Santidad antes que paz: John Henry Newman

A mediados del siglo XIX un predicador anglicano, famoso en la universidad de Oxford, se hizo católico. Pasaron los años y, al final de su vida, el Papa León XIII lo hizo cardenal. Escribió bastante y al parecer muy bien, sobre todo un libro titulado Apologia pro vita sua. Su nombre era John Henry Newman, vivió una larga vida (1801-1890) de victoriano eminente, pero a la vez tranquila, y un tanto oscura. En España no se le conoce demasiado; más bien, se le suele confundir con un apuesto actor americano del mismo nombre. El próximo 13 de octubre, Newman, el gran converso del anglicanismo (no el actor) será canonizado por el Papa Francisco en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Pero Newman ya había sido canonizado, poco antes de morir. Por su obispo. Privadamente.

La cosa fue así: el obispo, que en su adolescencia había recorrido los mares como grumete y, después, misionero en la Australia más áspera, se las había visto con facinerosos y otros deportados en aquella colonia penal, fue a visitar a Newman, que había vivido más de cuarenta años semiolvidado en la fea ciudad industrial de Birmingham. Ahora, como era cardenal, gozaba de cierta notoriedad. Los dos se llevaban muy bien y charlaron largo rato. De repente, sin previo aviso, el artrítico Newman, a sus ochenta y muchos años, se puso de rodillas y le pidió al obispo «por favor, déme su bendición». Los cardenales -y más los de antes- no piden bendiciones sino que las dan. Pero a Newman esas formalidades le traían íntimamente sin cuidado. En el viejo Oxford, algunos entusiastas hablaban del misterio de Newman, refiriéndose a aquellos sermones inolvidables que llenaban la iglesia de Santa María los domingos por la tarde. Alguien que lo conocía bien dio la clave: «El único misterio de Newman es que le importan un bledo las cosas de este mundo», incluido el entregado público de sus sermones.

Pero volvamos con el obispo: al salir de la casa, Newman no quiso cubrirse con el birrete rojo, y le decía: «Me he pasado toda la vida dentro de casa, mientras usted combatía en el mundo por la Iglesia». El obispo pensó para sus adentros «¡este hombre es un santo!». Muchos años antes, Newman había hecho frente a una admiradora que lo había canonizado por su cuenta. Le contestaba que «no tengo nada de santo y es una dura (y saludable) humillación que piensen que uno está a punto de serlo. No voy para santo, triste es decirlo, y la gente a mi alrededor lo nota enseguida. Los que están lejos creen que uno es algo impresionante; pero eso es cosa de niños. Me contentaré, en el cielo, con limpiarles los zapatos a los santos; a nuestro patrono san Felipe Neri, si es que usa betún…». Esta carta nos dice dos cosas: que, ya en vida, tuvo alguna fama de santidad y que su reacción ante esa fama es una genuina humildad. Newman se tomaba muy en serio la aspiración a la santidad, como sabe cualquiera que se haya acercado a sus sermones, en particular los anglicanos. En uno de ellos se dice, precisamente: «Nos da miedo ser demasiado santos».

Santidad antes que paz: es un ideal que el joven Newman tomó de un autor protestante y que, ¿quién lo iba a decir?, tras muchas y peligrosas curvas, lo depositó en la Iglesia católica. La historia de su conversión es una aventura intelectual y moral admirable, conmovedora. Tuvo, además, una fuerte dimensión social: al país más orgulloso de la tierra le estaban diciendo, a la cara, que su institución más nacional, la Iglesia anglicana, malnació en su día con un grave pecado original; y que, después de todo, como se atrevió a ver Newman, «Roma tenía razón». Muchos otros, amigos, seguidores, hombres y mujeres, lectores del vicario de Santa María, le siguieron por ese camino; unos hasta el final, otros casi hasta el final. La historia lo llama el Movimiento de Oxford.

Y ahora es Roma quien incluye a John Henry Newman entre sus santos de altar. Un santo más inteligente de lo normal y más humilde de lo normal. Intelectual y humilde, eso sí que es un milagro.

Víctor García Ruiz es profesor de la Universidad de Navarra.

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