Sánchez, camino de Ítaca

Pedro Sánchez captó, con su buen olfato, el clima europeo, y construyó el marco mental adecuado. Luego, su aparato de propaganda lo amplificó para dotar de verosimilitud a la posterior interpretación de los resultados: el guion y análisis estaban escritos pasase lo que pasase. Sánchez se erigió hace tiempo en el adalid europeo del combate contra las «fuerzas de ultraderecha». El previsible auge de formaciones de derecha radical, populista o nueva derecha -además de los extremos y candidaturas iliberales, soberanistas o euroescépticas- permitía a Sánchez abanderar la cruzada con el argumento de que su partido representa la izquierda resiliente. De modo que se lanzó a perder por poco. Sus guarismos resultaban secundarios; él construiría su ficción en función, fundamentalmente, de la victoria de Marine Le Pen en Francia.

Sánchez, camino de Ítaca
Sean Mackaoui

A su favor jugaban dos factores, uno emocional y otro técnico. Las elecciones europeas son de segundo orden y los votantes se permiten expresar sus berrinches. Por otro lado, la circunscripción única concede una parca ventaja en escaños al partido ganador cuando la diferencia entre ambos no es abrumadora. El PSOE sabía que podría esgrimir como victoria -dulce derrota- el perder por menos de cinco puntos. La remontada consistía realmente en perder por dos puntos. Finalmente, ha sido por cuatro. De modo que el argumentario socialista pone el foco en la exigua diferencia de escaños. Sin embargo, estas elecciones deben mirarse desde el cómputo de los votos absolutos. Ahí está el quid de la lectura de los resultados en términos nominales. El PP aventajó al PSOE en 700.000 votos. De entre los ciudadanos hipermovilizados, el PP tiene hoy 700.000 votantes más. Probablemente, los electores socialistas necesitan creer que hay algo sustantivo en juego para activarse al ritmo del 23-J. Esta vez, la «alerta antifascista» -reclamo original de Pablo Iglesias- no ha surtido todo el efecto deseado.

En relación también con el número de votos: si consideramos el 23-J como el techo de los tres primeros partidos [para elaborar una conjetura y un futurible necesitamos partir de los datos de las generales], el PP mantiene el 72% de sus apoyos; el PSOE, el 66,7%; y Vox, sólo el 56,7%. Salvo accidente en Cataluña, las elecciones europeas han cerrado un ciclo electoral y han fijado la posición de arranque hasta la apertura del siguiente.

La proclamada remontada era una envolvente a Feijóo. De hecho, el argumentario poselectoral del oficialismo se basa en recurrir a encuestas de hace seis meses, no de hace dos semanas o dos meses, cuando la ventaja del PP en los sondeos se había reducido ya a la mitad. Sánchez pretendió estirar su ficción hasta el mismo momento de la proclamación de los resultados. El domingo, entre las 21.30 y las 23 horas, corrió el rumor de que se encaminaba hacia Ferraz, de lo cual se dedujo que para fulgurar y comunicar buenas noticias. Finalmente, no apareció en público. Sólo habló Teresa Ribera, quien se refirió al PP y Vox como «la internacional ultraderechista». Para Sánchez, Ribera no era una cabeza de lista para movilizar o entusiasmar, sino un puntal para ampliar su esfera de influencia en Bruselas. Además, aquí el PSOE ha mostrado un síntoma -inadvertido- de debilidad: no ha dado una enérgica batalla a favor de la agenda verde que representaba Ribera: bien porque creyera, sencillamente, que ella era el mensaje; bien porque hubiese avivado más a extraños que a propios; bien porque concedía terreno a Sumar -y para Sánchez estos comicios constituían la oportunidad de estrangular a Yolanda Díaz, como así ha sido-. Ribera no quiere ser europarlamentaria, sino comisaria. Lo dijo en campaña. Sánchez, que maquina en clave de poder, pensó en el perfil y en el cargo posterior al que optaría Ribera, no en la candidatura. Por eso asumió personalmente la contienda electoral.

El PP pretendió que el 9-J fuese un refrendo sobre la amnistía, lo cual incluye una dimensión europea. Sánchez recogió el guante. Es un apostador. Convirtió las elecciones en un plebiscito sobre sí mismo utilizando a su esposa. El PSOE mutó al final y adquirió la forma de plataforma Free Bego, el primer ensayo del futuro frente amplio. Este es el fondo de lo acontecido el 9-J. Sánchez no quiere dejar nada a su izquierda. Desde 2019, no gana elecciones -salvo en Cataluña, donde el PSC se ha impuesto dos veces-, pero tampoco pierde poder: lo hacen los territorios del PSOE.

Sánchez mantiene el poder a costa de haber renunciado a la hegemonía en la izquierda. Tras las últimas elecciones gallegas, inauguró un nuevo ciclo estratégico. Y estas europeas le han servido para finiquitar el anterior, basado en el trivote: PSOE, extrema izquierda y nacionalistas [fundamentalmente Bildu y ERC]. «Necesitamos liderazgos que trasciendan las siglas», reconoció tras la debacle gallega. Ahora encara ya la unidad de la izquierda. Para ello debe promover, como hace, una retórica radical e incorporar también una agenda radical que lo escore aún más. Cree que no tiene mucho electorado que perder ya por su derecha [el rotundo fracaso de Izquierda Española lo demuestra: no hay izquierda nacional y a sus restos les costará optar por el PP]. El PSOE es la izquierda realmente existente y confederal, independientemente de cuánto a la izquierda se sitúe y cuánto haya de ceder para complacer a los separatistas.

No obstante, hay dos millones de votos de izquierda extrema o radical en busca de liderazgo. Y muchos de sus cuadros se muestran temerosos de extraviar sus cargos. Díaz ha abandonado el liderazgo de un artefacto personalista creado por Sánchez para el control de daños, pero no deja la Vicepresidencia. Sumar fue el humo de ese tiempo de transición. Sánchez usó a Díaz para liquidar a Podemos y se nutre de la retórica de Podemos para fundir a Díaz. Si Sánchez es el campeador antifascista, y lo asumieron votantes de ERC hace un año, por qué no lo iban a aceptar los de Compromís, entre otros. Sánchez culminará, pasada una década, el viaje a Ítaca de Podemos. Por eso su Free Bego no es sólo un producto de merchandising, es una declaración de principios e intenciones, un desafío, una llamada, una presentación. Free Bego es la comercialización de su disputa por la democracia: Sánchez contra la ola reaccionaria: Justicia, prensa libre y oposición. Con Sánchez a la cabeza, la izquierda va a transitar de la cooperación estratégica entre fuerzas diversas a la configuración de un bloque que trascienda el de investidura para disputar la democracia: se tratará de maximizar las opciones electorales y reducir los actores, las dependencias y los riesgos.

Sánchez renuncia al proyecto autónomo, pero ya no a la hegemonía. Para esta disputa -divisiva y de erosión institucional-, cuenta con unos aliados imprevistos e involuntarios, pero esenciales. Personas de relevancia pública que, aun mostrándose extremadamente críticas con su proceder, no identifican a Sánchez como el mal mayor. Prefieren, en razón de un virtuosismo retórico, considerar que el mal mayor es Vox y, por tanto, la cooperación PP-Vox. Implícitamente, aceptan el marco del presidente.

Muchos analistas se ocupan de mirar y valorar hacia dónde se encaminan determinadas formaciones. Y sostuvieron, y sostienen, que hay que contribuir a la institucionalización de Bildu y de Podemos para su domesticación. También para su completa integración en el proceso democrático: «Siguen el camino correcto y es cuestión de tiempo», afirman amables. Sin embargo, se muestran menos inclusivos con las fuerzas de la derecha, a las que siempre les reprochan de dónde vienen, no hacia dónde van. Lo hacen, por ejemplo, con Meloni, en Italia. De modo que, según este planteamiento, el PSOE puede radicalizar sus posiciones todo lo necesario para neutralizar a las formaciones irredentas. En cambio, al PP se le exige que no pacte con Vox ni trate de ocupar su espacio. Antes bien, se le requiere que llene el hueco que deja el PSOE a su derecha. Eso fue posible en 2000, pero 25 años después, hay actores nuevos, partidos start up y fugaces, y un liderazgo en el PSOE que ha transformado las señas de identidad del partido y ha generado una dependencia emocional cercana al paroxismo.

PSOE y PP son, en sus respectivas familias políticas, de las fuerzas más pujantes del continente europeo. Si cooperasen, España ganaría peso en el reparto de poder. No cooperarán porque a Sánchez se le quebraría su narrativa, creada en torno a la «internacional ultraderechista», que le permite erguirse camuflado en la derrota. Sin embargo, los separatistas catalanes ya han olido su debilidad e interpretado los resultados del domingo. Josep Rull, de Junts, presidirá el Parlament: «La verdad es la realidad».

Javier Redondo es es profesor de Filosofía, Política y Economía, y director del Grado en Comunicación Global de la Universidad Francisco de Vitoria.

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