiadores profesionales, todo amante de la Historia puede contribuir a moldearla mediante el ejercicio activo de recordarla in situ.

En Madrid hay muchos “lugares de la memoria” (incluida Atocha), en Barcelona también (incluidas las Ramblas); pero sólo en Paris y San Petersburgo es posible reconstruir dos cataclismos gigantescos, tal y como sucedieron en su espacio urbano, a través de esos enclaves. La diferencia estriba en que no es lo mismo la perspectiva de un bicentenario que la de un centenario. En San Petersburgo los muertos parecen más vivos, los fantasmas más corpóreos y el rastro de la sangre más fresco. Acompáñenme y compruébenlo.

1.- LA SANGRE DERRAMADA

Escribo “sangre”, sí, porque de eso -a la vez, antes y después que de todo lo demás- tratan las revoluciones. En el caso de la que nos ocupa, el conflicto hundía sus raíces en indiscutibles motivos sociales y económicos, pues la monarquía absoluta del zarismo ejecutaba un proyecto imperialista que mandaba a los soldados a la muerte y mantenía al pueblo en condiciones medievales, mientras la aristocracia exhibía su opulencia. Pero esos motivos interactuaban con lo que Richard Pipes define como “ese peculiar sello ruso de violencia generalizada, el impulso de golpear y destruir, para el cual su lengua ha acuñado las palabras pogromrazgrom”. Se refiere a Las Furias que se desataron, con toda la vorágine y la saña del pathos revolucionario, en paralelo a lo que pasó en Francia, según el ensayo plutarquiano así titulado por Arno J. Mayer.

Ante un texto de Lunacharski que homenajea a los jacobinos, la Comuna y la Revolución, con la iglesia de la Sangre Derramada al fondo.

Es pues una aleccionadora coincidencia que el llamado Campo de Marte de San Peterburgo, en el que un conglomerado de bloques de granito e inscripciones alusivas homenajea a los caídos por la Revolución, alrededor de una llama perenne, tenga como telón de fondo la Iglesia Catedral del Salvador sobre la Sangre Derramada, erigida en memoria de la primera víctima célebre de los prolegómenos de la Revolución: el zar Alejandro II, asesinado en 1881.

En el memorial del Campo de Marte -concebido a imagen y semejanza de su homónimo parisino- están enterrados el jefe de la Cheka de Petrogrado, Moisés Uritski, y otras víctimas de los atentados contrarrevolucionarios durante el inicio de la dictadura bolchevique que dieron pie al primer Terror Rojo. En los monolitos de piedra hay textos escritos por el que fuera primer ministro de Instrucción Pública de Lenin, Anatoli Lunacharsky. Como referencia fotográfica, elijo uno en el que los “mártires” de la Revolución rusa aparecen como herederos de los “jacobinos” franceses y de los propios héroes de la Comuna de París.

Menudo tipo, Lunacharski. Apenas llevaba tres meses en el poder, cuando organizó en Moscú el “juicio del Estado soviético contra Dios”, presidido por él mismo. Colocó una Biblia en el banquillo y, al cabo de cinco horas de mascarada, durante la que la defensa alegó que el acusado sufría “demencia y trastornos psíquicos”, el tribunal asumió las tesis del fiscal y condenó a muerte al Todopoderoso, como culpable de “genocidio”. Dios fue “fusilado” en Moscú a las 6.30 de la mañana del 17 de enero de 1918, mediante cinco ráfagas de un pelotón que apuntaba –naturalmente- hacia el cielo de la Historia Sagrada.

Lunacharski no era de los peores ni de los más fanáticos dentro de la vieja guardia leninista. Se autodefinía como “un bolchevique entre los intelectuales y un intelectual entre los bolcheviques”. Quince años después, ya medio caído en desgracia por haber protegido el experimentalismo artístico en demasía, fue designado embajador ante la República Española. Era un enamorado del castellano y había traducido al ruso Fuenteovejuna. Cómo no, camaradas, todos a una. Murió durante el viaje a Madrid.

Pero atención a esta monumental iglesia de cúpulas de colores que se alza aquí detrás. Fue erigida en el mismo lugar del canal de Catalina en el que una primera bomba detuvo el carruaje de Alejandro II y una segunda le arrancó las dos piernas, mientras inspeccionaba los daños. Las piedras salpicadas por la sangre del Zar se veneran bajo la cúpula dorada de la Iglesia, como si procedieran del mismo monte Calvario.

Alejandro II era el reformista de la dinastía: había abolido la esclavitud de los siervos y tenía sobre la mesa de su despacho un decreto convocando una duma o parlamento electivo. Le condujeron en trineo al cercano Palacio de Invierno, dejando un dramático rastro de sangre, tanto sobre la nieve como sobre las escaleras de mármol. Cualquiera puede recorrerlo hoy.

Su hijo y su nieto asistieron sobrecogidos a su agonía en la misma estancia en la que había firmado el Edicto de Emancipación que dio la libertad a decenas de millones de personas. Ese hijo bloquearía las reformas, cuando subió al trono como Alejandro III; y ese nieto, entonces un muchacho introvertido de 13 años al que todos llamaban Nicki, mantendría una férrea aversión al cambio, durante los 22 años que reinó como Nicolás II.

2.- LA CÁRCEL DE LA FORTALEZA

Los asesinos de Alejandro pertenecían a la organización clandestina Narodnaya Volia o Voluntad del Pueblo. La subsiguiente represión llevó a gran parte de sus dirigentes a la siniestra cárcel de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, situada en un islote de la parte norte del cauce que el Neva traza sobre la ciudad. Los sórdidos corredores de la Bastilla rusa están abiertos al visitante, que puede atisbar el interior de las celdas y repasar los nombres de sus inquilinos más ilustres.

Una de las celdas de la prisión de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo abiertas a los visitantes.
Rótulo que muestra el paso por la cárcel del hermano de Lenin antes de ser ahorcado.

Por aquí pasaron Dostoyevski, Gorky, Bakunin o Trotsky. También Alexander Ulianov, hermano mayor de Lenin, detenido en 1887 cuando portaba una bomba con la que, al parecer, pretendía asesinar a Alejandro III, en el sexto aniversario de la muerte de su padre. La celda en la que pasó sus últimos días en confinamiento solitario, antes de ser ahorcado, tiene sus buenos diez metros de largo y al menos cuatro de ancho, con un único camastro, una mesa de madera y una lámpara mortecina. En ella encontró Lenin la fuente de inspiración del “odio repulsivo y terrible” que, según el opositor liberal al zarismo Piotr Struve, acompañó siempre a su fantasía quijotesca y a su singular inteligencia política.

3.- EL SOTANO DE YUSUPOV

Entramos a la orilla del Moika -uno de los canales más venecianos de la ciudad- en un suntuoso palacio con salones cargados de arabescos y un teatro privado de ensueño. Aquí hubo pompa y esplendor. Pero no es la superficie lo que nos interesa. En el sótano de este palacio de quitar el hipo, propiedad de una de las familias clave de la aristocracia zarista, realizó el príncipe Félix Yusupov el primero de los disparos que durante la madrugada del 17 de diciembre de 1916 acabaron con la vida de Gregori Rasputin, una mezcla de monje, chamán, depredador sexual y consejero político que dominaba la corte de Nicolás II, gracias a su influencia sobre la zarina Alejandra.

La atmósfera de la última cena está fielmente reconstruida con figuras de cera. Yusupov aseguró en sus Memorias que había colocado veneno tanto en los pasteles como en la bebida que ingirió Rasputin y que, sólo cuando al cabo de unas horas seguía sin hacerle efecto, subió a por la pistola que le tenían preparada sus compañeros de conspiración. También contó que, al cabo de un rato de ser abatido, Rasputin “resucitó”, subió las escaleras, le agarró por la garganta y trató de huir por el jardín. Los historiadores más solventes consideran todo esto una patraña, encaminada a presentar como titánica la lucha contra un ser sobrenatural de poderes diabólicos, lo que no fue sino un asesinato a sangre fría.

En el sótano del Palacio de los Yusupov, ante la representación de la última cena de Rasputin con el príncipe Félix.

Tampoco merece demasiado crédito la teoría de que Yusupov, notorio homosexual, casado con una sobrina de Nicolás II, sentía una atracción física por Rasputin y habría utilizado a su propia esposa como cebo para que acudiera al palacio. La presencia en el piso superior del conocido político de extrema derecha Vladimir Purishkévich y del propio primo del zar Dimitri Pavlovich, acreditan el carácter político de la conspiración.

Los asesinos pretendían salvar a la Monarquía. Su tesis era que, muerto Rasputin, el peso de Alejandra -tan odiada en Rusia por su condición de alemana como lo fue la austriaca María Antonieta en Francia- se diluiría en la corte y Nicolás recuperaría el apoyo de la nobleza y el pueblo.

Los tiros les salieron por la culata porque el Zar se apoyó en el otro gran protegido de Alejandra, el ministro del Interior Potropopov, para mantener su política y perseguir a los autores del crimen. Bastó que ordenara su destierro para que hasta dieciséis grandes duques, miembros de su círculo familiar directo, salieran en defensa de Dimitri.

Esta imagen de desunión cuarteó aún más el crédito de la corona. Aunque Rasputin era ampliamente detestado, la condición aristocrática de sus asesinos tampoco pasó desapercibida. Una testigo recogió el comentario de un grupo de soldados heridos en un hospital de la ciudad: “Para un campesino que había logrado acercarse al Zar, van los amos y lo matan”. Enseguida se reactivaron las leyendas sobre el tamaño de su pene como metáfora de cuanto representó. Por eso, el poeta Alexander Blok escribió que la bala que acabó con Rasputin “llegó al propio corazón de la dinastía reinante”.

4.- TSÁRSKOIE SELÓ

A mitad de camino entre la magnificencia de Versalles y el embrujo de Aranjuez y La Granja, el complejo de palacios imperiales de Tsárskoie Seló, veinticinco kilómetros al sur de la ciudad, es hoy un imán irresistible para el turismo masivo que, con abrumador predominio chino, asalta San Petersburgo sin enterarse demasiado de nada. El hecho de que los alemanes llegaran a ocupar Tsárskoie Seló durante gran parte del sitio de lo que era entonces Leningrado, hizo de su restauración un timbre de orgullo para el régimen soviético; y Putin ha mantenido la tradición de convertir el recinto en escenario obligado de las grandes visitas de Estado.

Para el aficionado a la Historia no es difícil reconocer en estos parques algunos de los lugares idílicos que enmarcan las fotografías de Nicolás II, jugando con sus cuatro hijas y el zarévich Alexei con el trineo al que uno de los criados más fieles había incorporado un pequeño motor de propulsión. El llamado “palacio de verano” terminó siendo la residencia permanente de una familia imperial, cada vez más aislada tras el asesinato de Rasputin. Potropopov despachaba dos veces por semana con el Zar, magnificando las buenas noticias y ocultándole las malas. Inventaba cartas de apoyo que Alejandra leía ufana en voz alta ante su círculo íntimo.

Nicolás II, Alejandra, sus cuatro hijas y el zarévich Alexei –sentado en el trineo- durante sus días felices en Tsárskoie Seló.

Cuando el embajador británico le visitó, en el que sería su último 31 de diciembre en el trono, y le instó a que nombrara un nuevo primer ministro que diera confianza a la nación, Nicolás le contestó con un pregunta: “¿Quiere usted decir que yo tengo que recuperar la confianza de mi pueblo o que son ellos los que tienen que recuperar mi confianza?”.

En ese contexto no es difícil entender que cuando, a comienzos de 1917, Nicolás II partió en su lujoso tren oficial hacia el Cuartel General de Moghilev para dirigir las operaciones contra los alemanes, lo último que podía imaginar es que volvería a Tsárskoie Seló como el ciudadano Nicolás Romanov, que su propio palacio se convertiría en su primera prisión y que a él y a su familia sólo les quedaría un año y medio de vida.

Las banales anotaciones de su diario –similares a las de Luis XVI en 1789- indican que el Zar estaba más preocupado por el sarampión del zarévich que por los 30.000 trabajadores de la fábrica Putilov, despedidos ese invierno cuando el desabastecimiento de combustible, por el bloqueo de las carreteras, había paralizado las máquinas. Abandonados a su suerte, mientras los grandes industriales se forraban con los contratos militares, sin alimentos ni carbón para la estufa, fueron la chispa que encendió el barril de pólvora. Como escribió Kerensky, “su único zar era el hambre”.

Bastó que los desarraigados campesinos con uniformes de soldados, acantonados en San Petersburgo, se negaran a disparar contra los manifestantes y terminaran sumándose a ellos, para que los propios jefes del Ejército propiciaran la abdicación de Nicolás II. Cuando su hermano Miguel rechazó por miedo la Corona, una dinastía y un imperio, fruto de trescientos años de Historia, se derrumbaron en cuestión de semanas.

5.- EL PALACIO DE TAURIDE

Lo que más impresiona del palacio construido por el príncipe Potemkin para agasajar a su emperatriz y amante, Catalina la Grande, es su salón ovalado para recepciones y bailes, tan largo como un estadio de futbol. Pero donde, una y otra vez, se desencadenó el drama que nos ocupa, fue en el hemiciclo que hoy sirve de sede a la Asamblea Parlamentaria que reúne a los representantes de Rusia y algunas de sus antiguas repúblicas en la Comunidad de Estados Independientes.

Asamblea del soviet de soldados de San Petersburgo en el hemiciclo de la Duma en el Palacio de Tauride en la primavera de 1917.

Aquí se instaló la primera Duma, convocada a regañadientes por Nicolás II tras los acontecimientos del Domingo Sangriento de 1905, cuando los soldados dispararon indiscriminadamente contra los harapientos seguidores del padre Galpon que trataban de entregar sus peticiones al Zar.

Aquí se pronunciaron los discursos incendiarios contra el gobierno –sobre todo contra el primer ministro Sturmer y aquellos de sus colegas cuyo apellido sonaba a alemán- y contra el entorno de la zarina, por su presunto entendimiento subterráneo con el Kaiser durante la Primera Guerra Mundial. Aquí acudió a entregarse a las nuevas autoridades, con barba de varias días y ropa de mendigo, el poderoso ministro Potropopov la noche que cayó el zarismo.

Aquí funcionó durante meses febriles el poder dual, constituido tras la Revolución de Febrero por el Gobierno Provisional, emanado de la Duma, y por el Sóviet de San Petersburgo. Aquí se emitió la famosa “Instrucción Número 1” que puso a los soldados a las órdenes del Sóviet y dejó al Gobierno Provisional en el limbo de los tigres de papel.

El hemiciclo del palacio de Tauride es hoy sede de la asamblea parlamentaria de la Comunidad de Estados Independientes.

Aquí se celebró la única sesión de la Asamblea Constituyente que los bolcheviques boicotearon y liquidaron manu militari, en enero de 1918, cuando comprobaron que eran los eseristas del Partido Socialista Revolucionario los que habían ganado las primeras -y últimas- elecciones libres tras la Revolución de Octubre, con un 40% de los votos frente a su modesto 25%.

6.- LA ESTACION DE FINLANDIA

“Esta estatua homenajea a un terrorista”, farfulla la historiadora Natalia Leontieva que nos acompaña durante un tramo de la visita ante la imponente escultura de Lenin en la plaza de la estación de Finlandia. Para justificarse invoca el Terror Rojo que se desencadenó ya en 1918, como antecedente de las purgas estalinistas y el Gulag. Esa misma valoración debieron hacer quienes pagaron simbólicamente a la estatua con la misma moneda, colocando en 2009 un explosivo a la altura de su trasero que dejó a Lenin con las vergüenzas de bronce al aire.

Plenamente restaurada, la escultura refleja, como ninguna otra representación, el mito del carismático conductor de masas que, terrorista de Estado o Mesías del proletariado, provocó la mayor catarsis colectiva de la Historia contemporánea. Es difícil olvidarse de esa mano diestra abierta, con cuatro dedos unidos y el pulgar levantado en aleta, al extremo del vigoroso brazo extendido bajo el abrigo. Parece la aeronave que muestra el camino hacia el futuro, dando respuesta a su célebre pregunta “¿qué hacer?”.

Lenin saluda desde el estribo del vagón en la Estación de Finlandia. Entre el gentío se aprecian los trombones de la banda que tocaba La Marsellesa.

Miles de viajeros llegan todos los días desde Helsinki a esta estación, siguiendo la misma ruta con la que Lenin culminó el 3 de abril de 1917 el camino iniciado una semana antes en Zurich, a bordo del legendario tren blindado –que, por cierto, no estaba blindado-, puesto a su disposición por la autoridades alemanas. Querían inocular el virus del derrotismo revolucionario en el corazón del Estado ruso y bien que lo consiguieron.

Los bolcheviques movilizaron a miles de personas para recibirle y una banda militar hizo sonar La Marsellesa cuando se bajó del expreso de Helsinki. Cualquiera puede fotografiarse ahora junto a la locomotora que lo arrastraba: la número 293 de la clase Hk1 de los Ferrocarriles de Finlandia, convertida en pieza de museo en una vía muerta de la estación.

Ante la máquina de los Ferrocarriles de Finlandia que transportó a Lenin al final del periplo del “tren blindado”.

Lenin llegaba acompañado tanto de su esposa y principal colaboradora Nadia Krupskaya como de su amante Inessa Armand, la francesa divorciada de un ruso acaudalado que, según Pipes, “parece haber sido el único ser humano con quien entabló relaciones personales íntimas en toda su vida”. Bajo las luces de un reflector hizo una breve arenga y se dirigió a la inaudita sede del Comité Central Bolchevique, dónde le esperaba la más enconada pugna política de su vida.

7.- EL BALCON DE MATILDE KSCHESSINSKAYA

Esa “inaudita sede” era una suntuosa mansión, situada frente a la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, en la que hasta hacía poco más de un mes habitaba la bailarina Matilde Kschessinskaya –olvídense de las dos primeras letras para pronunciar ese apellido-, célebre por su talento artístico, pero mucho más por haber sido novia del futuro Nicolás II, antes de su boda con Alejandra, y por su condición de amante de al menos otros dos destacados miembros de la familia imperial. La caída del Zar desató una campaña de groseras sátiras contra ella y, en ese contexto, los bolcheviques se apropiaron por las buenas de su casa.

Impresiona acercarse al balcón del primer piso, inmortalizado por uno de los cuadros más emblemáticos del terremoto de 1917. Asomándose a este balcón, Lenin se dirigió a la multitud que le había seguido desde la Estación de Finlandia. Fue la primera vez que esbozó sus audaces “bases de abril”: insurrección contra el Gobierno Provisional, transición inmediata de la fase “burguesa” a la fase “socialista” de la Revolución, transferencia de todo el poder a los soviets, confiscación de las propiedades, nacionalización de la tierra y paz inmediata a cualquier precio.

El balcón del palacio de Matilde Kschessinskaya desde el que Lenin expuso las “tesis de abril” y el cuadro que representa su arenga.

Incluso para la mayoría radical que componía el Comité Central Bolchevique, aquel programa extremo parecía la propuesta de un lunático. De hecho una votación rechazó formalmente sus tesis y Pravda tardó varios días en publicarlas. Pero uno de los presentes, Sujanov, recuerda el tremendo impacto que su exposición produjo en los demás: “Puedo asegurar que nadie esperaba nada semejante. Parecía como si todas las fuerzas elementales hubieran salido de su cubil y el espíritu de destrucción universal, ignorante de los obstáculos, las dudas, las dificultades o los cálculos humanos, circulara por el salón de la casa de Kschessinskaya, por encima de las cabezas de los hechizados discípulos”.

Lenin instaló la oficina de su fiel Nadia Krupskaya en la habitación correspondiente a este balcón y ocupó el cuarto de al lado, en el que siguen su mesa de despacho y algunas de sus pertenencias. Durante la primavera fue ganando la partida a los moderados y en julio desató su primer intento de derrocar al Gobierno Provisional, presidido por Kerensky, aprovechando el fiasco de su última gran ofensiva contra los alemanes. De nuevo acudió a este balcón para jalear a los marineros que se habían desplazado desde la cercana base de Kronstadt para marchar hacia el Palacio de Tauride, como fuerza de choque de los bolcheviques. Pero la fruta no estaba aún madura.

8.- LA ESQUINA ENTRE NEVSKI Y SADOVAYA

Las fuerzas fieles a Kerensky sofocaron la intentona bolchevique. El momento álgido tuvo lugar a primera hora de la tarde del 4 de julio cuando las tropas gubernamentales dispersaron una nutrida marcha en la avenida Nevski, a la altura del cruce con la calle Sadovaya. El fotógrafo Viktor Bulla estaba trabajando en su estudio en un tercer piso de esa esquina y oyó ruidos de disparos. Instintivamente se asomó a la ventana y tomó varias instantáneas. Una de ellas, en la que una muchedumbre de hormigas se disuelve despavorida en las cuatro direcciones de este cruce, mientras algunas personas se tambalean, otras quedan heridas y los cadáveres siembran el asfalto, ha perdurado como uno de los iconos más célebres del ciclo revolucionario ruso.

La icónica foto de Viktor Bulla en el momento en que las fuerzas leales a Kerensky dispersan a los manifestantes en la esquina entre Nevski y Sadovaya.

Las autoridades ilegalizaron al partido bolchevique, cerraron sus periódicos y detuvieron a Trotsky y otros significados dirigentes. En medio de reproches por su aventurerismo, Lenin se afeitó la barba, volvió a la clandestinidad y escapó a Finlandia.

Viktor Bulla se convirtió en uno de los fotógrafos de referencia del periodo revolucionario, pero fue arrestado en 1937 durante las purgas de Stalin y murió en el Gulag siete años después. Unos grandes almacenes, con amplia oferta de souvenirs para turistas, ocupan hoy el inmueble en el que estaba su estudio. Tiendas de marcas de lujo envuelven la zona. Los atascos de la hora punta bloquean, a mayor gloria de la economía de mercado, la emblemática esquina.

9.- EL CAÑONAZO DEL AURORA

Los puentes de San Petersburgo se abren al paso del acorazado Aurora en una simulación de la ruta que siguió desde Kronstadt para sumarse a la Revolución.

Kerensky no era consciente de que sólo había hecho frente a un ensayo general de lo que le esperaba. Tras pinchar en hueso, difundiendo pruebas chapuceras de algo por otra parte tan cierto como que los alemanes habían financiado a Lenin y demás líderes bolcheviques, el mercurial jefe del Gobierno Provisional se vio envuelto en una absurda tragicomedia con el general Kornilov, reputado jefe del Ejército.

En uno de los cañones del Aurora desde el que hoy se puede “apuntar” al Palacio de Invierno.

Un torpe intermediario fijó los términos de lo que en principio parecía ser una intervención militar, en apoyo del Gobierno Provisional, contra el movimiento insurreccional, enquistado en la capital. Fuera por un malentendido o por un súbito cambio de opinión, Kerensky presentó sin embargo el avance de las tropas hacia San Petersburgo como una intentona militar contrarrevolucionaria. Declaró traidor a Kornilov y pidió ayuda a los soviets para detenerlo, echándose así en sus manos. El general Krimov, que mandaba la vanguardia de cosacos que creía acudir en apoyo de la legalidad amenazada, se suicidó cuando descubrió el cambio de escenario.

El órgano de coordinación militar que se creó para defender San Peterseburgo de esa intentona, probablemente imaginaria, fue el instrumento clave de los bolcheviques para acabar con el régimen burgués de Kerensky. El tiro que atravesó el corazón del fiero general cosaco no fue sino el anticipo del mucho más contundente estampido que atronó la ciudad a las 9 de la noche del 25 de Octubre, cuando el crucero Aurora, que había llegado por el Neva desde su base de Kronstadt, disparó una única salva, desde su cañón de popa, en dirección al Palacio de Invierno. Era la señal de que la fase decisiva de la Revolución de Octubre había comenzado.

Felipe González, Guerra y Boyer durante su visita al Aurora en 1977 en Leningrado.

El Aurora es hoy una atracción turística. En sus bodegas hay un rudimentario esbozo de realidad virtual que reproduce su papel durante la batalla de Tsushima en la guerra ruso-japonesa y desde la cubierta es posible enfocar el Palacio de Invierno con la mirilla de sus cañones. Al fotografiarme con uno de ellos, me doy cuenta de que la ventaja de visitar el barco en agosto es que al menos te ahorras el ridículo atuendo siberiano con el que posaron Felipe González, Guerra y Boyer, cuando pasaron por aquí como invitados oficiales del PCUS en 1977.

10.- EL PALACIO DE INVIERNO

En el espacio que separa el obelisco en honor de Alejandro I, verdugo de Napoleón, y la fachada del Palacio de Invierno hay ahora una exposición de tanques y otros vehículos blindados de la Segunda Guerra Mundial como homenaje a los heroicos defensores de Leningrado. Aunque la ciudad haya cambiado de nombre, aquella gesta, resistiendo durante casi cuatro años el asedio de los nazis, sigue siendo motivo de orgullo generalizado y conmemoración constante. Uno de los tanquistas, con uniforme de suboficial del Ejército Rojo, me estrecha la mano y alardea de sus galones.

Encontrar los escasos vestigios que quedan del asalto y toma del Palacio que desde aquella noche del 25 de Octubre 1917 subyugó, entre la esperanza y el espanto, a media humanidad durante varias generaciones, es sin embargo una misión poco menos que imposible. Mientras hordas de visitantes chinos atraviesan sus salas en pos de las obras más emblemáticas de las colecciones de Le Hermitage, con las cámaras de sus teléfonos móviles en ristre, cual insulsos cazadores husmeando el próximo pokemon, sólo quien vaya a tiro hecho, y sabiendo bien lo que busca, podrá encontrar algunos recuerdos semiocultos de aquel momento.

Cuadro emblemático de la toma del Palacio de Invierno, representando ese mismo Arco del Triunfo con el edificio al fondo.

Yo topo, de repente, con la solemne biblioteca de madera de Nicolás II en la que despachaba Kerenski con los altos mandos militares, cuando -ajeno a las críticas de quienes le llamaban Napoleonchik– instaló su residencia en el Palacio. Luego, descubro la mesa blanca en la que celebró su última reunión el Gobierno Provisional, antes de rendirse a los bolcheviques que cañoneaban desde la Fortaleza de San Pedro y San Pablo y cercaban el recinto. Kerensky ya se había fugado en un coche de la embajada americana, disfrazado de oficial del ejército serbio.

Veo también una foto que muestra a Einsenstein y su equipo de camarógrafos, instalados en la repisa desde la que filmaron la escena de la película Octubre, en la que una riada humana invade la plaza del Palacio a través de la puerta del Arco del Triunfo, frontalmente situada en el extremo opuesto.

Vista desde una ventana del Palacio de Invierno del Arco del Triunfo por el que penetraron en masa sus asaltantes.

Miro desde una de las ventanas más próximas, entrecierro los ojos y constato cómo en ese tiro de cámara están encerrados todos los mitos del siglo de la rebelión de las masas. Lástima que esa escena no se produjera nunca. La toma del Palacio de Invierno, al modo de la toma de la Bastilla, no sucedió jamás. La turba congregada en sus alrededores no asaltó el edificio mientras era defendido por el Batallón Femenino de la Muerte, los cadetes y otras últimas unidades fieles a Kerensky, sino que lo invadió cuando se produjo la rendición y cesó la resistencia armada. Por eso el saldo de la epopeya en ese lugar -quién lo hubiera dicho- fue de sólo cinco muertos, muy pocos heridos y limitados daños materiales, al margen de las pérdidasirreparables de algunas de las botellas con mejores añadas de la imperial bodega.

11.- EL INSTITUTO SMOLNY

Los bustos de Marx y Engels flanquean la avenida del jardín que conduce a la puerta del Instituto Smolny. Otra estatua de Lenin, con ademán similar pero menos fuerza que la de la Estación de Finlandia -le falta el empaque del abrigo-, se levanta ante su fachada. Si la mansión de Matilde Kschessinskaya era un enclave “inaudito” como sede bolchevique, ¿qué decir de este Instituto de Doncellas Nobles en el que quedó instalado el cuartel general de la insurrección?

Ante la fachada del Instituto Smolny que sirvió de cuartel general de la insurrección bolchevique.

Algunas de las mejores páginas del libro de John Reed transcurren aquí. El Smolny era para él “una dinamo sobrecargada de actividad”. A su compañera Louise Bryant le fascinaba la sensación de virginidad mancillada que suponía ver “el refinado suelo blanco que una vez pisaban, con pies ligeros, jóvenes y descuidadas muchachas, oscurecido, ensuciado y estremecido por la pisada del proletariado”.

Los visitantes pueden contemplar las habitaciones 10 y 17 en las que estaba ubicado el Comité Militar Revolucionario, el cuarto trasero en el que permaneció recluido Lenin cuando llegó disfrazado con un aparatoso vendaje, el modesto mobiliario incluido por el pintor Brodsky en su retrato psicológico del líder redactando una propuesta y, por supuesto, el salón de actos entre cuyas imponentes columnas un amañado Segundo Congreso de los Soviets dio carta de naturaleza a la proclamación del nuevo Estado, controlado por los bolcheviques.

Retrato de Lenin redactando una proclama en su habitación del Instituto Smolny, obra de Isaak Brodsky.

A las 22.40 de aquel 25 de octubre Lenin fue recibido aquí entre aclamaciones como presidente de un improvisado Consejo de Comisarios del Pueblo o Sovnarkom. Lo de menos era el instrumento, lo de más su objetivo consumado de “tomar el poder de cuajo”. En nombre del Sovnarkom, Lenin presentó los decretos sobre la declaración de paz con Alemania y sobre la expropiación de la tierra. Fueron aprobados entre el entusiasmo desbordado de los asistentes. Un nuevo orden había comenzado.

12.- LA ESTACION DE KIROVSKY ZAVOD

En sus delirios de grandeza, Lenin creía estar iniciando una fulgurante Revolución de carácter mundial, pero lo que en realidad estaba poniendo en marcha era la primera gran dictadura de partido único de la era contemporánea. En pocos lugares se perciben las contradicciones y el propio aroma de su legado como en el opulento metro de San Petersburgo. El régimen soviético lo presentaba como el “palacio del pueblo” y por eso los mármoles más suntuosos alternan con murales alegóricos a la Revolución, a la victoria en la Gran Guerra Patria, como el de la bella estación Avtovo, o con el propio busto de Lenin que adorna la estación de Kirovsky Zavod en la llamada Línea Roja.

Lo que brota en la superficie es la desolación reglamentada de un herrumbroso barrio industrial, sede de factorías míticas como la Putilov, vivero de los grandes espasmos revolucionarios -algo así como una especie de Faubourg Saint Antoine a la soviética-, rebautizado en memoria del popular dirigente comunista Serguei Kirov. Fue asesinado en 1934 por orden de Stalin, precisamente cuando participaba en una reunión en el Instituto Smolny. Bajo las chimeneas de las fábricas, aparecen bloques de apartamentos impersonales y dependencias que servían de clínicas y escuelas. Aquí se moldeaba al nuevo nuevo homo sovieticus.

Un busto de Lenin y un bajorrelieve de uno de sus discursos en dos estaciones del metro de San Petersburgo.

Valerio Vassilievich, el conductor que nos traslada de un sitio a otro, llegó aquí, a uno de estos bloques, hace más de sesenta años, con su madre recién divorciada y sus hermanos. “Vivíamos en una habitación y compartíamos la cocina y el baño con otras familias”. Ahora que es un pequeño empresario autónomo, propietario de tres vehículos, recuerda aquel tiempo con nostalgia y cree que hubiera prosperado igual si la Unión Soviética continuara siendo la Unión Soviética. “Lo importante es el esfuerzo de cada uno”.

13.- EL LAGO DE LOS CISNES

Se decía que al atractivo y carismático Kirov le gustaban las bailarinas y que tenía varias amantes en la compañía del legendario Teatro Mariinsky. Tal vez por eso, después de haber encargado su asesinato, Stalin incurrió en la broma macabra de renombrar la institución como Teatro Kirov. Ahora ha recuperado su nombre original, pero sigue incluyendo en su repertorio la versión del Lago de los Cisnes de Tchaikovsky que el implacable dictador consideraba políticamente correcta.

La producción “estalinista” del Lago de los Cisnes que representa el triunfo del bien (cisnes blancos) sobre el mal (cisnes negros).

La versión original culmina con la “muerte del cisne” y el suicidio del príncipe Sigfrido, incapaz de sobrevivir a la pérdida de su amada Odette. Ya en los años 20, el ballet del Bolshoi cambió el final para que los cisnes blancos triunfaran sobre los negros, que habían seducido con engaños a Sigfrido, y el telón cayera entre el éxtasis de los amantes. Era una elemental metáfora de la victoria del bien sobre el mal, o sea de la superioridad del socialismo generoso sobre el capitalismo egoísta. Todos lo entendieron así. El Kirov resistió un tiempo en la ortodoxia, pero en 1945 se rindió a los requerimientos de Stalin.

Desde ese momento, el Lago de los Cisnes quedó automáticamente incluido en toda visita de Estado o acontecimiento oficial. Tal y como hemos podido comprobar, la producción es sencillamente maravillosa. Hay que verla al menos una vez en la vida y si es aquí, en el Palco Imperial del Mariinsky, pues tanto mejor. Pero no es difícil entender al embajador norteamericano Thompson cuando advertía, con desolación, que en sus siete años en Moscú había tenido que tragarse sus tres horas holgadas, nada menos que 137 veces. O al propio Nikita Kruschev, cuando confesó a Maya Plisetskaya que cada día que sabía que esa noche tendría que ir al Lago de los Cisnes empezaba a dolerle el estómago.

En el Palco Imperial del Teatro Mariinsky en el intermedio del Lago de los Cisnes.

Para el hombre de la calle el ballet de Tchaikovsky, con su magnética música arrulladora, tiene otro significado, pues era el recurso habitual que programaba la televisión soviética cada vez que se producía la muerte de un líder o cualquier otra crisis cuyo anuncio convenía dilatar. Todas las alarmas se encendieron, de hecho, hace dos años, en plena guerra de Ucrania, cuando Putin dejo de aparecer en público durante semana y media y varias páginas web acompañaron la intriga con las piruetas de Odette y Sigfrido. Mueren los presidentes, pasan los gobiernos, caen los regímenes, pero los cisnes permanecen.

14.- LOS BASTIONES DE KRONSTADT

Hay que venir a Kronstadt, la ciudad norteña que alberga la base naval de la Flota del Báltico. Aquí, en esta inmensa Plaza del Ancla, azotada por los vientos salinos delante de la hermosa Catedral Naval de San Nicolás, tuvo lugar el 1 de marzo de 1921, la asamblea general en la que nada menos que quince mil personas, la mayoría marineros de la flota y sus familias, respaldaron las 15 exigencias que sus representantes planteaban al gobierno bolchevique.

Los marineros sublevados en Kronstadt contra las autoridades bolcheviques exhiben una bandera que denota su ideología anarquista.

Habían pasado más de tres años desde la Revolución de Octubre. Quienes constituyeron su vanguardia se sentían defraudados y traicionados, tanto por la usurpación del poder de los soviets por un sólo partido, como por el desdén de las autoridades hacia la extrema penuria de la gente. Las 15 exigencias de Kronstadt siguen siendo, casi un siglo después, el vademecum del idealismo libertario: elecciones con garantías, libertad de expresión y reunión, presos políticos a la calle, abolición de los comisarios políticos, igualdad en las raciones de comida, libertad económica para campesinos y comerciantes, libertad de prensa plena…

A bordo de un barquito recorremos los bastiones con casamatas de los tiempos del zarismo, concebidos para cañonear a los barcos suecos que osaran infiltrarse hacia San Petersburgo. En ellos resistieron hasta la muerte los últimos marineros sublevados, cuando el Ejército Rojo, organizado por Trotski, aplastó a sangre y fuego la rebelión, mediante una brutal ofensiva sobre Kronstadt. Desde una de las lomas diviso la silueta del puerto. El agua no termina de pasar del gris al azul. El cielo, entre celeste y cerúleo, sirve de toldo sereno a los buques de guerra varados en los muelles del astillero. Busco en vano entre las olas algún mensaje en el interior de una botella. El tiempo diluye, inexorable, los recuerdos.

En uno de los bastiones en los que los últimos marinos de Kronstadt resistieron el ataque del Ejército Rojo.

De vuelta a España, pregunto a Pablo Iglesias si él hubiera apoyado la rebelión de los anarquistas de Kronstadt. Me contesta que “los marineros tenían toda la razón”, pero que “Trotski no podía tolerar una insubordinación militar”, que debió ser “horroroso” tener que “adoptar decisiones militares” como esa y que, en definitiva, “es imposible tomar una posición ‘política’ desde 2017” sobre lo que ocurrió en 1917 y sus alrededores.

Una contestación impecable porque, como alegaba Edgar Quinet, refiriéndose a lo sucedido en Francia, emitir un veredicto desde el presentismo supondría “aislar a la Revolución en el tiempo y suspenderla en el vacío” o incluso “contar la historia de una batalla sin tener en cuenta al Ejército enemigo”.

Pero ahí van mis tres siguientes preguntas, compatibles con cualquier perspectiva y contexto: ¿Por qué será que, como denunció Vergniaud, la Revolución, como Saturno, siempre devora a sus mejores hijos? ¿No tendrá razón Hanna Arendt, cuando sostiene que “la libertad ha sido mejor preservada en países donde nunca estalló una revolución, al margen de cuán indignantes sean las circunstancias en que se ejerza el poder”? ¿No habrá ocurrido que, como profetizó Alexander Herzen, cien años de comunismo sólo hayan supuesto la sustitución de la “barbarie del cetro” por la “barbarie de la bandera roja”? Ninguna piedra me ha contestado a nada de esto en San Petersburgo.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *