Sangre, sudor y lágrimas

Es bien sabido que los referénd(a)um los carga el diablo. Desde el fracaso de Pinochet en Chile, donde un referéndum acabó con su régimen, hasta, pocos años después (en 1992) el No de los daneses al Sistema Monetario Europeo (que por poco termina con las esperanzas de una moneda única en lo que después sería la zona euro) el riesgo de convocar un referéndum a lo loco se ha convertido en una pesadilla para los gobernantes.

El último y bien conocido caso es el de la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea cuyo resultado, comúnmente conocido como Brexit, tiene desquiciada a la élite británica y a buena parte de la del resto de Europa.

Por eso en Holanda han decidido ya, con muy buen criterio, acabar con ellos. Al menos con los consultivos. Por 76 votos contra 69 su Cámara Baja a decidido eliminarlos.

Sin embargo, la pesadilla sigue en Reino Unido y raro es el día en que nos nos desayunamos o bien con un principio de acuerdo con la UE por el que todo seguiría prácticamente como antes, pero con el Reino Unido fuera de la UE, o bien con el extremo opuesto de una carencia de acuerdo que llevará a un Brexit duro y al advenimiento de los siete males para todos.

Hasta la propia Theresa May, la primer ministra británica, ha hecho ya recientemente en Mansion House su discurso de “sangre, sudor y lágrimas” … auto-infligido. Sus palabras, en lo que claramente era un día maníaco-depresivo, hablaban de quedarse fuera del mercado único y de la unión aduanera; también del advenimiento de tiempos muy duros que afrontar para los británicos.

El caso es que el tiempo corre y dentro de un año termina el plazo formal para que Reino Unido se sitúe fuera de la Unión. Y eso hace que todo el mundo se esté volviendo más realista. De ahí que Theresa May haya decidido decirle ya la verdad por primera vez a sus conciudadanos, precisamente ella que siempre fue una tibia partidaria de la permanencia en la UE y que tuvo hace solo un año (cuando convocó anticipadamente unas elecciones generales) la oportunidad de plantear de nuevo el tema del Brexit y convertirlo en el eje central de esas elecciones, mostrando ese realismo que ahora exhibe y del que careció entonces. La falta de audacia (o, más bien, la cobardía) en este tema no le premió con un buen resultado sino, como a Artur Mas, en 2012, con la pérdida de una cómoda mayoría para gobernar.

El abismo está cercano

Cuando se produjo la votación favorable a la salida de Reino Unido de la Unión Europea en junio de 2016 todo el mundo pensó en una catástrofe económica cercana. Pero ese desastre no se produjo. Y no por falta de méritos propios o porque algunos de los indicadores más inmediatos no reflejaran claramente el malestar: las Bolsas fuera de Reino Unido cayeron en picado en los siguientes días; la libra esterlina se depreció un 13% frente al dólar de forma súbita y algunos fondos de inversión inmobiliaria perdieron el 17%. Este último indicador parecía especialmente relevante dado que en Londres se había gestado una burbuja inmobiliaria de proporciones colosales animada por las inversiones en inmuebles provenientes de un amplio espectro que iba desde los jeques árabes hasta los multimillonarios rusos.

Pero después de todo eso vino la calma económica, las ventajas para la economía del Reino Unido de tener una moneda débil (el año pasado las exportaciones contribuyeron un 0,4% al PIB; es la primera vez que su contribución es positiva desde 2011), la división en el seno del partido conservador, unas nuevas elecciones que no sirvieron para gran cosa y el forcejeo del gobierno de Theresa May consigo mismo, con el Parlamento británico y con la Comisión Europea. Un panorama de confusión que no solo no se ha ido despejando, sino que empeora por momentos.

Es verdad que la reacción de los agentes económicos ha sido y está siendo muy lenta, algo que es fácil de entender: todos esperan que esta decisión sea reversible. Pero conforme se acerca la fecha fatídica, marzo de 2019, todos han empezado a tentarse la ropa y probablemente les veremos tomando decisiones más drásticas que los, hasta ahora, tibios y poco aptos para ser llamados cambios de sede, que van desde Morgan Stanley flirteando con llevarse su negocio de Londres a Dublín hasta HSBC desplazando parte de su negocio a París o Goldman Sachs enviando parte de sus empleados de Londres a Fráncfort. Ahora se acerca el momento en que las decisiones tendrán que ir en serio o, alternativamente, emplearse a fondo, financiando campañas para revertir la situación y promoviendo un nuevo referéndum o unas elecciones anticipadas que sirvan a ese propósito.

Algunos ya están tomándose en serio lo del cambio de sede, como la multinacional anglo-holandesa Unilever (con 7.500 empleados en Reino Unido) que tiene prácticamente decidido establecer su sede única en Holanda acabando así con la dualidad de sedes Rotterdam-Londres.

La reacción política contra el Brexit también ha sido lenta, aunque ya está en marcha una gran campaña publicitaria para mantener dentro de la Unión Europea al Reino Unido.

Pero la situación ha cambiado: Reino Unido es ahora el país de la Unión Europea con peor comportamiento económico (su PIB creció un 1,6% anualizado en el cuarto trimestre). La depreciación de la libra esterlina no ha servido para corregir por completo el déficit de su balanza por cuenta corriente (aunque lo haya reducido del -7% al -4,4% del PIB). La inflación está bastante por encima de la europea (ahora es de +3%, un 1% por encima del objetivo del Banco de Inglaterra) debido a esa debilidad de la moneda (cosa que no ocurre aún en el resto de las economías) y eso forzará la subida de tipos de interés antes allí que en otros lugares (el Banco de Inglaterra ya subió los tipos de interés en noviembre y se verá obligado a subirlos más deprisa que en el resto de los países avanzados).

Se podría resumir diciendo que en el último trimestre de 2017 se desaceleró el consumo (con el peor comportamiento de los últimos cinco años); cayeron las exportaciones, y se detuvo el crecimiento de la inversión. Para 2018 no se espera más que un 1,5% de crecimiento del PIB.

Hacer predicciones sobre las consecuencias económicas del Brexit, tanto para Reino Unido como para el resto de la Unión Europea, es casi un brindis al sol, ya que la falta de precedentes conocidos y bien documentados hace que haya que recurrir a razonamientos y en economía esa técnica no suele tener éxito, como se ha demostrado en la etapa transcurrida desde la celebración del referéndum.

El reconocimiento por la primer ministra británica de las duras condiciones a que se habrán de enfrentar en su país si queda fuera de la Unión Europea quizá sea ya la primera piedra sobre la que edificar la rectificación. Aunque eso probablemente se llevaría por delante al partido conservador y quien sabe si también al laborista. Al fin y al cabo, el Reino Unido es el único país de Europa donde las corrientes populistas (Italia, España, Francia, Alemania) o regeneracionistas (Francia con Macron; España con Ciudadanos) aún no han encontrado el vehículo partidario con el que expresarse (aunque sí lo hicieran en el referéndum). Puede que eso también esté a punto de cambiar.

Juan Ignacio Crespo es editor de la Newsletter NinetyNine y asesor del Fondo de Inversión Multiciclos Global Renta 4.

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