¿Sarkozy o Royal?

Por Cesáreo R. Aguilera, catedrático de Ciencia Política en la UB  (LA VANGUARDIA, 25/03/07):

El contexto de las elecciones presidenciales francesas del 2007 es bien diferente del del 2002 pues entonces se cerró un periodo de cohabitación que no se da actualmente. Es de interés constatar que ahora casi todos los candidatos (Sarkozy, Royal, Bayrou, Buffet) son más jóvenes (generación del baby boom),salvo Le Pen. La carrera presidencial tiene dos claros candidatos, Sarkozy por la derecha y Royal por la izquierda, pero el inesperado y rápido ascenso en las encuestas del centrista Bayrou la ha convertido en una competición a tres, pues éste reduce las expectativas de los dos principales, toda vez que cerca de la mitad de los encuestados se muestra indecisa.

Nicolas Sarkozy tiene una larga experiencia política y ha sido plebiscitado por la militancia como candidato indiscutible. Se trata de un dirigente político posgaullista que combina conservadurismo y liberalismo, nacionalismo francés y atlantismo, neoliberalismo e intervencionismo estatal. Él se pronuncia a favor de un liberalismo social que combina recetas neocon con cierta retórica populista. Por lo demás, posee un estilo poco dúctil pues proyecta una imagen de firmeza más bien autoritaria: consciente de ello, Sarkozy ha hecho algunos esfuerzos por parecer más accesible – pues sabe que en esta dimensión Royal se impone con claridad- aunque tal reconversión pueda verse como forzada y superficial.

Por su parte, Ségolène Royal no es en absoluto una recién llegada a la política. Pero su proclamación como candidata socialista fue más controvertida que la de Sarkozy pues tuvo que hacer frente a los elefantes del PS y derrotar rotundamente a dos de sus oponentes (Strauss-Kahn y Fabius) en unas concurridas primarias internas. Pese a las resistencias del aparato, Royal supo sintonizar con los militantes de base con un mensaje renovador y participativo. Royal ha demostrado no ser un producto de marketing pues ha sabido ofrecer un perfil político propio creíble que no proyecta una imagen del pasado. Pese a algunos pequeños errores iniciales, su gran elemento de fuerza reside en su mensaje de proximidad.

Los dos proyectos se confrontan sobre algunos asuntos centrales: economía y empleo, políticas sociales, inmigración, seguridad y, a mayor distancia, reformas institucionales y política europea. Ambos candidatos coinciden en el diagnóstico de las prioridades, pero divergen en las terapias: las fórmulas económicas de Sarkozy son propias de la derecha, de ahí el énfasis en la reducción de impuestos, ciertas privatizaciones (sin merma del papel del Estado en la economía nacional) y flexibilizar el mercado laboral con la supresión de las 35 horas. Su consigna al respecto es: “Recompensar el trabajo, crear actividad, favorecer el crecimiento”. En cambio, Royal propone reforzar las inversiones públicas, aumentar los salarios (sobre todo, el mínimo), mantener las 35 horas (con negociaciones ad hoc) y sobre todo, potenciar la creación de empleo juvenil.

Aunque Sarkozy es consciente del fuerte peso de las ofertas sociales en cualquier programa político en Francia, sus concreciones son escasas, salvo en algunos ámbitos: supresión de la carta escolar por ineficaz o política migratoria responsable,por ejemplo. En este caso, se muestra partidario de poder escoger a los inmigrantes y, a la vez, anuncia medidas integradoras en los barrios degradados. Y es que la seguridad es uno de los capítulos fuertes de su oferta: Sarkozy aduce sus buenos resultados en el combate contra la delincuencia y en la necesidad de mano firme. No por casualidad Royal pretende en este ámbito subrayar aún más la diferencia con toda una batería de propuestas de reformas sociales en los más diversos sectores (jóvenes, pensionistas, discapacitados, vivienda, escuela, barrios, medio ambiente), pero aquí es donde Sarkozy más puede subrayar el carácter retórico de tal programa por tener un coste inasumible; algo que, obviamente, niegan los socialistas. Royal se manifiesta favorable al mestizaje y a regularizar a los sin papeles y no rehúye el debate sobre la seguridad, pero antes con medidas preventivas que estrictamente represivas.

En materia de reformas institucionales, Sarkozy propone limitar a dos los mandatos del presidente de la República, reducir a quince el número de ministros, reforzar los poderes del Parlamento o crear el estatuto de la oposición. A su vez, Royal preconiza acabar con la acumulación de mandatos, introducir una parte proporcional en el sistema electoral, reconocer el derecho de voto municipal a los residentes extranjeros regulares, suprimir el veto senatorial en la reforma constitucional, reconocer la iniciativa legislativa popular, ampliar el regionalismo o eliminar la posibilidad de aprobar proyectos de ley sin derecho de enmienda en el Parlamento. En este ámbito, Royal enfatiza su tan criticada propuesta de democracia participativa para evaluar a los políticos representativos y anunciar la paridad de sexos como objetivo.

Por último, la dimensión europea no podía estar ausente pues en Francia es muy relevante, sobre todo tras el fracaso del referéndum que rechazó la Constitución europea. Sarkozy parte del aserto de que el eje franco-alemán ya no es suficiente y afirma que el desbloqueo sólo será posible con un tratado institucional abreviado y con reglas más operativas que no sea sometido a referéndum. Royal pone el acento en la dimensión social para interesar de nuevo a los franceses en la construcción europea y propone dar paso a un nuevo tratado que mejore el funcionamiento de las instituciones y refuerce la participación.

En definitiva, dos candidatos con personalidades y propuestas claramente diferenciadas que, en este sentido, ayudan al elector a elegir. Dos candidatos que han surgido de elecciones primarias de sus respectivos partidos, un procedimiento que debería consolidarse y generalizarse, y que responden a las principales corrientes confrontadas hoy en Europa, la derecha conservadora y la izquierda reformista. Sin embargo, está por ver si el tercero en discordia – Bayrou- no dará una sorpresa final, un escenario no descartable.