Sánchez y la fuerza de la gravedad

Decía un castizo que las cosas caen por la fuerza de la gravedad o por la de su propio peso. Lo cierto es que las cosas cuando pierden apoyo se precipitan; sea un meteorito desorientado, una vetusta marquesina o un político en el filo de la navaja. Y hablando de políticos expuestos, ¿por qué podría caer Pedro Sánchez? Tal vez por haber asumido esta reflexión: «Como os habéis equivocado dos veces, he tenido que decidir por vosotros una tercera».

Una sociedad puede ser juzgada por la clase de políticos que produce. Son los políticos los que tienen la obligación superior de convertir hechos biológicos, hombres y mujeres, en hechos sociales, señoras y caballeros. O mejor, convertir a votantes en ciudadanos, que trasmitan a sus hijos educación y civismo. Pues bien: ¿qué trasmite Sánchez? Ser un buen líder no está al alcance de cualquiera. No solo importa a dónde se dirige, sino qué argumentos y maneras utiliza y, sobre todo, qué es lo que consigue.

sanchez-y-la-fuerza-de-la-gravedadLa ilusión del PSOE es ganar al PP, objetivo irrealizable a medio plazo, entretanto ve con horror cómo se mancilla su historia de servicios a España; claro que Sánchez no parece sufrir por ello, es como si coincidiera con Napoleón en que él es «su propio antepasado». Por lo demás, los socialistas desearían que su líder ofreciera argumentos estratégicos de calidad; su gran competidor Iglesias es un demagogo, pero elabora ideas para explicar a dónde quiere ir, mientras que las salidas de Sánchez son de andar por casa. A la pregunta capital de esta legislatura de qué está haciendo el PSOE por la gobernabilidad, Sánchez y algunos de sus electrones repiten que «hacer oposición»; bizantinismo clamoroso cuando para empezar no tenemos gobierno. Los ciudadanos quieren un horizonte de trabajo y prosperidad y no ocurrencias confusas sobre modificar la Constitución, o brochazos dadaístas de que «el cambio» lo arreglará todo: el paro, los recortes, los desahucios, y si me apuran hasta los déficits. Y ¿cómo? Bueno, con voluntarismo. Contestando así salen del paso, pero el elector repara en que le han tomado el pelo y, sin que Sánchez lo advierta, hay un socialista menos.

La falta de criterio caracterizó a Sánchez desde un principio. Su idea más ingeniosa durante estos años fue predicar lo contrario de lo que formulaba el Gobierno, pero, claro, el Gobierno de vez en cuando acertaba y entonces Sánchez se veía abocado al disparate: «no» a la renovación de los presupuestos, «no» a la capacidad del Constitucional para ejecutar sus sentencias, «no» a la reforma laboral que está creando empleos, «no» a hacer frente sin circunloquios al soberanismo… Su relativismo es tal, que nadie sabe qué piensa más allá de su brillante pleonasmo de «no es no», que parecía hasta ahora resumir su hoja de ruta.

Sánchez habla bien, tiene porte y contoneo de pasarela, navajea como un jabato, y el trabajo y la honradez se le suponen; pero no es suficiente. Sus decisiones no son acertadas. Le faltan imaginación y fineza. Se le reconoce arrojo para enfrentarse a lo más razonable de la izquierda: el diario El País o el expresidente González, pero esa aparente osadía es resistencia, no resiliencia; en las dos se sufre, pero en la resiliencia, además, se aprende. Y Sánchez, absorto en sus ansiedades personales, aprender no aprende nada. Imaginar que el caso Bárcenas iba a ser para él un máster de Harvard que le cualificaría como primer ministro fue un dislate. Creer, como creyó después, que toda la izquierda era suya fue un tremendo varapalo. Pensar que esa izquierda le quiere ahora de verdad, como presidente de una alternativa muy forzada, sería reincidencia; porque, aunque habla de cambio, él no cambia.

Solo le vivifica el calor del resentimiento. Ha hecho de su odio a Rajoy una forma de hacer política. La reciente sesión de investidura le proporcionó la ilusión cortoplacista de haber ganado algo. No fue así: Rajoy perdió, pero perdió bien, y perder bien es la mejor revancha. Tiene que ser mortificante decir que Rajoy es deshonesto o que su discurso está acabado, y fracasar luego dos veces con semejante calamidad. Groucho Marx, en su caso, habría gorjeado: «Nunca votaría a un partido que me aceptara a mí como secretario general».

Claro que el más desesperado de sus absurdos es confundir militantes con votantes. Las bases podrán mantenerle como secretario general, pero no hacerle presidente. Eso solo podría hacerlo, y en parte, Podemos, en un caso de suicidio impensable que recordaría al de Izquierda Unida. Cuando bases y votantes se distancian, como ahora acontece en el PSOE, es que uno de las dos se equivoca y en su sinrazón se siente atraído por la llamada del precipicio. ¿O acaso no es precipicio forzar otros comicios, con tan pocas garantías de ganarlos, solo para sumar unos meses? Al igual que el mayor riesgo de viajar en avión es el trayecto que nos lleva al aeropuerto, el mayor riesgo de Sánchez, antes de que despegue una nueva convocatoria electoral, va a ser elegir uno de estos caminos: a) salvar «in extremis» su carrera política, absteniéndose en la próxima investidura por el bien de España; b) dimitir, negociando su futuro con el partido, para que se abstenga otro; c) ser cesado, con toda razón, cuando pierda las próximas elecciones autonómicas el 25-S, o por tercera vez las generales. Por eso se abraza a un clavo ardiendo.

Recordaba Chesterton en su obra Ortodoxia que «hasta Satanás cayó por la fuerza de la gravedad», lo cual, de seguir Sánchez pisando en falso, sin otro plan que ver si se produce un milagro, podrá ser su caso. Algunos piensan que caerá matando. No lo sé, quizá. Lo que sé es que España puede vivir sin Sánchez, y lo que es aún más obvio, que su partido con él no recuperará su preponderancia. La duda, viendo a Sánchez todavía por ahí, es si el PSOE se ha convertido en un móvil de Calder, tan liviano que ha perdido también el respeto a la fuerza de la gravedad.

José Félix Pérez-Orive Carceller, abogado.

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