Sánchez y el triángulo de las Bermudas

Se conoce como Triángulo de las Bermudas en el océano Atlántico a un área geográfica en forma de triángulo equilátero que se encuentra situada entre las Islas Bermudas, Puerto Rico y la ciudad norteamericana de Miami. Esta zona, según se asegura, reviste una peligrosidad potencial muy acusada pues existe la creencia de la desaparición en otros tiempos de una cuadrilla de aviones de la Marina USA y un gran número de barcos en la costa de Bahamas.

Todo ello me ha recordado la posición que ha decidido escoger nuestro presidente, Pedro Sánchez y, lo que es más grave y preocupante aún, la situación a la que está llevando a nuestro país en estos momentos. Así podríamos decir que Sánchez ha metido a España en el Triángulo de las Bermudas, dada la situación endiablada en que nos encontramos.

Pedro Sánchez, a su vez, se ha hecho acompañar en su Gobierno de un triángulo de poder compuesto por tres de sus vicepresidentes a los que les tiene encomendada una función muy específica que, según todos los indicios, parece que están cumpliendo con escrupulosidad. Esos tres vicepresidentes constituyen pues los verdaderos puntos de referencia del actual Gobierno de nuestro país. Veamos quiénes son y con qué objetivo fueron nombrados.

Pablo Iglesias ha sido y sigue siendo el peón básico que ha urdido la exitosa moción de censura que llevó a Sánchez a La Moncloa y el hacedor por ello del llamado Gobierno Frankenstein que por desgracia padecemos y del que, sin embargo, él disfruta sobremanera, acompañado siempre por su actual pareja. Iglesias es la persona de enlace de Pedro Sánchez con el bloque de fuerzas separatistas, que encabezan significativamente Bildu y Esquerra Republicana de Cataluña. Son los partidarios de acabar con el Régimen del 78 propugnando lo que ellos llaman «una nueva transición» que derribe la Monarquía y nos conduzca a una República confederal y plurinacional para regocijo del nacionalismo vasco y catalán. Enorme desafío pues el que Iglesias plantea que obviamente no cuenta con tradición alguna en la historia de nuestro país y que, por tanto, es de esperar que no prospere a pesar de la terquedad e insistencia con que lo defiende.

Carmen Calvo, por su parte, desempeña un papel quizás más modesto pero no menos trascendental y maligno, porque es la persona que tiene como cometido la confrontación del Gobierno con la Iglesia Católica y el permanente acoso a la tradición religiosa secular de nuestro país. Además es la encargada de mantener la cruzada antifranquista tratando de poner habitualmente en un brete a la derecha española, que viene manejándose sobre la cuestión con manifiesta debilidad y torpeza, no de ahora sino desde la mismísima época de la Transición.

La vicepresidenta Calvo ya se puso la medalla de honor al haber dirigido personalmente la esperpéntica exhumación de Franco del Valle de los Caídos en una operación sin pizca de respeto y grandeza alguna, sembrando discordia y rencor en amplios sectores del país. Ahora, según las últimas informaciones, no contenta con ello trata de expulsar del Valle a la Comunidad Benedictina para transformar la abadía en un cementerio conmemorativo de carácter civil, por supuesto. El impresentable y totalitario Proyecto de Ley de la Memoria Democrática que cocina el Gobierno de la mano de la señora Calvo, si prospera, va a suponer un solemne varapalo a lo que fue el espíritu de la Transición y en definitiva al núcleo esencial del Pacto Constitucional. No resulta raro, sin embargo, comprobar que cada vez que el Gobierno se encuentra en una situación delicada, difícil de manejar, aparezca la señora Calvo para movilizar a sus huestes y distraer la atención del personal removiendo los cimientos del pasado y acusando a media España de comportamiento fascista y antidemocrático cada vez que la oposición no secunda dócilmente las variopintas propuestas del Gobierno en cada momento. En fin, una bendición de señora.

Y, por último, la tercera vicepresidenta, Nadia Calviño, resulta ser el rostro amable de la película al representar el papel de Caperucita Roja en el Gobierno, teniendo encomendada una función esencial, cual es la de conseguir trastear a los responsables de Bruselas para que llegue la mayor cantidad de dinero posible a las arcas gubernamentales. España tendrá por ello una oportunidad histórica para reestructurar y modernizar nuestro tejido productivo. De la inteligencia y responsabilidad de este Gobierno de irresponsables dependerá que hagamos una utilización sensata de los citados fondos o por el contrario se destinen simplemente a tapar agujeros y proporcionar subvenciones a sectores sin futuro alguno.

Por todo lo anteriormente expuesto, lo que queda bastante claro es que Sánchez no es meramente un superviviente que aspira a disfrutar de La Moncloa el mayor tiempo posible -como habitualmente se le describe y se difunde en los mentideros políticos-, sino que tiene un macabro plan de desguace de España que pone en serio peligro la paz y convivencia entre los españoles. Este proyecto de deconstrucción de España debe ser tomado muy en serio por el resto de las fuerzas políticas de oposición que siguen dando prioridad a sus mezquinos intereses políticos del momento sin atender, como debieran, las verdaderas demandas y necesidades de la Nación.

La Corona, los líderes empresariales, la sociedad civil mejor informada y más despierta e, incluso, la propia jerarquía eclesiástica deberían estar alerta para poner en marcha aquellas medidas que impidan que España vuelva a las andadas como en otras épocas del pasado. Tirar por la borda todo lo que se ha conseguido en estos últimos 40 años gracias al esfuerzo de varias generaciones de españoles no resulta tolerable ni debe ser aceptado por la mayoría del pueblo español.

España no puede quedar en manos de unos personajes de dudosa competencia, carentes de escrúpulos y con aviesas intenciones que están jugando con el futuro de 40 millones de españoles que contemplan con estupor la triste situación a la que nos tienen abocados.

Ignacio Camuñas Solís fue Ministro adjunto para las relaciones con las Cortes.

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