Sánchez y los presupuestos de una ambición

Sánchez y los presupuestos de una ambición

Con el descuido del que dejaba caer la ceniza del cigarro sobre el deslustrado atuendo de viejo payés al que pocas cosas pueden asombrar, Josep Pla coligió –tal vez como gran lección de su oficio de gran cronista de su época– que era mucho más difícil observar que pensar. No le faltaba un ápice de razón a quien, como anotó en su Cuaderno gris, se tenía por un hombre a contracorriente de su tiempo. Malhumorado contra esa fatiga de la memoria que lleva al género humano a facilitar cíclicamente la aparición de aventureros de la política, advierte sin éxito en sus Notas del crepúsculo: «Si algún día se encuentran con un orador que les garantice la felicidad, el bienestar, la solución de todos los problemas gratis; si algún día se encuentran con algún cura laico, de dulce palabrería… Hagan caso: abróchense la americana y tomen las de Villadiego lo más deprisa posible».

Atendiendo la apreciación del escritor ampurdanés, hay que observar (sin renunciar a pensar, claro) la mutación que se está operando en el régimen constitucional español por el habitual procedimiento de deformar la Ley de leyes en vez de reformarla. Como ya se avizoró en los 100 días de estado de alarma a causa del coronavirus y ahora reemprende Sánchez en esta reanudación de curso político en el que, una vez que ha quedado en agua de borrajas el «salimos más fuertes», hace otro alarde publicitario con el «España puede». ¿Cómo si estuviera en duda esa posibilidad, y no la idoneidad y pericia de las manos que timonean la nave?

La España que sobrevivió a Zapatero podrá hacerlo igualmente con Sánchez. Pero hay que admitir que tanto castigo seguido no hay cuerpo que lo aguante ni nación que no se resienta. Mucho más cuando no se asumen responsabilidades por una epidemia que se ha cobrado más de 50.000 muertos y cuya segunda ola acredita que este país no escarmienta en cabeza ajena ni en propia. Después de invitar a los españoles a «disfrutar de la nueva normalidad recuperada», como el 4 de julio en un mitin en Galicia, porque «el Estado se encuentra hoy mucho mejor pertrechado para luchar contra todos los rebrotes de la Covid-19 que puede haber», ahora se vuelve a las andadas en vísperas del regreso incierto de los escolares a sus aulas. Como los malos médicos acompañan a sus pacientes hasta la tumba.

Si durante los 100 días de estado de alarma el bachiller Sánchez trató de engañar a los españoles enmascarado a la manera de aquel Caballero de los Espejos (en su caso, televisivos) con el que Sansón Carrasco quiso vencer sin éxito en primera instancia a don Quijote, ahora lo ha hecho bajo la apariencia del Caballero de la Blanca Luna de su cónclave del lunes con grandes empresarios y prohombres de la sociedad civil para ver si a la segunda sale bien librado como el licenciado salmantino, tras usar ese otro disfraz en su brega con el ingenioso hidalgo manchego.

Desmarcándose de la gestión de la Covid, limitándose a ser árbitro de la cuestión o mero hombre del tiempo que da cuenta de las oscilaciones en el mapa epidemiológico en vez de liderar ese combate, Sánchez sigue a lo suyo, esto es, a tratar de ser más poderoso cuanto mayor es la ruina de España. Con una ambición tan grande como su narcisismo, hace bueno lo que Quevedo dijera agudamente de Felipe IV: «Más grande era cuanto más tierra le quitaban».

En este sentido, sin ataviarse de casaca con tela de oro finísimo sembrada de pequeñas lunas resplandecientes, pero sí de parecidas argucias a las del bachiller Carrasco, Sánchez despliega una estrategia que va más allá de asegurarse unos Presupuestos Generales del Estado que le despejen el tránsito de esa legislatura de 40 meses que postula. En realidad, persigue otros Presupuestos –«porsupuestos», les ha llamado con tino Santiago González– que solidifiquen ese presidencialismo que codicia y que contraviene abiertamente la Carta Magna al socavar los fundamentos de la democracia representativa y las atribuciones del Rey Felipe VI como Jefe del Estado. Con relación al Monarca, no tiene reparos en arrinconarlo como una estatua a la espera de trasladarla al desván por no saber dónde colocarla sin chocarse con ella. Entre tanto, se le enreda en cuitas familiares derivadas de las acusaciones que pesan sobre su padre don Juan Carlos I y se le mengua su alta encomienda constitucional.

Como muestra de exhibición de poder, pocos actos tan ilustrativos como el besamanos –se diría incluso que besapiés en algún caso de obsequiosidad extrema– en el que, a toque de silbato, acudió este lunes lo más granado del empresariado patrio pese a ser convocados con unas horas de antelación. Como en el popular bolero de Los Panchos, «si tú me dices ven, lo dejo», aunque no lo hicieran por amor, claro, sino por negocios. Hay que disculparlos dado que el alto intervencionismo gubernamental hace depender la viabilidad de sus industrias de la mano –no precisamente diestra– que escribe el Boletín Oficial del Estado y de organismos reguladores que no gozan de la independencia exigible ni están encomendados a personalidades con criterio propio, pese a así disponerlo su creación. No es que el que calle otorgue, como dice el refrán, sino que al que calla le otorgan.

Claro que una cosa es pagar peaje al no poder despegarse del todo del Gobierno de turno y otra bien distinta es ser relegados al papel de turiferarios de un presidente que cada vez que se cita con ellos se atiene a la certera definición que Marlon Brando hacía de un actor: «Una persona que no te escucha a menos que estés hablando de él».

Cuando Sánchez apela a la oposición a arrimar el hombro lo que busca es que lo saquen a hombros porque él lo vale. A diferencia de un centroderecha que administra, pero no gobierna, la izquierda ni administra ni gobierna, pero sí manda y le gusta que se note exhibiéndose orgullosa con eso que llama, cuando está en la oposición, poderes fácticos y con los que le encanta retratarse con entusiasmo y felicidad cuasi radiantes de anuncio televisivo de pasta dentífrica. Como las caras de Pablo Iglesias e Irene Montero, luego avinagradas al enterarse de que Sánchez se la había jugado con Bankia diciendo adiós a su sueño a tener una banca pública a su disposición.

En cualquier caso, la pretensión de acto tan partidista no era tanto presionar al PP para que apoyara los Presupuestos –cosa que le importa una higa a Sánchez, aunque escenifique lo contrario y haya quienes muerdan el anzuelo–, sino exhibirse majestuoso. Amparado en la anomalía española de que al primer ministro se le denomine presidente, diluye hasta rebasarla la raya roja que respetaron sus antecesores de no ejercer el presidencialismo para no invadir los predios reales como cabeza de la nación que supieron ejercer respectivamente los dos monarcas de la democracia en situaciones excepcionales como los golpes de Estado militar del 23-F de 1981 o independentista catalán del 1-O de 2017.

Al cabo del tiempo, Sánchez ha evidenciado que no fue ningún acto fallido de novato aquella celebración de la Fiesta Nacional en el Palacio Real en el que, tras saludar a los Reyes, se quedó en la línea de saludo, al haber hecho costumbre de ello y arrogarse atribuciones que no le corresponden. Esa invasión alcanzó ribetes inquietantes en los 100 días de exorbitante estado de alarma que Sánchez aprovechó para adoptar un cesarismo que dio pie a una acre catilinaria del magistrado del Tribunal Constitucional, Manuel Aragón Reyes, al que sólo faltó remedar la históri- ca cita de Cicerón: «Quousque tandem abutere, Sánchez, patientia nostra?».

En su certero alegato, el ilustre jurisconsulto explicaba que era incompatible con la monarquía parlamentaria el presidencialismo de quien, en formatos de ruedas de prensa inconcebibles en una democracia, se erigía como «el máximo representante» de la nación cuando a ésta la representan las Cortes Generales y al Estado el Rey, mientras él representa sólo al Ejecutivo.

Por ello, reclamaba tomarse en serio una Carta Magna que no permitía, para situaciones de excepción, establecer una «dictadura constitucional», sino reforzar los poderes del Estado sin anular el control parlamentario ni interrumpir el funcionamiento de las Cámaras, como se pretendió. Tal desafuero llevó a Cayetana Álvarez de Toledo a exclamar que «el Parlamento no se cierre ni en guerra». Como no lo hizo tampoco la Inglaterra asolada por los bombardeos aéreos alemanes durante la II Guerra Mundial.

Echando la vista atrás, Sánchez hace aquello que afeaba a Rajoy corroborando lo dicho por Borges de que «hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos». Valga como botón de muestra cómo el doctor No es No argumentaba su negativa a constituir un Gobierno de «amplio apoyo parlamentario» en base a que el oferente pretendía perpetuarse. Ergo, atendiendo a la apreciación borgiana, Sánchez anhela ahora los sufragios del PP, con la excusa de unos «Presupuestos de país», para eternizarse en la presidencia al no bastarle los votos de sus socios para adueñarse de instituciones como el Tribunal Constitucional o el Poder Judicial que exigen una mayoría cualificada para renovarse. De hecho, cuando no precisó de tal mayoría, el PP se enteró por la prensa de la entrada de Iglesias en el CNI, por ejemplo.

Ahí reside la ambición de quien promovió una moción de censura Frankenstein para aterrizar en el poder en la primavera de 2018 con 85 diputados y construida, como el monstruo de la novela de Mary Shelley, a base de cadáveres diversos. No obstante, Sánchez goza de la ventaja de saber que no se puede configurar una mayoría alternativa que no pase por él. Ello le permite jugar con la oposición al ratón y al gato, cuando ésta no se hace la guerra entre sí, incapaz de tomar la iniciativa con el país columpiándose al borde del abismo.

Aprovechando ese estado de confusión, Sáncheztein gobierna España como el PSOE tras ser elegido por medio de unas accidentadas primarias que son un modo de elección que tiene su sentido en sistemas presidencialistas. Pero no en regímenes parlamentarios, en los que la democracia no se limita al origen del poder, sino a controlar su ejercicio mediante organismos que, si se anulan, dejan el camino expedito al abuso de un caudillo que establece un vínculo directo con quienes lo han escogido. No por casualidad, Sánchez planteó que, para evitar bloqueos, se le designara directamente presidente como candidato de la lista más votada, esto es, que pudiera gobernar con 120 diputados como si atesorara una mayoría absoluta.

Como alertaba el gran politólogo italiano Giovanni Sartori en 1978, en una conferencia dictada con motivo del vigésimo aniversario de la Constitución española donde se planteaba descarnadamente si la democracia mataría a la democracia, este «direttismo» (directismo) podría destruir una democracia representativa, que es la única que respeta y garantiza las libertades individuales, fiada a líderes populistas que resultan una mezcla de mediocridad y demagogia. Ese directismo se ha instalado en la gobernación de España por medio de primarias que han derivado en caudillismos que agudizan los fallos de la democracia representativa al ofrecer soluciones simplistas fáciles de aprehender por los simples.

En su avance, no parece encontrar oposición ni siquiera a la vista de sus destrozos. A lo que parece, no abundan quienes desdeñan las romanzas de los tenores huecos ni el coro de los grillos que cantan a la luna, sin pararse a distinguir las voces de los ecos, que diría un Antonio Machado tan observador como Pla, aunque tan divergentes ideológicamente.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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