Satánicos y de Carabanchel

Andaba yo viendo la gala de los Goya y fogueando el desasosiego que me habían producido las lúgubres profecías del catedrático Niño Becerra en su reciente tribuna de EL PAÍS -2010, el año del ‘crash’- cuando la felicidad de un muy delgado Álex de la Iglesia y Santiago Segura me recordaron la película de El Día de la Bestia. Los cinéfilos recordarán que se contaba cómo Ángel Berriartúa, catedrático de Teología en la Universidad de Deusto y durante más de un cuarto de siglo dedicado al estudio del Apocalipsis de San Juan, conseguía prevenir a la sociedad del inminente nacimiento del anticristo en el mismísimo Madrid de las Torres KIO.

Para mi sorpresa, y con todo el respeto para el autor, la tribuna de marras tenía obvios paralelismos. De nuevo, un catedrático, esta vez del Instituto Químico de Sarriá, nos anunciaba el fin de la civilización para mediados del 2010 como consecuencia de un crash cuyo epicentro se intuía estaba en España -¿en la misma Puerta de Europa?-, una economía en la que el PIB caería “entre el 4,4 y el 4,2%” y el desempleo se situaría por encima del 22%. Y esto sólo era el principio.

Lo dicho: satánicos y de Carabanchel.

Ante estos augurios, lo primero que hay que hacer es asombrarse: no es ésta el tipo de columnas que se pueden encontrar en el Financial Times. Una vez recuperados de la impresión, hay que mantener el sentido común. Los escritores rusos nos enseñaron que nada es imposible. Si existen suicidios por felicidad y separaciones por amor, ¿cómo no van a existir catedráticos que abrumados por el éxito de sus profecías se ven condenados a repetirlas una y otra vez? ¿Cómo, después de seis trimestres de contracción del PIB y de 1,7 millones de empleos perdidos, no vamos a escuchar a alguien que proclama que hace falta un “gran cambio”?

Pero descubramos las cartas. Aunque sea una necedad negar que la economía mundial no puede tropezar de nuevo o que no hay potencial de empeoramiento en la economía española, lo más probable es que nada de eso ocurra. Lo que nos están diciendo los datos es que la economía mundial está ya creciendo, se ha parado la destrucción del empleo, los bancos se han recapitalizado, los Gobiernos y los bancos centrales están reajustando sus estrategias para retornar a la “normalidad” y el comercio mundial vuelve a aumentar. Y lo que nos dice el álgebra es que para que este año el PIB de España caiga un 4,4% sería necesario que en los cuatro próximos trimestres la actividad se contrajera, en todos y cada uno de ellos, a una tasa un 30% superior a la registrada en el peor trimestre de los últimosseis. Sería una gran sorpresa.

Reconocer lo anterior no equivale a rechazar la existencia de riesgos asociados al sistema financiero, al proceso de desendeudamiento público y privado, o a la ejecución de los planes de salida de los programas de estímulos. Pero eso lo único que prueba es que no es fácil remontar una recesión que ha creado 14 millones de nuevos desempleados en la OCDE o que ya ha licuado 1.000 dólares de renta per cápita a cada uno de los 1.200 millones de ciudadanos del mundo desarrollado.

Lo que los ciudadanos queremos saber no es si es difícil, sino si la salida es posible. Si hay esperanza o sólo cabe la resignación.

Para mí la respuesta es inequívoca: hay solución. Incluso para España.

Y mi optimismo se basa fundamentalmente en dos razones.

La primera, que los países ricos hemos dejado de ser el mundo. Según los datos más recientes del FMI, los BRIC y los otros emergentes van a explicar el 73% del crecimiento esperado en la economía mundial entre 2009 y el 2024. Y nuestras empresas lo saben y ya se han posicionado.

La segunda, que ni los políticos ni los ciudadanos están dispuestos a permanecer impasibles mientras la crisis devora su riqueza, sus ahorros, sus empleos y su futuro. Exigen respuestas.

Contrariamente a lo que se sugiere en la citada tribuna, nuestro problema no es que carezcamos de instrumentos o de alternativas. Más bien, lo que pasa es que estamos sobrados de análisis hiperbólicos y de ocurrencias mediáticas que surgen de supuestos y modelos que tienen más que ver con la ideología, la ignorancia o incluso la astrología que con la economía, la política o el seny. Todo vale, pero también todo cuesta. Y un coste mayor es que estemos creando falsos problemas y debates, y dejemos desatendidos los importantes.

Tan sólo un ejemplo. El lector quizás se haya sobresaltado por el comentario de que en el sistema financiero internacional habría 600.000 millones de euros de activos cuyo precio “real” -¿aristotélicamente justo?- sería cero. Uno lo lee y piensa: eso es mucho. Pero no: según el BIS (Banco de Pagos Internacionales) esos activos truchos supondrían menos del 1% del balance mundial de los bancos. Nada que realmente ponga en peligro la tesis de superación del riesgo bancario sistémico y, desde luego, nada que lleve a considerar inevitable el racionamiento indiscriminado del crédito.

Nos gustará o no, pero la acción coordinada de los Gobiernos y los ajustes del sector privado están evitando el desplome del sistema de economía de mercado. En el camino, el sistema se transforma porque se hacen -o se posponen- reformas, se acomodan transferencias de riqueza y de poder, y se dilucida quiénes son los ganadores y los perdedores. Y la grandeza de la democracia es que en las próximas elecciones se nos pedirá que con nuestro voto decidamos si validamos o exigimos una rectificación de la senda elegida.

En la vida real no hay saltos, sino evolución. El fin del Estado de Bienestar, el nuevo modelo productivo, son buenos eslóganes, pero no mucho más. Los cambios masivos y permanentes de comportamiento -los otros, son mero oportunismo- sólo se producen cuando los incentivos se rediseñan y los ciudadanos se convencen de que hay instituciones sostenibles y con autoridad que garantizan que las nuevas reglas no sean reversibles.

Y ésa es la gran oportunidad que nos trae esta crisis: fijar el rumbo de medio plazo. Una crisis es un acontecimiento tan costoso y doloroso para tanta gente que no deberíamos darnos el lujo de desperdiciar la oportunidad de afrontar los auténticos retos que penden sobre nuestra prosperidad y la de nuestros hijos. El primero, las consecuencias del envejecimiento de nuestra población: ¿quién y cómo va a pagarlo?, ¿con qué presión fiscal? El segundo, con qué mercados de factores nos vamos a dotar para competir y producir para una economía global en la que el 85% de la población y el 75% del consumo mundial se localizarán en los países emergentes, y serán más “pobres” que nosotros.

Tratar de vislumbrar los cambios que requieren esos desafíos es más interesante que el catastrofismo de corto plazo. Y siempre es mucho mejor ir al cine que escuchar las tertulias.

José Juan Ruiz Gómez, economista.