¿Sánchez o España?

Puede que recuerden aquello de: «Haremos lo que haga falta, donde haga falta y cuándo haga falta». Repetirlo acaso sea el más refinado de los castigos, toda vez que, dos meses después de los 100.000 millones de euros prometidos, el Gobierno solo había desembolsado 16.000. Estamos, pues, ante una lucha desigual: el coronavirus es mucho coronavirus y el nuestro, poco gobierno.

Nuestro presidente ha pasado de negar la pandemia a vivir de ella, ha migrado de federalista contumaz a jacobino impenitente y si el 8-M fue un libertario suicida ahora es un ultraconservador fingidamente consternado. La gestión de Gobierno, en una crisis como esta, debería haber tenido mucho de implicación personal, pues las realidades más desagradables, como las de las residencias de ancianos, son difíciles de evaluar desde la placidez de Galapagar o detrás de una mampara en La Moncloa. El Gobierno no es como el ejército que responde a unos automatismos sobre el terreno. Cuando al general Eisenhower le nombraron presidente de los Estados Unidos, expresaba su extrañeza de que daba una orden y no pasaba nada.

Sánchez ha establecido un sistema autoritario que le permite ocultar muchas cosas, pero no todas. Por ejemplo, el envejecimiento de su gobierno, muy encanecido por haber sido seleccionado más por su impacto mediático que por sus competencias. Resulta fácil concluir que lo que hemos presenciado ha sido la escasa valía de esos administradores para prever la pandemia, proteger nuestra salud, negociar con proveedores, organizar las reaperturas de los negocios y preparar la vuelta al colegio. Tuvo que ser un virus letal, con cara de asteroide purulento, el que denunciara estas carencias de gestión en cada etapa del proceso; o, como diría un castizo: «Oiga, es que no dieron ni una».

La finalidad de un gobierno no es ser de derechas o de izquierdas: su finalidad es ser responsable. La nueva situación obligaba al presidente a cambios inmediatos de ministros para adaptarse al nuevo escenario, algo que no hizo. Sánchez siempre prefirió el descaro de la propaganda a la sinceridad de los reflejos, y le fallaron los reflejos. Hay una síntesis irrebatible que valora su gestión: «Récord de víctimas por millón de habitantes de todo el mundo». Por dicha razón, su deseo homérico de resistir carece de fundamento; tiene además en contra un frente inculpador de sanitarios, que contagiados por el acopio de material defectuoso, han sacrificado sus vidas por los enfermos. Mientras que Sánchez iba forrado de Guerra de las Galaxias para visitar la SEAT e Iglesias mantenía la distancia social a kilómetros del contagio o las colas del hambre, Su Majestad el Rey Felipe VI, Cáritas, oenegés, empresas, políticos y ciudadanos de todas la ideologías, visitaban los hospitales y organizaban los bancos de comida.

Al presidente, con su sempiterna faz de incomprendido, le urge quitarse «los muertos de encima» o un rebrote atribuible a las caceroladas. La ambición de Sánchez desde joven anduvo por delante de su talento y para cubrir esa brecha, ha recurrido a todo tipo de engaños, plagios y trastiendas. Al pacto de La Moncloa, le ha seguido el de Reconstrucción, luego el de la Cogobernanza y por último el de la Reforma Laboral con Bildu. Por ello, cualquier observador neutral tiene la mortificante sensación de que Sánchez vive al día. El problema de vivir así es que exige corromper a mucha gente para lograrlo: personas que le amañen las encuestas, censuren las preguntas, hagan la vista gorda con una manifestación contagiosa, cambien la calificación de un delito, le favorezcan en los telediarios, calumnien a una adversaria, acuerden de espaldas al Consejo de Ministros… Lo desmoralizador, como en la fábula, es que cuando dice la verdad ni los suyos lo perciben. Desengañémonos: España con ese estilo extraviado no va a ninguna parte. La historia enseña que para ser un buen presidente se necesitan conocimientos, señorío y otros valores.

La nueva comisión parlamentaria es un artificio más para intentar compartir con la oposición el estigma del rescate europeo. La habilidad más acreditada de Sánchez es identificar al pardillo que haga de Cirineo y cargue con su cruz. Claro que, por otro lado, ha dicho que vamos a recibir un pastón de Europa sin condiciones: es su forma de incensarse, como cuando nos vendió sus éxitos con Gibraltar. Ese dinero cubre el problema sanitario y el del desempleo. Calderilla en relación con lo que necesitaremos para financiar la reconstrucción.

Para abordar ese nuevo tiempo, tendría que cambiar de gobierno ya: a) cesar a los ministros «achicharrados»: Iglesias, su pareja, y la vicepresidenta Calvo, que con su imprudencia fueron desencadenantes de la tragedia del 8-M; b) librarse de los «apócrifos», esa decena de ministros inéditos, afortunadamente contingentes, que parecen estar en cuarentena desde su nombramiento, pero que incrementan el gasto estructural para justificar su existencia; c) cuestionar o despedir en cada caso, con un atento oficio a los «aseados» aquellos que, a pesar de sus esfuerzos, han llegado pronto a su nivel de incompetencia: Illa, Marlaska, Ábalos, Celaá y Álvarez y d) contar sin duda con los «aprovechables»: Robles, Planas, Calviño, Escrivá y Maroto, que en momentos difíciles han demostrado su eficacia y carácter.

¿Y por quién los sustituimos?, preguntó Luis XIV a Colbert, primer organizador de un gobierno moderno. A lo que este contestó que por hombres de negocios. Mas si la administración no se parece al ejército, como señalaba Eisenhower, tampoco se asemeja a una sociedad anónima, y los ejecutivos se tornarían burócratas en poco tiempo. Unos headhunters, quizá, en cambio, encontrarán buenos ministros dentro de la élite de nuestros funcionarios. Gordon Brown al relevar a Tony Blair dijo: «I am ready to serve» (estoy preparado para servir). Para afrontar lo que nos viene, precisamos gente con conocimientos, pero sobre todo con ideología de servicio.

El que no tiene vocación de servir es Iglesias, él quiere dictar. En Europa, después de sus declaraciones impertinentes al «Financial Times» y otras provocaciones varias, piensan que es un «Rasputín» que da lecciones de todo y no responde de nada, que salmodia las bondades de la inseguridad jurídica y desprecia a la Unión. Claro que si este caballero va así de inmune por la vida, la Unión Europea podría pedir adhesiones más fervientes. Sánchez, entonces, tendría que consensuar con la oposición, sin Podemos, o anunciar comicios cuando la ley lo permita.

Se puede desear tanto un gobierno de coalición, como la búsqueda de gobernantes idóneos, y ambas cosas son compatibles; pero la presión ambiental por los presupuestos quizá resulte insalvable y obligue a celebrar elecciones en 2021. Elecciones en las que al analizar los infortunios habidos en materia de economía, empleo y libertades, la pugna ya no será entre partidos, sino entre España y Sánchez, y lo probable es que pierda Sánchez.

José Félix Pérez-Orive Carceller es es abogado.

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