Sarkozy se traiciona a sí mismo

Cuando un político gana unas elecciones, deduce que ha sido gracias a su talento. Cuando pierde, se convence de que es la víctima inocente de circunstancias que se le escapan. No hay ninguna excepción a este principio: en Europa, todos los dirigentes defenestrados recientemente se han hecho pasar por víctimas de la crisis económica. Ninguno de ellos se ha planteado que, a lo mejor, la ha afrontado mal. La posible derrota de Nicolas Sarkozy en las elecciones presidenciales del 6 de mayo se enmarca en este cuadro de interpretación: si resulta derrotado, el presidente será «forzosamente» una víctima de la crisis. Él está convencido de ello, sus partidarios también, e incluso sus adversarios socialistas.

Pero ¿no es una crisis una oportunidad para que el político se transforme en hombre de Estado? Nicolas Sarkozy no lo ha logrado del todo. Me parece más bien una víctima voluntaria de dos errores banales de la derecha europea: no poner en práctica su propio programa y afrontar las crisis obedeciendo a imperativos de izquierdas.

Recordemos que Nicolas Sarkozy fue elegido en 2005 por una mayoría entusiasta, sobre la base del programa más liberal que ningún candidato a la presidencia francesa se había atrevido nunca a presentar. Se comprometió a liberar a los franceses, tanto a los empresarios como a los trabajadores, del puntilloso y reglamentario control fiscal del Estado que asfixia a los franceses desde tiempos inmemoriales. A partir de ese momento, estaría permitido crear empresas sin trabas, entrar y salir del mercado de trabajo sin obstáculos y elegir el colegio o la universidad más eficaz. El sarkozismo de 2005 tenía un tufillo a thatcherismo, que, por cierto, fue aclamado —o vituperado— como tal. Creímos entonces que Francia abrazaría el liberalismo, aunque con 25 años de retraso respecto al mundo anglosajón y a Alemania. Sarkozy se comprometió también a abandonar la política exterior neutralista de sus predecesores, a respaldar los derechos humanos en el mundo y a unirse claramente al bando diplomático y militar occidental. Con admiración o con desdén, fue apodado «Sarkozy el americano».

De hecho, el inicio de su mandato fue prometedor: al confiar a socialistas y a mujeres procedentes de la inmigración magrebí y africana unas responsabilidades considerables en su Gobierno y en los altos cargos de la Administración, Sarkozy demostró que la derecha liberal era más tolerante de lo que lo fue jamás la izquierda en la práctica. De repente, el Estado empezó a parecerse a toda la sociedad. Al reincorporarse al mando militar de la OTAN y reforzar su participación en la guerra de Afganistán, Francia se unía a su familia natural: tantas promesas cumplidas que los franceses de toda condición lo aceptaron de buena gana. Por desgracia, enseguida se descubrió que estos gestos seguían siendo simbólicos y no afectarían mucho a los intereses adquiridos de la burocracia administrativa, de los sindicatos y de las grandes empresas que viven de las rentas.

De entrada, sin esperar a la crisis financiera de 2008, Sarkozy renunció a la liberalización del mercado laboral y de la enseñanza, la última fortaleza del marxismo. Hombre de comunicación más que de acción y de perseverancia, el presidente francés nunca ha dejado de anunciar grandes cambios sin llevarlos a cabo: proclamó la autonomía de las universidades sin preocuparse por la aplicación concreta de ese principio. Decretó que la ley socialista que limitaba el tiempo de trabajo a 35 horas por semana perjudicaba tanto a las empresas como a los asalariados, pero no la anuló. Repitió que la prohibición de despedir, o su extrema complejidad, perjudicaba a la contratación de los jóvenes, pero no la derogó. Logró así tranquilizar a la izquierda que se oponía a los principios liberales, al mismo tiempo que decepcionaba a la derecha, que comprobaba la ausencia de cambios reales.

La misma incoherencia afectó a la política exterior: los franceses se quedaban en Afganistán a la vez que amenazaban con marcharse de allí; Sarkozy apoyaba los derechos humanos, pero dudaba en reunirse con el Dalái Lama; ayer aprobaba las dictaduras árabes, antes de atacar a Gadafi, al mismo tiempo que olvidaba advertir a Estados Unidos de sus intenciones reales.

Esta falta de continuidad entre el programa, la retórica y la acción se vio particularmente intensificada por la depresión económica. Surgieron entonces, como siempre en el momento más bajo de un ciclo, dos modelos para salir de la crisis: el keynesiano, que se basa en el gasto público, y el schumpeteriano, que apuesta por el espíritu empresarial. Sarkozy optó por Keynes, y se alineó con Obama y el FMI, para el que cualquier crisis es una oportunidad caída del cielo para incrementar su influencia. El presidente francés, a la cabeza del G-20 en 2011, trató de imponer una normativa mundial que regulara los mercados financieros y las materias primas y un impuesto sobre las transacciones financieras y demás fantasías que datan de la década de 1960. Por suerte, Alemania y los países emergentes (China, India, Brasil, Corea) se resistieron a esta voluntad de planificación generalizada y salvaron el orden liberal que les había sacado de la miseria. El liberalismo económico no tiene en nuestra época mejores defensores que estos jóvenes países que han podido apreciar en una generación las virtudes beneficiosas de la economía de mercado.

Sarkozy, actualmente en campaña, vuelve así a la casilla de salida empujado por unas fuerzas ajenas a él: el éxito relativo de la economía alemana le recuerda la necesidad del equilibrio presupuestario y le hace redescubrir las virtudes del rigor financiero como requisito para el crecimiento. También es en Alemania donde vuelve a descubrir las ventajas de un mercado laboral flexible, si se quiere eliminar el desempleo. En resumidas cuentas, en 2012 Sarkozy vuelve a descubrir el sarkozismode 2007 y hace campaña con las mismas promesas que hace cinco años. Como respuesta a su propia incapacidad para liberalizar el mercado laboral, imponer la independencia de las universidades, reducir la capacidad de los sindicatos para causar daño y limitar los déficits públicos a lo que prevén los tratados europeos, Sarkozy asegura que, de ahora en adelante, cumplirá sus promesas porque las someterá a referéndum popular. Por tanto, el presidente saliente se plantea que los proyectos de esencia liberal serán mayoritarios, lo cual contradice todos los mitos sobre una Francia eternamente prisionera de su Estado.

Sarkozy descubre, aunque lo había escrito él mismo hace quince años en un libro titulado Libre, que los franceses no son espontáneamente socialistas, sino que solo están paralizados por el terrorismo intelectual socialista. Esta intuición del autor de Libreera probablemente acertada: la paradoja es que, una vez convertido en presidente, se volvió él mismo prisionero de esta máquina desquiciante que es el socialismo francés. Es de temer que la campaña electoral sea una terapia demasiado breve para permitir a Sarkozy volver a ser Sarkozy, después de que dejara de serlo durante sus cinco años de presidencia. Su aventura no es específicamente francesa: todo hombre de Estado que olvida por qué y por quién ha sido elegido está abocado al fracaso.

Por Guy Sorman, filósofo y ensayista.

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