Sangre en Bali

Walid Phares es licenciado en Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Jesuita y la Universidad Libanesa de Beirut, y doctor en Relaciones Internacionales y Estudios Estratégicos por la Universidad de Miami. Experto en temas relacionados con islam político y la jihad, es director de la Fundación por un Líbano Libre y miembro del Middle East Forum (GEES, 18/10/05).

A las 8 de la noche del sábado, el horror golpeaba Bali de nuevo. A fecha de este escrito, al menos 26 personas han resultado muertas y 101 heridas — incluyendo indonesios, americanos, australianos, coreanos, y japoneses — a consecuencia de las bombas detonadas en tres restaurantes a lo largo de la capital turística del área. Las pérdidas materiales están aún por determinar con precisión. Los atentados terroristas que sacudieron la isla — un enclave principalmente hindú dentro de Indonesia, el país musulmán más poblado del mundo — fueron sangrientos y psicológicamente devastadores, pero su dimensión más importante fue la estratégica: estos ataques muestran la tendencia de los terroristas a repetirse. De hecho, no sorprendió a nadie que la filial asiática de al-Qaeda, la Jemaah Islamiyah, apuntase a Yakarta en el 2002, pero que el grupo atacase de nuevo en el corazón de la misma ciudad casi exactamente tres años después está ciertamente lleno de significado. Sería el equivalente a que los neoyorquinos contemplasen dos aviones secuestrados empotrándose contra los rascacielos de la Gran Manzana en algún momento del septiembre que viene. La devastación psicológica, incluso con menores bajas, sería balística. Ésa es la sensación entre la población de Bali hoy: incredulidad.

¿Por qué derramarían los jihadistas más sangre, con terroristas suicida, en exactamente la misma localización de su ataque más difundido, incluso aunque en términos de bajas totales, el atentado haya demostrado ser menos exitoso? “Los terroristas buscan aún blancos fáciles”, decía el Presidente de Indonesia, Susilo Bambang Yudhoyono, en una conferencia de prensa tras recorrer las zonas devastadas de la isla. El principal funcionario indonesio antiterrorismo, el General Ansyaad Mbai, dijo que los dos cerebros sospechosos de los atentados son malayos, acusados de formar parte del grupo terrorista Jemaah Islamiyah. Las autoridades indonesias también les acusan de “orquestar los atentados del club nocturno de Bali en el 2002, así como otros dos ataques en la capital de Indonesia en el 2003 y el 2004”. Los primeros atentados de Bali, que también tuvieron por objetivo clubes nocturnos repletos de turistas la noche de un sábado, costaron la vida a 202 personas, la mayor parte de ellas extranjeros. Fuentes de Yakarta daban los nombres de los dos presuntos cerebros: Azahari bin Husín y Noordin Mohamed Top.

Durante los dos últimos años, las agencias de Inteligencia occidentales e indonesias han alertado de que la Jemaah Islamiyah planeaba más ataques. Ya en la época de los atentados del 2002, la Jemaah Islamiyah había sido vinculada al menos a otros dos atentados en Indonesia, ambos en Yakarta: uno en los exteriores de la embajada australiana en el 2004 y otro en el hotel J. W. Marriot en el 2003. El segundo mató al menos a 23 personas. Pero las informaciones de los medios insisten en que el mentor de los jihadistas, Abú Bakr Bashir (que ha sido encarcelado por planear los ataques del 2002), negaba cualquier conexión con las conexiones del fin de semana.

¿Por qué la Jemaah Islamiyah ataca el centro de Bali por segunda vez? ¿Por qué no buscar blancos fáciles por otro lado? ¿Quién dio la orden, y cuál es la implicación de al-Qaeda en este ataque repetido? Las autoridades indonesias no trataron la dimensión más estratégica de estas cuestiones. Que te digan que la Jemaah lleva activa desde el 2002 ya es sabido. ¿Qué hay de nuevo en estas revelaciones? Por supuesto que la Jemaah lleva librando sus operaciones jihadistas desde su creación. El encarcelamiento de su líder espiritual, Bashir, no importa, la simple lógica del jihadismo es ir más allá del líder encarcelado y golpear de nuevo. Una lectura diligente de los chats y los comunicados, por no mencionar un análisis inteligente de los foros de al Jazira, basta para llegar a la conclusión racional: la Jemaah Islamiyah nunca suspendió su guerra contra el secularismo, el modernismo, la democracia, el pluralismo y el islam moderado de Indonesia, por no mencionar a los infieles débiles de Bali y a los infieles en general de Australia y de Occidente. Ése es el centro; el resto son detalles.

En pocas palabras, los indonesios y sus aliados tienen que calcular sus estrategias contraterroristas basándose en la realidad de la presente Guerra contra el Terror, no en un conflicto esporádico con la Jemaah, un agente de esa guerra. Las explosiones del terror citadas entre el 2002 y el renovado horror de la semana pasada en la torturada isla no fueron incidentes aislados que tengan lugar de vez en cuando a lo largo de tres años, sino una serie de ataques sistemáticos realizados por una organización decidida a librar la jihad por su cuenta, con su propio calendario, y contra los objetivos de su elección. Esta nueva carnicería debería recordar tanto a las autoridades de Yakarta como a sus aliados de todo el mundo que esto es una guerra global.

A este nivel, las informaciones oficiales y mediáticas aludían a “advertencias” de la posible reanudación de los atentados suicidas de la Jemaah Islamiyah en alguna parte de Indonesia. Tales informaciones, si no específicas, son sorprendentes en su semántica: los terroristas nunca se han retirado ni dado cuartel a su enemigo. La Jemaah nunca ha detenido la planificación o el acopio de recursos para operaciones. Las autoridades de Indonesia deberían estar psicológicamente movilizadas permanentemente contra la Jemaah y sus hermanas de las islas. Lo mismo que el resto del mundo. Éstas son lecciones para todas las restantes democracias y para los países que intentan convertirse en una. La guerra de la jihad contra las sociedades libres ha sido declarada y es emprendida a diario. Esos países que no han sido golpeados serán golpeados con el tiempo, y aquellos que ya han sido objetivo continuarán siendo objetivo. Incluso se puede esperar que los enclaves que ya han sido alcanzados por la violencia serán visitados de nuevo: no sólo Bagdad o Basora, sino también Nueva York o Londres. Los terroristas jihadistas no son distintos de enemigos anteriores a los que el mundo libre tuvo que hacer frente, tales como los Nazis, los fascistas o los bolcheviques: con la condición de que se haya marcado una ciudad o un país como “dar al Harb” o hayan colocado a su población bajo el letal estado de “kuffar” (infieles).

Mi colega y autor de El islam militante y el sudeste de Asia: el crisol del terror, el profesor Zachary Abuza, es un experto de renombre en la Jemaah Islamiyah (JI). Él afirma que su conexión con al-Qaeda ha supuesto un significativo cambio a nivel de análisis táctico: escribiendo en el Counter Terrorism Blog el pasado sábado, afirmaba, “La JI estaba antes próxima a Al Qaeda, aunque esa relación ha sido puesta en duda debido a las operaciones contraterroristas concertadas que han llevado a los arrestos de gran parte de la directiva respectiva de la organización”. Por otra parte, destaca un cambio táctico técnico: “un evidente cambio a bombas más pequeñas”. Abuza pregunta:

¿Indica esto la incapacidad de obtener los materiales o indica recursos humanos y materiales limitados para construir bombas mayores? ¿Se deduce que el vínculo con Al Qaeda, que transfería más de 130.000 dólares a la JI para las operaciones, ya no existe? El hecho es que no sabemos en realidad el grado de la relación actual.

De hecho, como coinciden otros expertos en el área y analistas del terror, el modus operandi con respecto al tipo de bombas y de los que las transportan, ha cambiado. Los jihadistas, como analizo en mi próximo libro La futura jihad (noviembre del 2005), se encuentran actualmente en estado de cambio, como es el caso en la mayor parte de las organizaciones. La experiencia sobre el terreno y las transformaciones son cruciales a la hora de dar forma a nuevas tácticas y medios de golpear. Igual que es menos probable que un segundo equipo de Mohammed Atta proceda según exactamente los mismos planes que pulverizaron los dos enclaves de NYC, es menos probable que la JI utilice exactamente el mismo material para volar el mismo tipo de objetivo en la misma ciudad. Lo más probable es que algunos de los componentes tengan que cambiar, al menos desde un ángulo táctico. Pero esto es sólo análisis táctico: ¿cuál es la imagen general? He aquí algunos puntos relevantes:

1. La Jemaah Islamiyah se ha involucrado en una jihad estratégica en Indonesia y sus naciones vecinas con un objetivo global: minar a los presentes gobiernos y reemplazarlos con regímenes islamistas, para que sea declarado un súper-Emirato regional, desde Mindanao hasta la Tailandia meridional. El grupo no es un movimiento de liberación nacional, ni otro imperio asiático de las drogas. Es un movimiento ideológico transnacional que pretende levantar un imperio que gobierne a 250 millones de personas (de varias naciones) y que explote las enormes reservas petroleras, y que con el tiempo ingrese en un Califato global. Por lo tanto, la JI no es una congregación temporal que esté implicada en explosiones aquí y allí con un plan irracional. Es una red que recluta, despliega, reúne recursos, ataca, absorbe la reacción occidental (incluyendo las detenciones de sus líderes y su mentor), y se reorganiza. Esto también explica porqué la simple acción policial y legal es tan ineficaz: los picapleitos sólo extraen una capa de la organización, sin la que todo el país sabe que puede vivir. Sólo la acción militar arranca suficientes capas como para mantener a la defensiva a los terroristas.

2. La JI apunta específicamente a la estabilidad de la nación musulmana más grande de la tierra con el objetivo de establecer una potencia de estilo Talibán, que posea control total sobre la enorme producción petrolera y las reservas de Indonesia. Para hacerlo, los jihadistas tienen como objetivo lo que llamo “válvulas de escape”. Bali es una de ellas. Samuel Huntington, en su libro El choque de civilizaciones (1996), las llamaba “líneas de fractura”. Los jihadistas han descubierto la importancia de estas “líneas de fractura” en las que confluyen distintas civilizaciones religiosas (y chocan en ocasiones) y se convierten en “válvulas”. En palabras simples, el motivo por el que la Jemaah Islamiyah golpea Bali por segunda vez no es solamente porque sea un blanco fácil, sino también porque cultural y simbólicamente es “un disparadero”. Bali es sobre todo hindú (con budistas, entre otras influencias), y es por tanto considerada “infiel.” Bali es también el centro de los placeres materialistas, proyectada definitivamente como “infiel”. Por último pero no menos importante, Bali es un centro internacional de turismo, con elevadas probabilidades de atraer a occidentales, asiáticos y a otros extranjeros, todos “kuffar”, aunque los musulmanes moderados vivan o trabajen allí. Combínense estas tres dimensiones y tendrá un amplio “disparador”. Hasta que se clausure o se vacíe, lo más probable es que los jihadistas lo golpeen una y otra vez. Obviamente, no utilizarán las mismas tácticas o armamento, pero el objetivo estratégico es el mismo.

3. Además de esta “válvula de escape”, Bali tiene otra función para la JI: al hacer tambalear su economía, esperan un efecto dominó en distintas direcciones. La economía de Indonesia perdería ingresos significativos. Después, la catástrofe de Bali enviaría mensajes a otras zonas del país de no construir guaridas similares de “bacanalidad infiel”. En tercer lugar, la señal del poder de la JI causaría un gran declive de la nación y animaría a otros grupos a ingresar en sus filas. Y más allá de Bali, un doble ataque contra la ciudad llamaría la atención sobre la isla, permitiendo que los aliados de la organización en otras partes del país pasaran a la ofensiva.

4. Indonesia está luchando ya contra un número creciente de movimientos separatistas en Malukus y Sulawesi, así como en Aceh y Papúa. Desde que los no musulmanes del este de Timor lograsen violentamente su independencia de Indonesia allá por 1999, otras naciones-isla cristianas y musulmanas han buscado (y están buscando) la soberanía nacional. Una cuestión crucial es la postura real de la Jemaah Islamiyah y los jihadistas con respecto a estos movimientos. Caso por caso, los islamistas se opondrían ciertamente a la separación de los grupos no musulmanes, igual que hicieron en el este de Timor, pero basarían su posición en las áreas musulmanas en la naturaleza jihadista de los secesionistas musulmanes, es decir, si los que abandonan la unión son islamistas radicales o musulmanes moderados. Al golpear en Bali, en el bullicioso centro de entretenimiento internacional, la Jemaah llamaría la atención del mundo en una dirección, mientras que probablemente se estén preparando acciones en otras áreas. No tengo dudas de que los jihadistas no son influenciados por los esfuerzos humanitarios liderados por Estados Unidos para ayudar a las víctimas del tsunami de Aceh. Una dimensión del segundo ataque de Bali es desviar la atención de la imagen positiva que adquirieron los “infieles” (especialmente el Gran Satán) en este esfuerzo.

5. Finalmente, uno tiene siempre que plantear las relaciones de la Jemaah Islamiyah con al-Qaeda. Expertos y analistas tienen distintas opiniones del estado de estas relaciones, pero no hay duda de que las relaciones entre las dos entidades terroristas criminales existen aún. El constante chateo y publicación web de los islamistas no sólo indica que los “hermanos’ asiáticos son parte de un Califato en ciernes, y que están en contacto próximo con el cuartel general de al-Qaeda, sino que las lecturas analíticas de los movimientos globales de los jihadistas indican que desde hace algunos años, ha estado formándose una distribución de los papeles. Los jihadistas han superado los métodos soviéticos de engaño y son capaces de impactar, por no decir influenciar, el análisis occidental y aliado.

El ataque del sábado fue un paso al frente sorprendente en la agenda de los jihadistas: han aterrorizado a una nación musulmana moderada en una zona de elevada concentración de presuntos infieles. Si Occidente no permanece a la ofensiva militarmente contra los terroristas, América puede sufrir un destino similar.