Sánchez o el lobo de Caperucita

Es conocido que Marx recuerda en «El 18 Brumario de Luis Bonaparte» aquella opinión de Hegel según la cual los grandes hechos de la Historia aparecen dos veces, y apostilla: «Una vez como tragedia y la otra como farsa». He dado vueltas a esta idea con el fondo de acontecimientos de un ayer no tan lejano y del hoy de España.

Los partidos sobre los que descansó un bipartidismo, a mi juicio conveniente y constructivo que debería recuperarse, decidieron cambiar. Se habla de nuevo PP y mucho menos de nuevo PSOE. Acaso resulte de interés abordarlo.

El PP busca fortalecer principios que, por uno u otro motivo, se consideraron desdibujados. Esa percepción y una dirección joven llevaron a hablar de «nuevo» PP, adjetivo que no acaba de convencerme. Los partidos son cuerpos en movimiento pero no resisten saltos en el aire. La trayectoria del PP supone una línea llana. Mi experiencia así lo demuestra. Y, en un nuevo paso, es penoso que España Suma no haya cuajado por la ceguera de dos de sus hipotéticos socios. Es una iniciativa útil para unir fuerzas que deberían confluir si el centro-derecha aspira a gobernar un día superando vedetismos suicidas. Si no, podemos estar abocados a gobiernos de izquierda.

Sánchez o el lobo de CaperucitaEstas vísperas electorales, con el CIS de Tezanos alegrando los desayunos de Sánchez, invitan a reflexionar sobre lo ocurrido en el PSOE. Existe un nuevo PSOE. Ciertos dirigentes lo reconocen ante una taza de café pero no en público; lo manifiestan algunos históricos hoy discrepantes.

El PSOE con tantos años atrás, y por ello con luces y sombras, cambió de piel. El sanchecismo -derivación más correcta que sanchismo- no es el PSOE de González, por el que planteó su renovación en el Congreso de mayo de 1979. Su ala izquierda derrotó las tesis de González. Él dimitió y sólo en un nuevo Congreso, en septiembre de aquel año, impuso su liderazgo y su proyecto. El abandono del marxismo y una propuesta moderada y realista, conectada con las clases medias, le llevaron a su victoria de 1982 -202 diputados-, sus otras dos amplias mayorías y su permanencia en La Moncloa hasta 1996. Sirva el recordatorio para el apabullante déficit de lo que ahora llaman «relato».

A Sánchez debe reconocérsele su capacidad de resistencia con manual o sin él. Abandonó la secretaría general y dejó su escaño en el Congreso por mantener el «no es no» ante una abstención en la investidura de Rajoy y, tras una peregrinación por provincias, recuperó el liderazgo. Fue empujado de la secretaría general sobre todo por el riesgo de su pacto con radicales, independentistas y filoetarras, y al volver buscó esos aliados para acompañarle en la atípica moción de censura que ya en esta página consideré un golpe parlamentario.

La moción sacó a Rajoy de La Moncloa sin censurar hechos imputables a su Gobierno y por una sentencia falseada en su objeto y dimensión. A sus promotores les unía su animadversión a Rajoy y no objetivos comunes de Gobierno. Sin apoyos y acorralado, Sánchez convocó elecciones. Después de ellas, incapaz de conseguir una mayoría, se nos llamó a las urnas por cuarta vez en cuatro años. España necesita un Gobierno estable y sin sobresaltos.

En sus escarceos para mantener el poder, el presidente del Gobierno intentó que Podemos, por temor a las elecciones, le apoyase en su segunda investidura. Era su «socio preferente», el que ahora le quita el sueño. Antes, con su apoyo, dormía plácidamente. Ese mismo pavor a las urnas llevó a Rivera a desdecirse, ofreciendo su abstención tardía al que había llamado «jefe de la banda». Sánchez, que ejerce con los demás partidos una actitud de perdonavidas, le dio un portazo. Narcisista y convencido de sumar votos, Sánchez buscaba unas elecciones y, al tiempo, para debilitar a Iglesias, encandilaba a Errejón, más manejable pero no menos radical.

Convocadas estas elecciones algunos líderes se movieron. Rivera, que parece no saber si es de este mundo, aseguró su apoyo a Sánchez; luego cambió de nuevo. Iglesias siguió con su imposible coalición. Errejón desde el principio apostó por Sánchez. Y Casado exigió, en todo caso, duras condiciones. La sensación del votante de a pie fue que se esperaba una victoria del PSOE y tenía, con matices, suficiente acompañamiento. No será así, pero la impresión generalizada era indeseable.

En campaña los partidos desvelan propósitos que a menudo no se cumplirán. Sánchez proclama que subirá pensiones y bajará impuestos, pero el PSOE no lo hizo cuando pudo. Y de paso compromete miles de millones de gasto que sabe inasumibles. Los reclamos electorales a veces son así.

Ahora Sánchez se muestra moderado, se envuelve en la bandera nacional y se aleja de los soberanistas. Cara a las urnas aparece con el disfraz inocente del lobo de Caperucita. Pero desde su acceso a la secretaría general, Sánchez arrastró al PSOE al radicalismo. El sanchecismo se apoyará cuando le convenga en el neoleninismo, con un nombre u otro; entiende normal avenirse con los herederos de un terrorismo que nunca se arrepintió; y, pese a las apariencias, hace guiños a quienes quieren romper España y protagonizaron un intento de golpe de Estado.

Esta deriva me lleva al socialismo de mediados de los años 30 que se dejó arrastrar por los extremismos y, aunque lo oculte una falaz memoria histórica, con su desvío contribuyó a que el país desembocase en una guerra. Sánchez debe arrojar lastre si quiere mantener al PSOE en el constitucionalismo. La reunión de Sánchez y Torra en Pedralbes, con su documento de fondo, no anima al optimismo. Iceta, políticamente bailón, es el ariete. No descarto una nueva pirueta antes del 10-N.

Sánchez está lejos de la socialdemocracia de González, que se negó a pactar con IU su investidura de 1993. El sanchecismo mira al pasado, profundiza la quiebra iniciada por Zapatero, y favorece un maniqueísmo irresponsable. Su obsesión ha sido resucitar a Franco; su exhumación lo mantendrá vivo. Es el vano intento de reescribir la Historia para que, a los ochenta años, ganen una terrible guerra quienes la perdieron. Otra impostura de quien no tiene soluciones útiles para los problemas de hoy.

Hay que desear que el PSOE se renueve, sin maquillajes, hacia la moderación, alejándose de los errores de los años 30. Resucitarlos sería muy grave. En 1936, y antes, Largo Caballero en sus mítines y «El Socialista» en sus editoriales anunciaban una guerra, la suya, que llamaban revolución, y se preparaban para ella. Es la Historia. Y no debe repetirse ni siquiera como farsa. Ya nos alertó Marx. Aunque no pocos pensarán que ya vivimos una farsa. Sobre todo tras la sentencia del procés y sus consecuencias.

Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando.

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